Un asunto de monos

Publicaciones realizadas por ángeles que nos prestan sus alas cuando se nos olvida cómo volar

El señor Robinson llegó a casa fatigado llevando un gran mono cómodamente sentado en sus hombros. La señora Robinson se sintió muy preocupada al ver a su marido en semejante estado:

— ¿Qué te pasa querido? –le preguntó afectuosamente– ¿Por qué tienes ese aspecto tan cansado y deprimido.

—A decir verdad –repuso él– tu madre tiene tanta culpa como cualquiera. Apenas pedía verla, prorrumpió en denuestos contra mí sin parar. Ella y el resto de la familia. Santiago y Dora son por el estilo. Siempre están encima de mí. Dicen que no deberías haberte casado conmigo. Tu madre decía que ella y tu padre sospechaban lo que iba a suceder.

—Tonterías querido. Eres el mejor de los maridos del mundo. No les hagas caso. Les diré unas palabras la próxima vez que vaya a verlos. Lo arreglaré todo, no te preocupes. Ahora siéntate aquí y serénate. Ea, deja que te quite ese enorme mono de tus hombros.

Inmediatamente le quitó el mono y lo colocó sobre sus propios hombros. Ello hizo que el señor Robinson se sintiera muy aliviado. Serenado y de nuevo feliz, decidió ir a ver a algunos amigos del club de bolos y marchar con ellos a un pub.

Al poco rato, llegó del colegio el joven Frank. Traía un pequeño mono posado en sus hombros.

—Querido, –exclamó su madre con ansiedad–, qué ha ocurrido en la escuela hoy?

— Estoy harto, mamá. La profesora me ha reñido por algo que no he hecho. Dijo que era un descarado y marrullero y que daba mal ejemplo a toda la clase.

— ¿Cómo se ha atrevido a decirte cosas así? Déjamela a mi cuenta. Iré a verla mañana por la mañana a primera hora. Olvídala de momento. Sal a jugar con tus amigos, y te llamaré cuando esté listo el té.

Apenas la señora Robinson le había quitado el pequeño mono de los hombros, Frank olvidó inmediatamente lo ocurrido en la escuela y se fue contento a jugar.

Poco después llegó Ángela a casa. Había estado en la fiesta de cumpleaños de una amiga, pero ciertamente su aspecto no era el de haberlo pasado bien. También ella traía un pequeño mono sobre los hombros, y su madre sospechó que había estado llorando.

— Qué te ocurre, querida? ¿No fue bonita la fiesta?

— Ha sido horrible, mamá. Algunas chicas me han estado insultando. Dijeron que era una niña muy mimada. ¡Las odio!

— No hagas caso, querida. Dime quiénes fueron esas antipáticas y yo informaré a sus padres exactamente de lo ocurrido. Ahora cámbiate y vete a jugar. Ya te llamaré tan pronto como esté preparado el té. Ea, deja que te quite ese mono de tus hombros.

Así era la señora Robinson. Una mujer muy amable y muy querida; tenía numerosas amistades, que a menudo iban a verla durante el día. Ella escuchaba afectuosamente sus problemas y se mostraba preocupada al ver monos sobre sus hombros.

No obstante, según pasaban los días, la señora Robinson comenzó a sentirse también cansada. Evidentemente, no era la que solía ser y parecía preocupada por algo. Perdió el gusto por la vida, y parecía incapaz de hacer frente a sus deberes de esposa y madre. Con frecuencia ahora se lamentaba y gruñía de una manera muy extraña, comenzando a preocupar a la familia y a las amistades.

Un día, una buena amiga la tomó aparte y le habló sin rodeos:

— Escucha, Sandra; vengo dándome cuenta últimamente de lo deprimida que pareces estar. Evidentemente, sabes de qué se trata, ¿verdad?

— Bueno, en realidad no estoy segura, Gladys. Verdaderamente, no me he sentido nunca como ahora. Supongo que estoy algo cansada. Me siento abrumada últimamente, ya sabes.

— Ciertamente lo estás. El verdadero problema son todos esos monos que tienes posados encima de tus hombros. Y tú eres la única que puede hacer algo al respecto. El remedio está en tus manos. Manda de paseo esos monos. No son tuyos; ¿por qué has de llevarlos encima? Deshazte de ellos.

—¿Lo crees así? Sí, supongo que debo dejarlos. Después de todo, tienes razón. Realmente no me pertenecen; me parece, pues, que voy a dejarlos y que se suban a los hombros de quienes quieran cargarlos.

En cuestión de días, la señora Robinson volvió a ser ella misma. Los monos habían desaparecido y ella sintió nuevas energías. Entonces se encontró de nuevo deseosa y capaz de ayudar a su familia y a sus amistades.

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Lionel Valentin Calderón

Periodista, Artista, Caricaturista y Escritor pepiniano nacido en Añasco, Puerto Rico. Ha publicado varios libros entre los que destacan Vida de Jesús un Evangelio Armonizado, Sancocho Cristiano Volúmenes I-IV, Bendiciones Cristianas Vols I-II y La Biblia comentada de Génesis a Apocalipsis.

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