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Marcos 9: La Gloria de la cumbre

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Marquemos, en segundo lugar, en estos versículos, la ambición y amor de preeminencia que los apóstoles manifiestan, «Durante el camino disputaban entre ellos cual seria el más grande..

¡Que extrañas suenan estas palabras! ¿Quién hubiera pensado que unos pocos pescadores y publícanos pudieran estar movidos por el espíritu de emulación y el deseo de supremacía? ¿Quién hubiera esperado que hombres pobres, que todo lo habían abandonado por amor de Cristo, se verían turbados por luchas y disensiones respecto al lugar y a la precedencia que cada uno de ellos merecía? Y, sin embargo, así sucedió, y este hecho ha quedado registrado para nuestra enseñanza. El Espíritu Santo ha hecho que se escriba para guía perpetua de la iglesia de Cristo. Cuidemos que no se haya escrito en vano.

Es una verdad dolorosa, ya la aceptemos o no, que el orgullo es uno de los pecados más comunes de la humana naturaleza. Todos nacemos fariseos; todos por naturaleza pensamos de nosotros mejor de lo que debemos. Todos nos imaginamos naturalmente que merecemos más de lo que tenemos. Es un pecado muy antiguo. Empezó a mostrarse en el Edén, cuando Adán y Eva creyeron que no poseían todo aquello a que sus merecimientos los hacían acreedores. Es un pecado muy sutil; gobierna y rige muchos corazones sin que se le descubra, y aun puede vestirse con el sayal de la humildad. Es el pecado que más arruina el alma, porque se opone al arrepentimiento, y mantiene al hombre lejos de Cristo, ahoga el amor fraterno, y agosta en flor las ansias espirituales. Pongámonos en guardia contra él, y vigilémoslo. De todos los trajes con que podemos vestirnos, ninguno es tan gracioso, ninguno sienta tan bien, y ninguno es más raro, que la verdadera humildad.

Fijémonos, en tercer lugar, en el modelo especial de verdadera grandeza que nuestro Señor presenta a sus discípulos. Les dice, «Si alguno desea ser el primero, deberá ser el último de todos, y siervo de todos..

Estas palabras son muy instructivas. Nos muestran que las máximas de este mundo están en oposición directa con las ideas de Cristo. La idea que el mundo tiene de la grandeza es gobernar, pero la grandeza cristiana consiste en servir; es ambición del mundo recibir honores y atenciones, pero el deseo del cristiano debería ser dar más bien que recibir, y servir a los demás en lugar de ser servido por ellos. En una palabra, aquel que más se empeña en servir a sus semejantes, y ser útil a los hombres de su generación, es el hombre más grande que imaginarse puede a los ojos de Cristo.

Empeñémonos en aplicar de una manera práctica esta máxima profunda. Tratemos de hacer el bien a nuestros prójimos, y mortificar esa tendencia al placer y a la satisfacción personal que tanto nos domina. ¿Podemos servir en algo a nuestros semejantes? ¿Podemos manifestarles de algún modo nuestra bondad, ayudándolos y promoviendo su felicidad? Si así es, hagámoslo sin tardanza. Qué gran bien seria para la cristiandad que fuesen menos frecuentes las protestas de ortodoxia y obediencia a la iglesia, y más común la práctica de las virtudes que en este pasaje nos inculcan las palabras de nuestro Señor.

Pocos son en general los hombres que quieran ser los últimos, y por amor a Cristo, los siervos de todos; y, sin embargo, esos son los que hacen bien, los que destruyen las preocupaciones, y convencen a los infieles de la realidad del Cristianismo.

Notemos, finalmente, como el Señor nos estimula a ser bondadoso con los más pequeños y humildes de los que creen en su nombre. Nos da esta lección de una manera muy interesante; tomó a un niño en sus brazos, y dijo a sus discípulos, « Cualquiera que reciba a uno de estos niños en mi nombre, a mí me recibe; y todo el que me recibe, recibe a Aquel que me envió..

El principio que aquí se establece es una continuación del que hemos venido meditando. Para el hombre natural es una locura ; la carne y la sangre no encuentran otros caminos a la grandeza, lino coronas, rango, riquezas, y posición elevada en la sociedad El Hijo del hombre declara que el camino que a ella conduce es el sacrificarnos a cuidar de los más débiles y de los más humildes del rebaño. Esfuerza su declaración acompañándola de palabras que nos llenan de maravilla, y que leemos y oímos sin fijar en ellas nuestras almas. Nos dice que el que «recibe a un niño en su nombre, recibe a Cristo, y que recibir a Cristo es recibir a Dios..

Cuanto no deben animar estas palabras a los que se consagran a la obra caritativa de hacer bien a las almas que se ven abandonadas. Cuanto no deben estimular a los que trabajan por volver a introducir en la sociedad a un paria, por levantar al caído, por recoger a los niños harapientos de quienes nadie se cuida, por sacar de una vida pecaminosa a los peores caracteres, como se sacan los tizones de una hoguera, por conducir a los extraviados al hogar paterno. Consuélense todos los que lean estas palabras; quizás sus trabajos son duros y se sienten con frecuencia desalentados; quizás se burlen de ellos, y los ridiculicen, y los presentan al escarnio del mundo. Pero sepan que el Hijo de Dios va marcando a todos los que así obran, y en ellos se complace. Piense el mundo lo que quiera, a esos será a quienes Jesús se deleitará en honrar cuando llegue el ultimo día.

Marcos 9:38-50

Tenemos en estos versículos la opinión de Cristo respecto a la gran cuestión de tolerancia religiosa. El apóstol Juan le dijo, «Maestro, vimos a uno que lanzaba demonios en tu nombre, y no nos sigue: y se lo vedamos, porque no nos sigue.» Esa persona estaba sin duda haciendo una buena obra; es incuestionable que militaba bajo la misma bandera de los apóstoles; pero eso no satisfacía a Juan, porque no trabajaba en su compañía, ni combatía con ellos en el mismo cuerpo de ejército; por tanto, Juan se lo prohibió. Escuchemos ahora lo que decide sobre este particular la gran Cabeza de la iglesia. «Jesús le dijo, No se lo impidas; porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre que pueda hablar mal de mí. Pues que el que no está contra nosotros, con nosotros está..

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