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Una boda en Caná de Galilea

En un tiempo en que en la vida había mucha pobreza y un trabajo muy duro, esa semana de fiestas y alegría era algo especialísimo. Jesús participaba encantado de una ocasión alegre como esa. Pero algo estuvo a punto de estropearla, se les acabó el vino. Se ha sugerido que a lo mejor una de las causas fue la venida de Jesús; porque no vino solo, sino con cuatro discípulos, y tal vez se incorporaron cuando ya se habían hecho todos los preparativos sin contar con ellos. Cinco personas más en la fiesta de una familia humilde pueden causar problemas. En una fiesta judía el vino era esencial. «Sin vino –decían los rabinos– no puede haber alegría.» No es que la gente se emborrachara; la borrachera se miraba muy mal, y no era frecuente, porque se mezclaban dos partes de vino con tres de agua. En cualquier tiempo habría sido un problema que faltaran las provisiones, porque la hospitalidad es un sagrado deber en Oriente; pero era una desgracia mayor, y hasta una humillación terrible para los novios, el que faltara el vino en su boda. Eso explica el que María acudiera a Jesús para decirle lo que pasaba. La traducción de la respuesta de Jesús en la versión Reina-Valera hace que suene muy descortés -«¿Qué tengo yo contigo, mujer?»(1909). «¿Qué tienes conmigo, mujer?» (1960). Esa es una traducción literal de las palabras; pero no nos permite adivinar el tono. La frase: «¿Qué tengo yo que ver contigo?» era muy corriente en un tono conversacional. Si se decía brusca y airadamente indicaba desacuerdo o reproche; pero cuando se decía amablemente quería decir que no se había entendido bien. Aquí quiere decir: «No te preocupes; tú no entiendes muy bien lo que pasa; déjamelo a Mí, que lo resolveré a Mi manera.» Jesús le estaba diciendo a María sencillamente que lo dejara en Sus manos, que Él ya sabía lo que tenía que hacer. La palabra Mujer (guynai) también puede despistarnos. Nos parece muy ruda y abrupta. Pero es la misma palabra que usó Jesús en la Cruz dirigiéndose a María al confiársela a Su Discípulo amado (Juan 19:26). Homero la usa como el tratamiento que le da Ulises a su muy amada esposa Penélope. El emperador Augusto la usaba como un título al dirigirse a Cleopatra, la famosa reina egipcia. Lejos de ser una manera ruda y descortés de dirigirse a una mujer, era un título de respeto. No tenemos en castellano una expresión que corresponda exactamente; la palabra señora expresa por lo menos la cortesía que se supone en el tono. Lo dijera como fuera, María no lo tomó como «¡Déjame en paz!», sino todo lo contrario; prueba de ello es que fue a los criados y les dijo que hicieran lo que Jesús les dijera.

A la entrada había seis grandes tinajas para el agua. La palabra que la versión Reina- Valera traduce por cántaros (metrétés) equivale a unos cuarenta litros, y se nos dice que en cada tinaja cabrían dos o tres cántaros, es decir, alrededor de cien litros.

Juan está escribiendo su evangelio para los griegos, así es que les explica que estas tinajas se tenían para guardar el agua que se usaba en los ritos de purificación de los judíos. El agua se necesitaba para dos cosas. La primera, para lavarse los pies al entrar en la casa. Las carreteras y las calles no estaban pavimentadas en la mayor parte de los casos. El calzado más corriente eran las sandalias, que no eran más que unas suelas que se sujetaban a los pies con unas correas. En un día seco se traerían los pies llenos de polvo, y en uno húmedo, de barro; así es que se necesitaba agua para limpiarlos. En segundo lugar, se necesitaba para lavarse las manos. Los judíos estrictos se las lavaban antes de la comida y entre platos. Primero se ponía la mano con los dedos hacia arriba, y se echaba el agua de forma que resbalara hasta la muñeca; y luego se ponían los dedos hacia abajo para que el agua resbalara desde la muñeca hasta la punta de los dedos. Esto se hacía con cada mano por separado, y luego se limpiaba la palma restregándolas con el otro puño. La ley ceremonial judía insistía en que esto había que hacerlo no sólo al principio de la comida sino también entre platos. Si no se hacía, se tenían las manos técnicamente inmundas. Era para esos lavatorios de manos y de pies para lo que se tenían las tinajas a la entrada de la casa.

Jesús dijo que llenaran las tinajas hasta el borde. Juan da ese detalle para que se sepa que allí no se metió más que agua. Y luego les dijo que sacaran algo y se lo llevaran al arjitriklinos, al maestro de ceremonias. En los banquetes romanos había un personaje al que llamaban arbiter bibendi, el encargado de la bebida. A veces era uno de los invitados el que actuaba de maestro de ceremonias en una boda judía, pero nuestro equivalente del arjitriklinos sería el padrino. Entonces estaba a cargo de la colocación de los invitados y de la organización de la fiesta en general. Cuando probó el agua que se había vuelto vino se quedó alucinado. Llamó al novio –lo corriente era que fueran los padres del novio los que corrieran con los gastos– y le dijo en un tono de broma que Juan nos transmite con gracia: «¡Oye, tú! Lo corriente es que se sirva primero el buen vino, y después, cuando la gente ya ha bebido bastante y no está en condiciones de distinguir de calidades, se le sirve algo inferior; ¡pero tú te tenías guardado el mejor hasta ahora!» Así es que fue en la boda de unos pueblerinos de Galilea donde Jesús manifestó Su gloria; y fue en aquella ocasión cuando Sus discípulos captaron otro detalle que les hizo darse cuenta de quién era su Maestro.

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