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Marcos 9: La Gloria de la cumbre

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Razón tenemos de dar gracias a Dios por esta visión. Nos vemos a menudo tentados a abandonar el servicio de Cristo por causa de la cruz y de las aflicciones que trae consigo. Vemos a pocos con nosotros, y a muchos en contra nuestra; nuestros nombres despreciados como algo malo, y toda clase de calumnias dirigidas contra nosotros, tan solo porque creemos y amamos el Evangelio. Vemos en el transcurso de los años a nuestros compañeros en el servicio de Cristo arrebatados por la muerte, y respecto a ellos no sabemos sino que han partido para un mundo desconocido y que hemos quedado solos. Todas estas cosas son pruebas muy duras para la carne y la sangre. No es de admirarse que la fe de los creyentes desfallezca algunas veces, y que su vista se oscurezca sin descubrir un vestigio de esperanza.

Veamos en la historia de la transfiguración un remedio para esas dudas. La visión en el santo monte es una prenda que Dios graciosamente ha querido darnos de las glorias que tiene reservadas a su pueblo. Sus santos vendrán todos con El, y permanecen seguros y resguardados hasta ese día feliz. Podemos esperar pacientemente. «Cuando Cristo, que es nuestra vida, aparezca, vosotros también apareceréis entonces con El.» Colos. 3:4.

Lo que debe, en segundo lugar, fijar nuestra atención en este pasaje, es la fuerza con que se expresó el apóstol Pedro, al ver a su Señor transfigurado.

«Maestro,» le dijo, «que bueno es para nosotros estar aquí..

No hay duda que hay mucho en esas palabras que no puede recomendarse. Muestran la ignorancia en que estaba del verdadero objeto de la venida de Jesús a la tierra, que era sufrir y morir. Muestran que se olvidaba de aquellos hermanos suyos que no estaban con él, así como del mundo aun cubierto de tinieblas y que tanto necesitaba de la presencia del Maestro. Sobre todo, la proposición que hizo al mismo tiempo de « edificar tres tabernáculos,» para Moisés, Elías y Cristo, mostraba la opinión tan elevada que tenia de la dignidad de su Maestro, pero implicaba que no sabia que allí estaba uno que era, más grande que Moisés y Elías. Bajo todos estos respectos la exclamación del apóstol es de criticarse y no alabarse.

Pero habiendo hecho estas salvedades, no dejemos de notar la alegría y la felicidad que esta visión gloriosa despertó en el corazón ardiente del discípulo.

Veamos en su fervorosa exclamación, « Que bueno es estar aquí,» el consuelo y el refrigerio que la contemplación de la gloria puede proporcionar a un creyente verdadero. Fijemos la vista en el porvenir, y procuremos formarnos una idea del placer que los santos experimentarán, cuando al fin se reúnan con el Señor Jesús en su segunda venida, y se unan a El para no volverse a separar. Una visión de pocos minutos fue suficiente para mover y encender el corazón, de El espectáculo de dos santos en la gloria lo vivificaba y regocijaba de tal manera, que hubiera querido continuar gozándolo. ¿Qué diremos pues cuando veamos a nuestro Señor aparecerse en el último día con ‹todos sus santos? ¿Qué diremos cuando se nos permita a todos nosotros ser partícipes de su gloria, reunimos a esa turba feliz, y tener la convicción de que nunca más nos apartaremos del gozo de nuestro Señor? Estas son preguntas que no pueden contestarse.

La felicidad que sentiremos ese gran día en que todos nos reuniremos es tal, que no puede concebirse. Los sentimientos de que tuvo Pedro una ligera idea anticipada, los experimentaremos entonces por completo. Cuando veamos a Cristo y a sus santos, entonces diremos todos con un corazón y con una voz, «Que bueno es estar aquí..

Lo que debe finalmente fijar nuestra atención en este pasaje es el testimonio que en él se da al oficio y ala dignidad de Cristo, como el Mesías prometido.

Descubrimos ese testimonio primeramente en la aparición de Moisés y de Elías, representantes de la ley y de los profetas. Se presentaron como testigos de que Jesús es Aquel de quien se habló en los tiempos antiguos, y de quien escribieron que debía venir. Desaparecieron pocos minutos después, y dejaron solo a Jesús, como si con ello quisieran probar que no eran sino testigos, y que habiendo venido nuestro Maestro, los siervos debían cederle el principal lugar.

Vemos ese testimonio, en segundo lugar, en la voz milagrosa que del cielo se oyó, y que decía, «Este es mi amado Hijo; escuchadle.»La misma voz de Dios Padre, que se oyó en el bautismo de nuestro Señor, se volvió a oír en su transfiguración. En ambas ocasiones tuvo lugar la misma declaración solemne, «Este es mi Hijo amado.» En esta última ocasión, hubo una adición de una palabra muy importante, «Escachadlo..

Los incidentes todos que tuvieron lugar al fin de la visión fueron muy apropiados para producir una impresión duradera en el espíritu de los tres discípulos.

Les mostraron de la manera más vivida, que su Señor estaba muy por encima de ellos y de los profetas, como el amo de la casa lo está sobre sus siervos; y que debían en todo creerlo, seguirlo, obedecerlo, confiar en El y escucharlo.

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