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Marcos 9: La Gloria de la cumbre

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9.36, 37 Jesús enseñó a sus discípulos a recibir a los niños. Esto fue algo nuevo en una sociedad donde los niños por lo general se trataban como ciudadanos de segunda clase. Es importante no solo tratar bien a los niños, sino enseñarles acerca de Jesús. La Escuela Dominical para niños nunca debe considerarse menos importante que el estudio bíblico de los adultos.

9.38 Más preocupados por la posición en su grupo que por liberar a los atormentados por los demonios, los discípulos sintieron celos de un hombre que sanaba en el nombre de Jesús. Hoy en día, muchas veces hacemos lo mismo al no participar en causas dignas porque: (1) no son miembros de nuestra denominación, (2) no se relacionan con la clase de gente con la que nos sentiríamos bien, (3) no hacen las cosas como nosotros las haríamos, (4) nuestros esfuerzos no reciben suficiente reconocimiento. La buena teología es importante, pero eso nunca será excusa para evitar ayudar a los que padecen necesidad.

9.40 Jesús no dice que ser indiferente o neutral respecto a El es tan bueno como entregarnos a El. Como lo explicó en Mat_12:30 : «El que no es conmigo, contra mí es». No obstante, sus seguidores no se parecerían ni pertenecerían al mismo grupo. La gente que está del mismo lado que Jesús posee la misma meta de edificar el Reino de Dios y no debería permitir que sus diferencias interfieran en alcanzar la meta. Jesús enseñó que gente muy diversa le seguiría y haría obras en su nombre. Todos los que tienen fe en Cristo están en condiciones de cooperar. La gente no tiene que ser igual a nosotros para seguir a Jesús.

9.41, 42 Luk_9:48 enseña que nuestra preocupación por otros es la medida de nuestra grandeza. A los ojos de Jesús, quienquiera que reciba a un niño recibe a Jesús; dar un vaso de agua a alguien en necesidad es lo mismo que dar una ofrenda a Dios. Por contraste, causar daño a otros o no interesarnos en los demás es pecado. Es posible que descuidados y egoístas logren un grado de grandeza a los ojos del mundo, pero la grandeza permanente solo se mide por las normas de Dios. ¿Qué usamos como medida de grandeza: realización personal o servicio desinteresado?

9.42 Esta advertencia contra causar daño a los pequeñitos en la fe se aplica tanto a lo que hacemos personalmente como maestros y ejemplos como a lo que permitimos en nuestro compañerismo cristiano. Nuestros pensamientos y acciones deben motivarlos el amor (1 Corintios 13) y debemos ser cuidadosos cuando de juzgar a otros se trata (Mat_7:1-5; Romanos 14.1-15.4). Sin embargo, tenemos el deber de enfrentar los pecados flagrantes en la iglesia (1Co_5:12-13).

9.43ss Jesús usó un lenguaje bastante fuerte para ilustrar la importancia de quitar el pecado de nuestras vidas. La disciplina que duele es necesaria en los verdaderos seguidores. Ceder a una relación, trabajo o hábito contrario a la voluntad de Dios pudiera ser tan doloroso como cortarse una mano. Nuestra meta máxima, sin embargo, vale todo sacrificio, Cristo es más importante que cualquier pérdida. Nada debe interponerse en el camino de la fe. Debemos ser despiadados en remover el pecado de nuestras vidas para evitar sufrir por toda la eternidad. Hagamos nuestra decisión desde una perspectiva eterna.

9.48, 49 Con estas extrañas palabras, Jesús quiso señalar las consecuencias serias y eternas del pecado. Para los judíos, gusanos y fuego representaban los dolores internos y externos. ¿Qué sería peor?

9.50 Jesús usó la sal para ilustrar tres cualidades que deben hallarse en la vida de su pueblo:

(1) Deberíamos recordar siempre la fidelidad de Dios; la sal se usaba en los sacrificios para recordar el pacto de Dios con su pueblo (Lev_2:13).
(2) Deberíamos ser eficaces en sazonar el mundo en que vivimos, así como la sal lo es en dar sabor a la comida (véase Mat_5:13).
(3) Deberíamos neutralizar la moral decadente de la sociedad, así como la sal preserva los alimentos de la descomposición. Cuando perdemos el deseo de «dar sabor» a la tierra con el amor y el mensaje de Dios, nos volvemos inservibles para El.

Marcos 9:1-13

No debe perderse de vista el enlace de este pasaje con el fin del último capítulo. Nuestro Señor había estado hablando de su próxima muerte y pasión, de la necesidad de abnegación en los que quisieran ser sus discípulos, de la precisión de perder nuestras vidas si es que deseamos salvarlas; pero seguidamente pasa a hablar de su reino futuro y de su gloria. Suaviza la «dureza de sus palabras,» prometiendo la contemplación de esa gloria a algunos de los que lo escuchaban; y en la historia de la transfiguración, que en este lugar se relata, vemos esa promesa cumplida.

Lo primero que debe fijar nuestra atención en estos versículos es la maravillosa visión que contienen de la gloria, que Cristo y su pueblo obtendrán en su segunda venida.

No hay duda que este fue uno de los principales objetos de la transfiguración. Se propuso con ella enseñar a sus discípulos, quo aunque su Señor era ahora de apariencia pobre y humilde, aparecería un día con la majestad real que convenía al Hijo de Dios. Se propuso con ella enseñarles que cuando su Maestro viniera por segunda vez, sus santos, como Moisés y Elías, aparecerían con El. Fue su objeto recordarles que aunque vilipendiados y perseguidos ahora, porque seguían a Cristo, día llegaría en que se verían revestidos de honor, y participando de la gloria de su Maestro.

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