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Una viuda pobre da todo lo que tiene

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Después de los agotadores debates con los emisarios del Sanedrín y de los saduceos, Jesús estaba tan cansado que se sentó y apoyó la cabeza entre las manos. En cierto momento levantó la vista y vio a la gente echar sus ofrendas en las trompetas; y luego vio a una viuda pobre: todo lo que tenía en el mundo eran dos leptas, blancas. El lepton era la moneda más pequeña, y su nombre quería decir « la delgada», así es que la compararemos con la moneda más pequeña de nuestro país; pero Jesús dijo que la ofrenda de la viuda valía más que lo que habían echado los ricos, porque era todo lo que tenía.

El valor de una ofrenda lo determinan dos cosas:

(i) El espíritu con que se da. Una ofrenda que se hace por obligación, a regañadientes o para presumir, pierde casi todo su valor. La única ofrenda que vale la pena es la que sale de un corazón de amor, la que se da con libertad y voluntad.

(ii) El sacrificio que supone. Lo que es una miseria para uno puede ser una fortuna para otro. Las ofrendas que los ricos dejaban caer para que todos las vieran y oyeran tintinear no les suponían ningún sacrificio; pero las dos blancas de la viuda eran todo lo que tenía. Probablemente los ricos ofrendaban después de calcular el valor de cada moneda. Ella daba con la máxima generosidad, porque no tenía más.

El dar no empieza a ser real hasta que duele. Un regalo no es señal de amor a menos que hayamos tenido que privarnos de algo o trabajar horas extraordinarias para hacerlo. ¡Qué pocos son los que le dan a Dios así! Alguien ha descrito a uno que cantaba fervorosamente Mi espíritu, alma y cuerpo, mi ser, mi vida entera, cual viva, santa ofrenda, entrego a Ti, mi Dios. Mi todo a Dios consagro… mientras, sobaba cuidadosamente las monedas en el bolsillo para asegurarse de que no había ninguna de más de 5 pesetas entre las que iba a echar en la colecta.

Sería una señal de suprema insensatez el ser capaz de leer la historia de las dos blancas de la viuda sin hacer un examen de conciencia.

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