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Transfiguración de Jesús

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Seis días después tomó Jesús consigo a Pedro, y a Santiago,y a Juan su hermano; y subiendo con ellos solos a un alto monte, en lugar apar­tado se puso a orar. Y mientras estaba orando, se transfiguró en su presencia; de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos y refulgentes y de un candor extremado como la nieve, tan blancos que no hay lavandero en el mundo que así pudie­se blanquearlos. Y al mismo tiempo les aparecieron en forma gloriosa Moisés y Elías conversando con Jesús, y hablaban de su salida, la cual estaba para verificar en Jerusalén. Entonces Pedro, absorto con lo que veía, to­mando la palabra, dijo a Jesús: Señor, bueno es quedarnos aquí; si te parece, formemos aquí tres pabellones o tiendas, uno para ti, otro para Moisés y otro para Elías. Porque él no sabía lo que decía; por estar todos sobrecogidos del pasmo. Todavía estaba Pedro hablando, cuan­do una nube resplandeciente vino a cubrirlos; y viéndolos entrar en esta nube, quedaron aterrados, y al mismo instante resonó desde la nube una voz que decía: Este es mi querido Hijo, en quien tengo todas mis complacencias. A Él habéis de escuchar. A esta voz los discípulos cayeron sobre su rostro en tierra, y quedaron poseídos de un gran espanto. Mas Jesús se acercó a ellos, los tocó, y les dijo: Levantaos, y no tengáis miedo. Y alzando los ojos, no vieron a nadie más, sino a Jesús. Y al bajar del monte, les puso Jesús precepto, diciendo: No digáis a nadie lo que habéis visto, hasta tanto que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos. En efecto, guardaron en su pecho el secreto; aunque andaban discu­rriendo entre sí que querría decir con aquellas palabras: Cuando hu­biese resucitado de entre los muertos. Sobre lo cual le preguntaron los discípulos: ¿Pues cómo dicen los escribas que debe venir primero Elías? A esto Jesús les respondió: En efecto, Elías ha de venir antes y restablecerá enton­ces todas las cosas; y como está escrito del Hijo del hom­bre, ha de padecer mucho y ser vilipendiado. Pero yo os declaro que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo cuanto quisieron, según estaba es­crito, así también harán ellos padecer al Hijo del hom­bre. Entonces entendieron los discípulos que les había hablado de Juan Bautista. Mateo 17: 1-13; Marcos 9: 2-13; Lucas 9: 28-36

Al gran momento de Cesarea de Filipo siguió el gran momento del monte de la Transfiguración. Reconstruyamos primeramente la escena en que vino este momento de gloria a Jesús y a Sus tres discípulos escogidos. Hay una tradición que identifica el monte de la Transfiguración con el monte Tabor, pero no es probable. En la cima del monte Tabor había una fortaleza armada y un gran castillo; parece casi imposible que la Transfiguración pudiera tener lugar en una montaña que era una fortaleza. Mucho más probable es que la escena de la Transfiguración tuviera lugar en el monte Hermón. Hermón estaba a unos 25 kilómetros de Cesarea de Filipo. Hermón tiene 2,800 metros de altitud sobre el Mediterráneo, y 3,000 sobre el nivel del mar de Galilea, y 3,400 sobre el del mar Muerto. Es tan alto que se puede ver perfectamente desde el mar Muerto, al otro extremo de Palestina, a más de 150 kilómetros.

No puede haber sido en el pico más alto donde esto sucedió. Sería demasiado alto. El canon Tristram nos cuenta cómo lo escalaron él y su equipo. Pudieron cabalgar hasta casi la cima, en lo que tardaron cinco horas. No es fácil mantenerse activo a esas alturas. Tristram dice: «Pasamos una gran parte del día en la cima, pero nos sentimos penosamente afectados por lo enrarecido de la atmósfera.»

