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Marcos 9: La Gloria de la cumbre

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EL CLAMOR DE LA FE

Marcos 9:19-24

-¡Oh generación incrédula! -les respondió Jesús-. ¿Cuánto más he de estar con vosotros? ¿Por cuánto tiempo os voy a tener que seguir soportando? ¡Traedme acá al muchacho!

Entonces Se le trajeron a Jesús; y en cuanto Le vio, el espíritu le provocó una convulsión al muchacho, que se cayó al suelo y empezó a revolcarse echando espumarajos por la boca. Jesús le preguntó al padre:

-¿Cuánto tiempo hace que le pasa esto?

Desde niño -Le contestó el padre-. Muchas veces le arroja al fuego y al agua, empeñado en destruirle. Pero, si Tú puedes, ten piedad de nosotros y ayúdanos.

-Tú dices: «Si Tú puedes» -le dijo Jesús-. Todas las cosas le son posibles al que cree.

Inmediatamente el padre del muchacho clamó:

-¡Sí que creo! ¡Ayúdame en mi incredulidad!

Este pasaje empieza con un grito que se Le escapó del corazón a Jesús. Había estado en la cumbre de la montaña, y había encarado la tremenda tarea que Le esperaba. Había decidido jugarse la vida por la redención del mundo; y ahora había descendido, para encontrarse con Sus seguidores más íntimos, Sus propios elegidos, derrotados y perplejos e inútiles e ineficaces. La situación, por un momento, debe de haber desalentado aun a Jesús. Debe de haberse dado cuenta repentinamente de lo que cualquier otro habría llamado una labor imposible. Por un momento casi desesperaría de conseguir cambiar la naturaleza humana, y hacer de los hombres del mundo hombres de Dios.

¿Cómo arrostró aquel momento de desesperación? «¡Traedme acá al muchacho!», dijo. Cuando no podemos resolver una situación límite, lo mejor que podemos hacer es resolver la situación inmediata. Era como si Jesús dijera: « No sé cómo llegar a cambiar a estos discípulos Míos; pero puedo de momento ayudar a este chico. Voy a empezar con la tarea presente, y no desesperarme por el futuro.»

Una y otra vez, esa es la manera de evitar la desesperación. Si nos sentamos y nos ponemos a pensar en el estado del mundo, puede que caigamos en la depresión; así es que, pongámonos en acción en nuestro pequeño rincón del mundo. A veces puede que nos desesperemos de la iglesia; entonces, entremos en acción en nuestra pequeña parcela de la iglesia. Jesús no se sentó desanimado y paralizado por la lentitud mental de Sus hombres. Se encargó de la situación inmediata. La mejor manera de evitar el pesimismo y la desesperación es aplicarnos a lo que podemos hacer de momento -y siempre hay algo que se puede hacer.

Para el padre del muchacho, Jesús estableció las condiciones de un milagro. « Al que cree -le dijo Jesús- todas las cosas le son posibles.» Era como si Jesús dijera: «La curación de tu muchacho depende, no de Mí, sino de ti.» Esta no es especialmente una verdad teológica, sino una verdad universal. El enfrentarnos con algo en un espíritu de desesperanza es convertirlo en un caso desesperado; el enfrentarnos con algo en un espíritu de fe es hacerlo posible. Cavour dijo una vez que lo que necesita por encima de todo un hombre de estado es «un sentido de las posibilidades.» La mayor parte de nosotros estamos asediados por un sentimiento de las imposibilidades, y por eso precisamente no suceden los milagros.

La actitud general del padre del muchacho es muy reveladora. Originalmente había venido buscando al mismo Jesús. Como Jesús estaba en la cumbre de la montaña, había tenido que tratar con los discípulos, y su experiencia con ellos había sido descorazonadora. Se le tambaleó tanto la fe, se le debilitó tanto que, cuando vino a Jesús, todo lo que pudo decir fue: «Ayúdame, si puedes.» Y entonces, cara a cara con Jesús, de pronto se le inflamó la fe otra vez. «¡Sí que creo! -Clamó-. Si hay todavía en mí algo de desaliento, todavía algunas dudas, quítamelas, y lléname de una fe inquebrantable.» Algunas veces sucede que se obtiene menos de lo que se esperaba de alguna iglesia o de algunos siervos de la iglesia. Cuando nos sucede eso, debemos ir más allá de la iglesia al Señor de la Iglesia, más allá del siervo de Cristo a Cristo mismo. La iglesia puede que a veces nos dé un chasco, y que los siervos de Dios en la tierra nos fallen; pero, cuando conseguimos llegar al mismo Jesucristo, Él nunca nos desilusiona.

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