Surgimiento de Juan el Bautista

Los versículos 4-6 son una cita de Isaías 40: 3-5 Una voz clama: Preparad en el desierto camino al Señor; allanad en la soledad calzada para nuestro Dios. Todo valle sea elevado, y bajado todo monte y collado; vuélvase llano el terreno escabroso, y lo abrupto, ancho valle. Entonces será revelada la gloria del Señor, y toda carne a una la verá, pues la boca del Señor ha hablado.

En Oriente, cuando un rey se proponía visitar parte de sus dominios, enviaba un mensajero por delante para decirle a la gente que preparara los caminos. Juan el Bautista es ese mensajero del Rey; pero la preparación en la que insistía era la de los corazones y las vidas. -¡Viene el Rey! -decía-. ¡Arreglad, no las carreteras, sino vuestras vidas! Todos tenemos el deber de hacer que nuestras vidas estén en regla para que las vea el Rey.

El mensaje de Juan: la amenaza

En el mensaje de Juan había amenaza y había promesa. Todo su mensaje estaba lleno de ilustraciones vívidas. Juan llama a los fariseos y a los saduceos raza de víboras, y les pregunta que quién les ha aconsejado huir de la ira venidera. Puede que haya aquí una de dos imágenes.

Juan conocía el desierto. Había en algunos sitios yerbajos secos y espinos achaparrados por la falta de humedad. Algunas veces se producía un fuego, que se extendía rápidamente por la hierba seca y los arbustos resecos como la yesca. Y adelantándose al fuego se veían escabullirse a toda prisa las serpientes y los alacranes y todos los animalejos que tenían su hábitat en la poca maleza disponible. El río de fuego los echaba de sus guaridas, y corrían como locos huyendo de la quema.

Pero puede que haya aquí otra imagen. Hay muchos animalillos en un campo de trigo: ratones de campo, ratas, conejos, pájaros. