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Transfiguración de Jesús

Pastor Lionel

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(b) Los hizo testigos de la gloria de Cristo en un sentido muy especial. Un testigo se ha definido como una persona que, primero, ve, y después, muestra. En esta ocasión, en el monte, se les mostró la gloria de Cristo; y desde entonces tenían que guardar la historia de Su gloria en sus corazones, y contársela a los hombres, no inmediatamente, sino cuando llegara la hora.

El destino del precursor

En primer lugar, Jesús empezó por darles una orden. No habían de decirle a nadie lo que habían visto. Jesús sabía perfectamente que tenían la mente abarrotada de ideas acerca de un mesías de fuerza y poder. Si contaran lo que había sucedido en la cumbre de la montaña, cómo se había manifestado la gloria de Dios, y habían aparecido Moisés y Elías, ¡todo aquello se identificaría con que había sonado la hora clave de las expectaciones populares! ¡En aquello se vería el preludio de la explosión del poder vengativo de Dios sobre las naciones del mundo! Los discípulos tenían todavía que aprender lo que quería de veras decir el mesiazgo. No había más que una cosa que se lo podría enseñar: la Cruz, y la Resurrección subsiguiente. Cuando la Cruz les hubiera enseñado lo que quería decir el mesiazgo, y cuando la Resurrección los hubiera convencido de que Jesús era el Mesías, entonces, y solamente entonces, podrían contar la historia de la gloria de la cumbre; porque entonces, y solamente entonces, la verían como debían verla: como el preludio, no del desbordamiento de la fuerza vengadora de Dios, sino como el preludio de la crucifixión del amor de Dios.

Las mentes de los discípulos seguían trabajando. No podían entender lo que querían decir las palabras de Jesús acerca de la Resurrección. Toda su actitud muestra que de hecho no las entendieron nunca antes de su cumplimiento. Toda su actitud cuando llegó la Cruz fue la de personas para las que había llegado el final de todo. No debemos echarles la culpa a los discípulos. Era sencillamente que estaban imbuidos de una idea del mesiazgo tan completamente diferente que no podían captar lo que Jesús les había dicho.

Entonces preguntaron algo que los tenía perplejos. Los judíos creían que antes que viniera el Mesías vendría Elías como Su heraldo y precursor (Malaquías 4: Ss). Según una tradición rabínica, Elías vendría tres días antes que el Mesías.

El primer día se pondría en las montañas de Israel lamentando la desolación de la tierra; y entonces clamaría con una voz que se oiría desde un extremo del mundo hasta el otro: «¡La paz viene al mundo! ¡La paz viene al mundo!» El segundo día clamaría: «¡El bien viene al mundo! ¡El bien viene al mundo!» Y el tercer día clamaría: «¡Yeshuah (Salvación) viene al mundo! ¡Yeshuah viene al mundo!» Elías restauraría todas las cosas; sanaría las familias divididas en los tenebrosos últimos días; resolvería todos los puntos dudosos del ritual y de la liturgia; limpiaría a la nación trayendo de vuelta a todos los que habían sido injustamente excluidos, y echando a los que habían sido falsamente incluidos. Elías ocupaba un puesto clave en el pensamiento de Israel. Se le concebía como continuamente activo en el Cielo y en la Tierra en provecho de los judíos, y como el heraldo de la consumación final.

Era inevitable que los discípulos se preguntaran: «Si Jesús es el Mesías, ¿qué ha pasado con Elías?» Jesús les contestó en unos términos que cualquier judío podría entender. «Elías -les dijo- ya ha venido, y los hombres hicieron con él lo que quisieron. Le tomaron, y le aplicaron arbitrariamente su propia voluntad olvidando la de Dios.» Jesús estaba refiriéndose al encarcelamiento y muerte de Juan el Bautista a manos de Herodes. Entonces, por implicación, Jesús condujo a Sus discípulos otra vez a aquel pensamiento que ellos no querían recibir, y que Él estaba decidido a que recibieran. Era como si les preguntara: « Si eso hicieron con el precursor, ¿qué no harán con el Mesías?»

Jesús estaba dándoles la vuelta a todas las ideas y nociones preconcebidas de Sus discípulos. Esperaban que surgiera Elías, que viniera el Mesías, que Dios irrumpiera en el tiempo y que hubiera una victoria arrolladora del Cielo, que ellos identificaban con el triunfo de Israel. Jesús estaba tratando de obligarlos a ver que de hecho el heraldo había sido matado cruelmente, y que el Mesías había de acabar en una cruz. Ellos seguían sin comprender, y eso por lo que siempre hace que los hombres no entiendan: porque se aferraban a sus ideas y se negaban a aceptar las de Dios. Querían que las cosas sucedieran conforme a sus deseos, y no como Dios las había ordenado. El error de sus pensamientos los había cegado a la revelación de la verdad de Dios.

Aquí tenemos otro de los momentos decisivos de la vida de Jesús en la Tierra. Debemos recordar que estaba a punto de ponerse en camino hacia Jerusalén y hacia la cruz. Ya hemos estudiado otro momento decisivo, cuando les preguntó a sus discípulos Quién creían que era Él, a fin de saber si alguien había descubierto su verdadera identidad. Pero había algo que Jesús no haría jamás: no daría ni un paso sin la aprobación de Dios. Esto es lo que le vemos buscar y recibir en esta escena. No podemos saber exactamente qué es lo que sucedió en el Monte de la Transfiguración; pero sabemos que fue algo tremendo.

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