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Un himno maravilloso

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María dijo: «Mi alma alaba la grandeza del Señor; mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador. Porque Dios ha puesto sus ojos en mí, su humilde esclava, y desde ahora siempre me llamarán dichosa; porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas. ¡Santo es su nombre! Dios tiene siempre misericordia de quienes lo reverencian. Actuó con todo su poder: deshizo los planes de los orgullosos, derribó a los reyes de sus tronos y puso en alto a los humildes. Llenó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Ayudó al pueblo de Israel, su siervo, y no se olvidó de tratarlo con misericordia. Así lo había prometido a nuestros antepasados, a Abrahamy a sus futuros descendientes.» María se quedó con Isabel unos tres meses, y después regresó a su casa. Lucas 1:46-56

Este pasaje se ha convertido en uno de los grandes himnos de la Iglesia, el Magníficat. Nos recuerda a los salmos del Antiguo Testamento, y se parece especialmente al cántico de Ana, de 1 Samuel 2:1-10. Alguien ha dicho que «la religión es el opio del pueblo»; pero Stanley Jones ha dicho que «el Magníficat es el documento más revolucionario del mundo.» Habla de tres de las revoluciones de Dios.

(i) Ha dispersado a los arrogantes con todos sus proyectos. Esta es la revolución moral. El Evangelio es la muerte del orgullo. ¿Que por qué? Porque si uno coloca su vida al lado de la de Cristo, se le hacen añicos los últimos vestigios de orgullo. A veces le sucede a uno algo que arroja una brillante y reveladora luz que le descubre su vergüenza.

O. Henry cuenta en una historia corta lo que le pasa a un chico que se había criado en una aldea. En la escuelita se solía sentar al lado de una chica, y se gustaban. Luego él se fue a la ciudad y fue cayendo bajo. Se hizo carterista y ladronzuelo. Un día le dio el tirón a una anciana. Se le dio bien y se sentía satisfecho. Pero entonces vio bajar por la calle a la chica que había sido su compañera, que irradiaba el encanto de la inocencia. Y de pronto se vio a sí mismo tal como era de indigno y despreciable. Ardiendo de vergüenza apoyó la cabeza en el hierro frío de una lámpara de la calle, y se dijo: «¡Dios mío, quisiera morirme!» Se había visto a sí mismo. Cristo hace que nos veamos a nosotros mismos. Eso le da el golpe de muerte al orgullo. Así empieza la revolución moral.

(ii) Ha arrojado de sus tronos a los poderosos, y ha exaltado a los humildes. Esta es la revolución social. El Evangelio pone fin a las etiquetas y al prestigio del mundo.

Mureto fue un filósofo ambulante de la Edad Media, y era muy pobre. Se puso enfermo en un pueblo de Italia, y le llevaron al hospital para vagabundos y desamparados. Los médicos estaban discutiendo su caso en latín, suponiendo que él no los entendía. Sugerían que, ya que se trataba de una persona tan despreciable, podían usarle para experimentos. Mureto levantó la mirada y les dijo en su propia lengua culta: «No llaméis despreciable a nadie por quien Cristo murió.» Cuando nos damos cuenta de lo que Cristo hizo por todas las personas, ya no queda ninguna que podamos considerar despreciable. Las categorías sociales desaparecen.

(iii) Ha saciado a los hambrientos con alimentos deliciosos, y ha despachado a los ricos con las manos vacías. Esta es la revolución económica. Una sociedad no cristiana es una sociedad adquisitiva en la que cada cual va a acaparar todo lo que pueda. Una sociedad cristiana es aquella en la que nadie querría tener demasiado mientras otros tienen demasiado poco, en la que cada uno necesita tener sólo para poder dar. El Magníficat tiene su propio encanto, pero hay dinamita en ese encanto. E1 Evangelio genera una revolución en cada persona, y en el mundo.

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