Tito 3: El ciudadano cristiano

Recuérdales que se sometan como es debido a los que están en el poder y la autoridad, que obedezcan cada disposición particular, que estén dispuestos a aceptar cualquier trabajo siempre que sea bueno, que no difamen a nadie, que no sean agresivos, sino amables y corteses con todas las personas.

Aquí se establecen los deberes cívicos del cristiano; una enseñanza que era especialmente relevante para los cretenses, que eran agresivos y peleones y resentidos de toda autoridad que se les impusiera. El historiador griego Polibio dijo de ellos que siempre se estaban involucrando en «insurrecciones, asesinatos y guerras intestinas.» Este pasaje establece seis cualificaciones del buen ciudadano.

El buen ciudadano vive de acuerdo con la ley. Reconoce que a menos que se cumplan las leyes la vida es un caos. Presta el debido respeto a los que están en autoridad, y cumple las disposiciones que le conciernen. El Cristianismo no enseña que uno tiene que dejar de ser un individuo, pero sí insiste en que tenga presente que es también un miembro de la sociedad. «El hombre -decía Aristóteles- es un animal político,» con lo que quería decir que como mejor expresa el hombre su personalidad no es en un individualismo aislado, sino en el marco de la sociedad.

El buen ciudadano está dispuesto a prestar servicios. Está dispuesto a aceptar cualquier trabajo con tal que sea bueno. La enfermedad característica de nuestro tiempo es el aburrimiento, que es el resultado directo del egoísmo. Mientras uno viva de acuerdo con el principio de « ¿Por qué lo tengo que hacer yo? ¡Que lo haga otro!,» está abocado a estar aburrido. Es el servicio lo que hace la vida interesante.

El buen ciudadano pone cuidado en lo que dice. No tiene por qué difamar a nadie. Nadie debiera decir de los demás lo que no le gustaría que dijeran de él. El buen ciudadano debe poner tanto cuidado en lo que dice como en lo que hace. El buen ciudadano es tolerante. No es agresivo. La palabra griega es ámajos, que quiere decir no peleón. Esto no quiere decir que el buen ciudadano no defienda los principios que cree que son correctos, sino que no es nunca tan porfiado como para creer que no hay más camino que el suyo. Concede a los demás el mismo derecho que reclama para sí mismo de tener sus propias convicciones.

El buen ciudadano es amable. La palabra original es epieikés, que describe a la persona que no se basa en la letra de la ley. Aristóteles decía de esta cualidad que denota cuna consideración indulgente con las flaquezas humanas,» y la habilidad «de considerar no solo la letra de la ley, sino también la mentalidad y la intención del legislador.» El que es epieikés siempre está dispuesto a evitar la injusticia de la extrema justicia, de pasarse de justo» (Eclesiastés 7:16).

El buen ciudadano es cortés. La palabra griega es prays, que describe a la persona que controla su genio; que sabe cuándo debe enfadarse, y cuándo no; que soporta pacientemente las ofensas que se le hacen, pero que está dispuesta a salir en ayuda de otros cuando son ofendidos. Cualidades como estas son solo posibles para la persona en cuyo corazón reina supremo Cristo. El bienestar de cualquier comunidad depende de la aceptación por los cristianos que viven en ella del deber de mostrarle al mundo la nobleza de la ciudadanía cristiana.

La doble dinámica

Porque nosotros también éramos en un tiempo insensatos, desobedientes, descarriados, esclavos de toda clase de deseos y placeres, viviendo en malicia y envidia, detestables y detestándolo todo y a todos. Pero cuando apareció la bondad y el amor a la humanidad de Dios nuestro Salvador, nos salvó, no porque hubiéramos obrado nosotros con justicia, sino por Su sola misericordia. Ese acto salvífico se nos aplicó eficazmente por medio del lavatorio por el cual nos vienen el nuevo nacimiento y la renovación que son la obra del Espíritu Santo Que ha sido derramado sobre nosotros mediante Jesucristo nuestro Salvador. Y la finalidad de todo esto era que volviéramos a estar en la debida relación con Dios por medio de Su gracia, y entrar así en posesión de la vida eterna que se nos ha enseñado a esperar. La dinámica de la vida cristiana es doble.

Procede en primer lugar de la convicción del converso cristiano de no haber sido en el pasado en nada mejor que sus prójimos paganos. La bondad cristiana no le hace a uno orgulloso, sino agradecido. No mira a los demás con desprecio; dice, como Whitefield al ver a un criminal que llevaban a la horca: « Ese, si no fuera por la gracia de Dios, sería yo.»

Procede de la convicción de lo que Dios ha hecho por la humanidad en Jesucristo. Tal vez no haya otro pasaje en el Nuevo Testamento que presente de una manera tan resumida, y sin embargo tan completa como este, la obra de Cristo por los hombres. Hay aquí siete hechos sobresalientes acerca de esa obra.

(i) Jesús nos puso en una nueva relación con Dios. Hasta que Él vino, se creía que Dios era el Rey al Que todos temían, el Rey ante Quien todo el mundo se encogía de terror, el Potentado al Que solo se podía considerar con miedo. Jesús vino a decirles a los hombres que Dios es el Padre que tiene el corazón abierto y los brazos extendidos de amor. Vino a hablarles, no de la justicia que los perseguiría por siempre jamás, sino del amor que no los abandonaría nunca.

(ii) El amor y la gracia de Dios son dones que nadie podría ganarse nunca; solo se pueden aceptar con perfecta confianza y con un naciente amor. Dios les ofrece Su amor a los hombres solamente por la incalculable bondad de Su corazón, y el cristiano no piensa nunca en lo que ha ganado, sino en lo que Dios le ha dado. La clave de la vida cristiana debe ser siempre una gratitud admirada y humilde, nunca una orgullosa autosatisfacción. Todo el proceso se debe a dos grandes cualidades de Dios.

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