Tito 2: El carácter cristiano

Tito 2 El carácter cristiano

Los hombres de edad.

Debes hablar como corresponde a la sana doctrina. Debes exhortar a los de edad avanzada a que sean sobrios, serios, prudentes, sanos en la fe y el amor y la firmeza.

Todo este capítulo trata de lo que podríamos llamar El carácter cristiano en acción. Considera a las personas por edades y condiciones, y establece cómo deben ser en el mundo. Empieza por los hombres de edad.

Deben ser sobrios. La palabra original es néfálios, que quiere decir literalmente sobrio en contraposición a dado a excesiva indulgencia en cuanto al vino. Lo importante es que cuando un hombre ha llegado a la edad de la madurez debe ya haber aprendido cuáles son y cuáles no son los verdaderos placeres. Los hombres de edad deben haber aprendido que los placeres de indisciplina personal cuestan mucho más de lo que valen.

Deben ser personas serias. La palabra original es semnós, que describe al que es serio en el buen sentido. No se refiere a ser un lúgubre aguafiestas, sino a que sea una persona que sepa que vive a la luz de la eternidad, y que no pasará mucho tiempo antes que pase de la compañía de las personas a la compañía de Dios.

Deben ser prudentes. La palabra original es sófrón, que describe al hombre que lo tiene todo bajo control. Con los años, la persona de edad debe haber adquirido ésa fuerza de la razón purificadora y salvadora que ha aprendido a gobernar todos los instintos y las pasiones para que ocupen su lugar adecuado y no más. Tomando las tres palabras juntas se obtiene el sentido de que la persona de edad debe haber aprendido lo que puede llamarse la seriedad de la vida. En la juventud se puede perdonar una cierta medida de precipitación y de improvisación, pero los años deben contribuir a la sabiduría. Una de las cosas más trágicas de la vida es la persona que no parece haber aprendido nada con los años.

Además, hay tres grandes cualidades en las que un hombre de edad debe ser sano.
Debe ser sano en la fe. Si uno vive realmente cerca de Cristo, el paso de los años y las experiencias de la vida, lejos de quitarle la fe se la harán más fuerte. Los años nos deben enseñar, no a confiar menos en Dios, sino a confiar más en Él. Debe ser sano en el amor. Bien puede ser que el mayor peligro de la edad sea que nos arrastre al critiqueo y la hi percrítica.

Algunas veces los años se llevan la simpatía. Desgraciadamente es posible que uno se afinque en sus maneras hasta tal punto que lleguen a fastidiarle todas las cosas y las ideas nuevas. Pero los años deberían aportar, no una intolerancia creciente, sino una creciente simpatía hacia los puntos de vista y los errores de otros.
Debe ser sano en la firmeza. Los años debieran templarle a uno como al acero, capacitándole para soportar más y más, y surgir más y más como vencedor de las pruebas de la vida.

Las mujeres de edad

De la misma manera, debes exhortar a las mujeres de edad para que se comporten como corresponde a las que están dedicadas a las cosas sagradas. Debes encargarles que no divulguen historias difamatorias, que no sean esclavas de la permisividad en cuanto al vino, que sean maestras de cosas buenas, para que entrenen a las jóvenes a dedicarse a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas, buenas amas de casa y administradoras del hogar, amables, obedientes a sus maridos, para que nadie tenga razones para hablar mal de la Palabra de Dios.
Esta claro que en la Iglesia Primitiva se les concedía a las mujeres de edad avanzada una posición respetable y responsable.

E. F. Brown, que había sido misionero en la India y conocía a fondo la sociedad angloindia del pasado, relata una cosa de lo más interesante. A un amigo suyo de permiso en Inglaterra le preguntaron: « ¿Qué es lo que ye gusta más de la India? » Y su respuesta sorprendente fue: «Las abuelas.» En el pasado había pocas mujeres de edad avanzada en la sociedad angloindia, porque los encargados de la administración del país casi invariablemente llegaban al final de su servicio y volvían al Reino Unido todavía bastante jóvenes; y la falta de mujeres de edad era una deficiencia seria. E. F. Brown continúa diciendo: «Las ancianas cumplen una función muy importante en la sociedad; tan importante que uno no se da cuenta hasta que es testigo de una vida social de la que están casi ausentes. Las amables abuelas y las solteronas simpáticas y caritativas son las consejeras naturales de los jóvenes de ambos sexos.» Las mujeres de edad avanzada a las que los años les han dado serenidad y simpatía y comprensión tienen un papel importante en la vida de la iglesia y de la comunidad que les corresponde por derecho propio.

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