Una viuda pobre da todo lo que tiene

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Una viuda pobre da todo lo que tiene

Estando Jesús sentado frente al arca de las ofrendas, estaba mirando cómo la gente echaba dinero en ella; y muchos ricos echaban grandes cantidades. Vino también una viuda pobre, la cual metió dos blancas o pequeñas monedas de un cuarto; y entonces convocando a sus discípulos les dijo: En verdad os digo que esta pobre viuda ha echado más en el arca , que todos los otros. Por cuanto los demás han echado algo de lo que les sobraba; pero ésta ha dado de su misma pobreza todo lo que tenía, todo su sustento. Marcos 12: 41-44; Lucas 21: 1-4

Entre el Atrio de los Gentiles y el Atrio de las Mujeres estaba la Puerta Hermosa. Bien puede ser que Jesús hubiera ido a sentarse allí tranquilamente después de la discusión y tensión del Atrio de los Gentiles y los claustros. En el Atrio de las Mujeres había trece bolsas de la colecta que se llamaban «las Trompetas», porque tenían esa forma. Cada una de ellas era para un fin especial; por ejemplo: para comprar grano o vino o aceite para los sacrificios. Eran para las aportaciones para los sacrificios diarios del templo. Muchas personas echaban contribuciones considerables. Y entonces llegó una viuda, que echó dos blancas. La moneda que se llamaba un leptón, que quiere decir literalmente una fina, era la más pequeña de todas las monedas, y valía 1/128 del denario, que era el jornal de un obrero, que hemos traducido por peseta por ser esta la moneda más pequeña en España actualmente. Y sin embargo Jesús dijo que su minúscula contribución era mayor que la de los otros, porque ellos habían echado de lo que tenían de sobra y podían prescindir con facilidad porque les quedaba suficiente para sus necesidades, y la viuda había echado todo lo que tenía para su sustento.

Aquí tenemos una lección sobre el dar:

(i) El verdadero dar debe ser sacrificial. La cantidad del don no importa nunca tanto como lo que le cuesta al dador; no el tamaño del don, sino el sacrificio. La verdadera generosidad da hasta que duele. Para muchos de nosotros la cuestión es si lo que damos para la obra del Señor llega alguna vez a suponernos algún sacrificio. Pocas personas se pasarán sin sus placeres para dar un poco más para la obra del Señor. Bien puede ser una señal de la decadencia de la iglesia y del fracaso de nuestro cristianismo el que las aportaciones se tienen que obtener fuera de la iglesia, y que a menudo los miembros no darán nada a menos que obtengan algo en compensación en la forma de entretenimiento o artículos. Es de temer que haya pocos entre nosotros que puedan leer esta historia sin llegar a avergonzarse.

(ii) El verdadero dar tiene algo de derroche. La mujer podría haberse guardado una moneda. No habría hecho mucha diferencia, pero habría sido algo. Sin embargo dio todo lo que tenía. Hay aquí una gran verdad simbólica. Lo trágico es que a menudo hay parte de nuestra vida, y de nuestras actividades, y de nosotros mismos, que no Le entregamos a Cristo. Sea como sea, casi siempre nos las arreglamos para retener algo. Rara vez llegamos al sacrificio total y a la rendición total.

(iii) Lo extraño y precioso es que la persona que el Nuevo Testamento y Jesús transmiten a la Historia como modelo de generosidad fue una persona que dio dos pesetas. Podemos tener el sentimiento de que no disponemos de mucho en materia de dones materiales o personales que ofrecer a Cristo. Pero, si ponemos todo lo que tenemos y somos a Su disposición, Él puede hacer cosas con ello y con nosotros que no nos podemos imaginar.

En el Atrio de las Mujeres del templo había trece grandes cepillos que se llamaban «Las Trompetas», por la forma que tenían, con la parte estrecha para arriba y lo más ancho abajo. Cada cepillo recogía las ofrendas para un fin determinado: para la leña para los holocaustos; para el incienso; para la conservación de los utensilios de oro, etc. Jesús estaba sentado cerca de las trompetas.

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