Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin

Una preciosa ancianidad

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on pinterest
Share on whatsapp
Share on email

También estaba allí una profetisa llamada Ana, hija de Penuel, de la tribu de Aser. Era ya muy anciana. Se casó siendo muy joven, y había vivido con su marido siete años; hacía ya ochenta y cuatro años que se había quedado viuda. Nunca salía del templo, sino que servía día y noche al Señor, con ayunos y oraciones. Ana se presentó en aquel mismo momento, y comenzó a dar gracias a Dios y a hablar del niño Jesús a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén.  Lucas 2:36-38

Ana también era una de los «reposados de la tierra.» De ella no sabemos nada más que lo que nos dicen estos versículos; pero Lucas nos traza en ellos un verdadero boceto de su carácter.

(i) Ana era viuda. Sabía lo que era el sufrimiento, pero no estaba amargada. El sufrimiento puede producir en nosotros una de dos cosas: o nos hace duros, amargados, resentidos y rebeldes a Dios, o nos hace más amables, tiernos y compasivos; puede hacernos perder la fe, o arraigarla aún más en nuestro corazón. Todo depende de lo que pensemos de Dios: si le consideramos un tirano, seremos unos resentidos; si le tenemos como nuestro Padre, estaremos seguros de que nunca hace que sus hijos derramen lágrimas innecesarias.

(ii) Tenía ochenta y cuatro años. Era anciana, pero no había perdido la esperanza. La edad puede despojarnos del encanto y del vigor de nuestro cuerpo; y aun puede producir un efecto peor: los años pueden llevarse la vida del corazón hasta el punto de que se nos mueren las esperanzas que hemos abrigado antes, y nos contentamos y resignamos con las cosas tal y como son. También en esto todo depende de lo que pensamos de Dios: si creemos que es distante y desinteresado, podremos caer en la desesperación; pero si creemos que está interesado y conectado con la vida, y que no retira la mano del timón, estaremos seguros de que lo mejor está todavía por venir, y los años no nos harán nunca perder la esperanza.

¿Cómo es que Ana era así?

(i) Nunca dejaba de adorar a Dios. Pasaba la vista en la casa de Dios y con el pueblo de Dios. Dios nos ha dado su iglesia para que sea nuestra madre en la fe. Nos privamos de un tesoro incalculable cuando descuidamos el ser parte de un pueblo que da culto a Dios.

(ii) Nunca dejaba de orar. El culto de la iglesia es algo grande; pero no lo es menos el culto privado y personal. Como ha dicho alguien, «los que oran mejor con los demás son los que antes oran a solas.» Los años habían dejado a Ana sin amargura y con una esperanza inquebrantable, porque día tras día se mantenía en contacto con el Que es la fuente de toda fuerza, y en cuya fuerza se perfecciona nuestra debilidad.

Deja una respuesta

Ayúdanos a continuar Sembrando La Palabra de Dios

Publicaciones que pueden ser de interés para ti

La Palabra de Dios se hace hombre

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.
Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.

Artículo Completo

Corazón de cebolla

Había una vez un huerto lleno de hortalizas, árboles frutales y toda clase de plantas. Como todos los huertos, tenía mucha frescura y agrado. Por eso daba

Artículo Completo

Cuando Dios manda

Una señora muy pobre telefoneó para un programa cristiano de radio pidiendo ayuda, pues no tenía nada que comer. Un hombre, al servicio del mal, que por

Artículo Completo