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Marcos 9: La Gloria de la cumbre

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Esta es una regla preciosa, de que está en mucha necesidad la humana naturaleza, y que con harta frecuencia se olvida. Muy dispuestos están a imaginarse los miembros de las diferentes ramificaciones de la iglesia de Cristo que ningún bien puede hacerse en el mundo, si no lo hace su propio partido o su denominación especial. Tienen miras tan estrechas, que no pueden concebir ni aun la posibilidad de trabajar de otra manera sino siguiendo el modelo o el sistema que se han trazado. Convierten en un ídolo la organización eclesiástica a que pertenecen, y no pueden encontrar ningún mérito en otra alguna. Son como el que clamaba cuando El-dad y Medad profetizaban en el campamento, «Señor Moisés, prohíbeselos..

Debemos a este espíritu intolerante algunas de las páginas más negras de la historia de la iglesia. Cristianos han perseguido repetidamente a otros cristianos por ninguna otra razón más fuerte que la que aquí da Juan. Han dicho en realidad a sus hermanos, «nos seguís, o no trabajáis por Cristo de ninguna manera..

Guardémonos de este sentimiento, pues está muy cerca de la superficie de nuestros corazones. Empeñémonos en practicar el espíritu liberal y tolerante que Jesús nos recomienda en este pasaje, y agradezcamos toda buena obra cualquiera que sea la persona que la haga y el lugar en que se realiza. Espiemos en nosotros mismos la más ligera inclinación a paralizar y detener a otros en sus trabajos, tan solo porque no han preferido adoptar nuestros planes, ni trabajar con nosotros. Permitido nos es considerarlos errados en algunos particulares; creer que mucho más podría hacerse por Cristo, si se hubieran unido a nosotros, y todos trabajáramos de consuno; lamentar los males que ocasionan las luchas y divisiones religiosas; pero esto no debe ser un obstáculo a que nos regocijemos de que las obras del demonio sean destruidas y de que las almas se salven. ¿Está mi prójimo guerreando contra Satanás? ¿Está realmente trabajando por Cristo? Esta es la gran cuestión. Mejor es cien mil veces que otras manos hagan el trabajo antes que quede por hacer. Feliz aquel que siente en sí el espíritu de Moisés cuando dijo: « Ojalá que todos los miembros del pueblo de Dios fueran profetas,» Núm. 11.29; y el de Pablo cuando este dice: «Si Cristo es predicado, me regocijo, sí, y me regocijaré.» Filip. 1:16.

Vemos además en estos versículos la necesidad en que estamos de renunciar a todo lo que se atraviesa entre nosotros y la salvación de nuestras almas. La «mano» y el «pié» deben ser cortados y el « ojo « sacado, si ofenden, o son ocasiones de pecar. Debemos renunciar a todo lo que nos es querido, como los ojos, los pies y las manos, y alejarlo de nosotros si daña nuestras almas, cualquiera que sea el sacrificio o el dolor que nos cause.

Es una ley esta que parece a primera vista dura y severa en extremo, pero no sin causa la promulga nuestro amoroso Maestro. Cumplir con ella es absolutamente necesario, puesto que el infringirla es caminar de seguro al infierno. Nuestros sentidos corporales son los canales por donde se introducen en nosotros las tentaciones más formidables. Nuestros miembros son instrumentos dispuestos al mal, aunque lentos para el bien. El ojo, el pié, y la mano son siervos buenos cuando están bien dirigidos, pero preciso es vigilarlos de continuo, pues si no, nos conducen al pecado.

Decidámonos con la gracia de Dios a hacer uso práctico de la orden solemne que en este pasaje nos da nuestro Señor. Considerémosla como la prescripción de un médico sabio, el consejo de un padre tierno, o el apercibimiento de un amigo. Aunque los hombres nos ridiculicen por lo estricto y cumplidos que seamos, sea en nosotros un hábito «crucificar nuestra carne con sus afectos y concupiscencias.» Neguémonos todo goce antes de exponernos al peligro de pecar contra Dios. Sigamos las huellas de Job, cuando dice: «He hecho un pacto con mis ojos.» Job 31.1. Recordemos a Pablo; dice, «Sujeto mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre; no sea que predicando a los otros, no me vea yo mismo reprobado.» 1 Cor. 9.27.

Vemos, finalmente, en estos versículos, la realidad, el horror, y la eternidad del castigo futuro. El Señor Jesús habla tres veces del «infierno.» Menciona tres veces el «gusano que nunca muere.» Tres veces dice que « el fuego no se apagará.» Estas son expresiones terribles, que invitan a reflexionar más que a explicar. Medítenlas, considérenlas y recuérdenlas todos los que profesan ser cristianos.

Poca diferencia hace que las tomemos por figuradas o emblemáticas; si lo son, una cosa por lo menos es muy clara, que el gusano y el fuego son emblemas de realidades; que hay un infierno verdadero, y un infierno que es eterno. No es mostrar misericordia el no tocar ante los hombres la cuestión del infierno; por lo mismo que es tan horrible y tan tremendo, debemos imprimirla en todas las almas como una de las grandes verdades del Cristianismo. Nuestro Salvador que es tan amoroso habla frecuentemente de él, y el apóstol Juan lo describe más de una vez en el libro de la Revelación; así es que los siervos de Dios no deben en nuestros días avergonzarse de confesar que en él creen. Si no hubiera en Cristo una misericordia infinita para todos los que en El creen, podríamos con razón evitar la consideración de tan horrible idea. Si no tuviéramos la sangre preciosa de Cristo que lava todos nuestros pecados, bien podríamos guardar silencio respecto a la ira venidera. Pero hay misericordia para todo el que la pide en nombre de Cristo; hay una fuente abierta para todo pecado. Aseguremos pues franca y decididamente que hay infierno, y supliquemos a los hombres que huyan de él, antes que sea muy tarde. «Conociendo los terrores del Señor,» el gusano, y el fuego, «persuadamos a los hombres.» 2 Cor. 5.11. Posible es que no se hable bastante de Cristo, pero sí es posible que se diga poco del infierno.

Que las palabras con que terminó su discurso nuestro Señor resuenen en nuestros oídos, al concluir este pasaje. «Tened sal en vosotros mismos, y paz unos con otros.» Tengamos la seguridad de poseer en nuestros corazones la gracia salvadora del Espíritu Santo, que santifica, purifica y preserva todo el hombre interno le la corrupción. Conservemos vigilantes la gracia que diariamente se nos otorga, y pidamos a Dios que nos salve del descuido y del pecado, no sea que incurramos en faltas que manchen nuestras conciencias y desacrediten nuestra profesión cristiana. Vivamos sobre todo en paz con los demás, no buscando grandes cosas, ni intrigando por preeminencia, sino revestidos de humildad, y amando sinceramente a todos los que aman a Cristo. Todo esto es muy sencillo, pero su cumplimiento acarrea grandes mercedes.

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