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Transfiguración de Jesús

Pastor Lionel

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Jesús había subido allí a buscar la aprobación de Dios en el paso decisivo que iba a dar. Allí se le aparecieron Moisés, el gran legislador del Pueblo de Israel, y Elías, el más grande de sus profetas. Era como si los príncipes de la vida, del pensamiento y de la religión de Israel le dijeran que siguiera adelante. Ahora Jesús podía dirigirse a Jerusalén, seguro de que por lo menos un grupito de hombres sabían Quién era, seguro de que lo que estaba haciendo era la consumación de toda la vida y el pensamiento y la obra de su nación, y seguro de que Dios estaba de acuerdo con el paso que Él daba.
Hay aquí una frase henchida de sentido. Dice que los apóstoles, «cuando se despertaron del todo, contemplaron con sus propios ojos la gloria de Jesús.»

(i) En la vida nos perdemos muchas cosas porque tenemos la mente dormida. Hay ciertas cosas que nos mantienen espiritualmente dormidos.

(a) Están los prejuicios. Tenemos las ideas tan fijas que nuestra mente está cerrada. Nuevas ideas llaman a la puerta, pero estamos tan dormidos que no las dejamos entrar.

(b) Existe el letargo mental. Hay muchos que se resisten a la fatigosa lucha del pensamiento. « No vale la pena vivir -decía Platón- una vida sin examen de conciencia.» ¿Cuántas veces nosotros pensamos las cosas realmente y a fondo?

(c) Está el amor a la tranquilidad. Tenemos una especie de mecanismo de defensa que nos hace cerrar la puerta a todo pensamiento inquietante.

Uno puede drogarse mentalmente hasta el punto de quedarse mentalmente dormido.

(ii) Pero hay innumerables cosas en la vida capaces de despertarnos.

(a) Está el dolor. Una vez dijo Elgar de una joven cantante, que era técnicamente perfecta, pero sin sentimiento ni expresión: «Será estupenda cuando algo le rompa el corazón.» A menudo el dolor nos despierta con rudeza; y en ese momento, a través de las lágrimas, vemos la gloria.

(b) Está el amor. El poeta Browning escribe de dos personas que se enamoraron. Ella le miró a él, y él a ella, «y de pronto despertaron a la vida.» El amor verdadero es un despertar a un horizonte que ni siquiera sospechábamos que existía.

(c) Está el sentimiento de necesidad. Uno puede vivir medio dormido por cierto tiempo la rutina de la vida; pero, de pronto, le asalta un problema totalmente insoluble, alguna pregunta incontestable, alguna tentación arrollador, algún desafío que exige un esfuerzo por encima de nuestras fuerzas; y en ese momento no nos queda más remedio que clamar al Cielo. Ese sentimiento de necesidad nos despierta a Dios. Haremos bien en pedir: «Señor, mantenme siempre despierto a Ti.»

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