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Marcos 9: La Gloria de la cumbre

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Sin embargo, en lo más íntimo de su corazón, se daban cuenta de que no habían hecho bien. Cuando Jesús les preguntó lo que habían estado discutiendo, no se atrevieron a contestarle. Era el silencio de la vergüenza. No tenían defensa. Es curioso cómo una cosa ocupa su lugar y adquiere su verdadero carácter cuando se presenta a los ojos de Jesús. Mientras ellos creían que Jesús no los estaba escuchando y que no los veía, la discusión acerca de cuál de ellos sería el más importante les parecía perfectamente honrada; pero cuando se tenía que plantear en presencia de Jesús, se veía en toda su indignidad.

Si lo tomáramos todo, y lo presentáramos a la vista de Jesús, se producirían los cambios más grandes del mundo. Si preguntáramos acerca de todo lo que hacemos: «¿Podría yo seguir haciendo esto si Jesús me estuviera mirando?» Si preguntáramos de todo lo que decimos: «¿Seguiría yo hablando así si Jesús me estuviera escuchando?» Habría muchas cosas que estaríamos a salvo de hacer o decir. Y es un hecho para el cristiano que aquí no es cuestión de « si», sino que todas las obras se hacen en Su presencia. ¡Que Dios nos libre de decir las palabras y de hacer las obras que nos daría vergüenza que Él oyera o viera!

Jesús trató este asunto muy en serio. Se nos dice que Se sentó, y llamó a los Doce. Cuando un rabino tenía intención de enseñar como tal a sus discípulos, cuando estaba realmente haciendo un pronunciamiento, se sentaba. Ese es el origen de la expresión latina « ex cátedra.» Jesús adoptó deliberadamente la postura de un rabino que enseñara a sus discípulos con autoridad. Y, entonces les dijo que si buscaban la grandeza en Su Reino tenían que buscarla, no en ser los primeros, sino en ser los últimos; no en ser los amos, sino en ser los siervos de todos. No es que Jesús estuviera aboliendo la ambición. Más bien estaba recreándola y sublimándola. En lugar de la ambición de gobernar, Él puso la ambición de servir; en lugar de la ambición de que nos lo hagan todo puso la ambición de hacer cosas para los demás.

Lejos de ser esto un idealismo irrealizable es el más sano sentido común. Las personas realmente grandes, las que son recordadas por haber hecho una aportación verdaderamente constructiva a la sociedad, son las que se dijeron a sí mismas, no « ¿Cómo puedo yo usar el estado y la sociedad para aumentar mi propio prestigio y mis propias ambiciones personales?»; sino: « ¿Cómo puedo yo usar mis dones y talentos personales para servir a los demás?»

Cuando Lord Curzon murió, Stanley Baldwin le dedicó un noble tributo en el que dijo: «Quiero, antes de sentarme, decir una o dos cosas que no puede decir ningún otro. Un primer ministro ve la naturaleza humana pelada hasta los huesos, y tuve la oportunidad de verle dos veces cuando sufrió grandes desencantos -cuando se me prefirió a él como primer ministro, y cuando tuve que decirle que podía prestar un servicio mayor al país como presidente del Comité de Defensa Imperial que como ministro de Asuntos Exteriores. Cada una de estas ocasiones fue para él un desencanto profundo y amargo; pero nunca ni por un momento mostró con palabras, gestos o reacciones, o por ninguna referencia al tema después, que no estuviera satisfecho. No guardaba rencor, ni siguió ninguna línea de acción distinta de la que yo esperaba de él: la de cumplir con su deber donde se había decidido que podía prestar un mejor servicio.» Aquí tenemos a un hombre cuya grandeza no consistía en el hecho de que hubiera escalado los puestos más altos del estado, sino en el hecho de que siempre estaba dispuesto a servir a su país como fuera. .

La verdadera generosidad de espíritu es rara, y se hace memorable cuando se encuentra. Los griegos contaban la historia de un espartano que se llamaba Pedareto. Había que escoger trescientos hombres para que gobernaran Esparta, y Pedareto era uno de los candidatos. Cuando se dio a conocer la lista de los que habían sido elegidos, su nombre no estaba en ella. « Lo siento -dijo uno de sus amigos-, pero tú no has sido elegido. La gente debiera haber sabido lo bueno que hubieras resultado como ministro del estado.» «Yo me alegro -dijo Pedareto- de que haya en Esparta trescientos hombres que son mejores que yo.» Aquí tenemos a un hombre que llegó a ser una leyenda, porque estaba dispuesto a dejarles a otros el primer lugar sin sucumbir a la envidia o al rencor.

Cualquier problema económico se podría resolver si todos viviéramos para lo que pudiéramos hacer por los demás, y no para lo que pudiéramos sacar para nosotros mismos. Cualquier problema político se podría resolver si la ambición de la gente fuera solamente la de servir al estado, y no la de encumbrarse por encima de los demás. Las divisiones y las discusiones que rasgan la Iglesia en tiras no ocurrirían en su mayor parte si el único deseo de sus responsables y de sus miembros fuera servir sin prestar atención a la posición que se ocupa. Cuando Jesús habló de la suprema grandeza y valía de una persona cuya ambición fuera ser un servidor, estableció uno de los grandes principios y verdades prácticas del mundo.

AYUDAR AL NECESITADO ES AYUDAR A CRISTO

Marcos 9:36-37

Jesús tomó a un chiquillo y le puso en medio de ellos. Luego le tomó en brazos, y les dijo a Sus discípulos:

-Cualquiera que reciba a un chiquillo como este en Mi nombre, Me recibe a Mí; y cualquiera que Me reciba a Mí, no Me recibe sólo a allí, sino también al Que Me envió.

Jesús sigue tratando aquí de la ambición digna y de la ambición indigna.

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