Sería en algún lugar de las laderas del hermoso y majestuoso monte Hermón donde tuvo lugar la Transfiguración. Tiene que haber sido por la noche. Lucas nos dice que los discípulos estaban rendidos de sueño (Lucas 9:32). Ya era el día siguiente cuando Jesús y Sus discípulos bajaron a la llanura, y se encontraron esperándoles al padre del muchacho epiléptico (Lucas 9:37). Así es que sería a la caída de la tarde, o ya de noche, cuando tuvo lugar esta maravillosa escena.

¿Por qué fue allí Jesús? ¿Por qué hizo esta expedición a aquellas solitarias laderas? Lucas nos da la clave. Nos dice que Jesús estuvo orando (Lucas 9:29).

Debemos colocarnos, hasta donde nos sea posible, en el lugar de Jesús. Para entonces estaba de camino hacia la Cruz. De eso estaba totalmente seguro; una y otra vez se lo dijo a Sus discípulos.

En Cesarea de Filipo Le hemos visto enfrentándose con un problema y resolviéndolo. Le hemos visto tratando de descubrir si había alguno que hubiera reconocido Quién y qué era Él. Hemos visto que aquella pregunta tuvo una respuesta triunfal, porque Pedro había captado el gran hecho de que a Jesús solamente podía describírsele como el Hijo de Dios. Pero había una pregunta todavía más grande que esa, que Jesús tenía que contestar antes de iniciar Su último viaje.

Tenía que estar totalmente seguro, sin la menor sombra de duda, de que estaba haciendo lo que Dios quería que hiciera. Tenía que estar seguro de que era de veras la voluntad de Dios el que Él fuera a la Cruz. Jesús subió al monte Hermón a preguntarle a Dios: «¿Estoy haciendo Tu voluntad al afirmar Mi rostro para ir a Jerusalén?» Jesús subió al monte Hermón para escuchar la voz de Dios. Nunca quería dar ningún paso sin consultárselo a Dios. ¿Cómo iba a dar el paso más importante de todos sin consultárselo? En toda situación hacía una pregunta y sólo una: « ¿Es la voluntad de Dios para Mí?» Y esa era la pregunta que Le estaba haciendo a Dios en la soledad de las laderas del Hermón.

Es una de las diferencias supremas entre Jesús y nosotros, que Jesús siempre preguntaba:«¿Qué quiere Dios que Yo haga?;» y nosotros casi siempre preguntamos: « ¿Qué es lo que yo quiero hacer?» Decimos a menudo que la única característica de Jesús era que no tenía pecado. ¿Qué queremos decir con eso? Precisamente esto: que Jesús no tenía más voluntad que la voluntad de Dios. La actitud del cristiano debe ser siempre la que expresó Teresa de Jesús: «Lo que da valor a nuestra. voluntad es juntarla con la de Dios, de manera que no quiera otra cosa sino lo que Su Majestad quiere.» Y en forma poética: Vuestra soy, para Vos nací, ¿Qué mandáis hacer de mí? Soberana Majestad, Eterna Sabiduría, Bondad buena al alma mía, Dios, Alteza, un Ser, Bondad, la gran vileza mirad que hoy os canta amor así: ¿Qué mandáis hacer de mí? Vuestra soy, pues me criasteis; vuestra, pues me redimisteis; vuestra, pues que me sufristeis; vuestra, pues que me llamasteis; vuestra, pues que me esperasteis; vuestra, pues no me perdí. ¿Qué mandáis hacer de mí? ¿Qué mandáis, pues, buen Señor, que haga tan vil criado? ¿Cuál oficio le habéis dado a este esclavo pecador? Veisme aquí, mi dulce Amor; Amor dulce, veisme aquí. ¿Qué mandáis hacer de mí? …Dadme muerte, dadme vida, dad salud o enfermedad, honra o deshonra me dad, dadme guerra o paz crecida, flaqueza o fuerza cumplida, que a todo digo que sí. ¿Qué mandáis hacer de mí? Dadme Calvario o Tabor, desierto o tierra abundosa, sea Job en el dolor, o Juan que al pecho reposa; sea viña fructuosa o estéril si cumple así. ¿Qué mandáis hacer de mí?

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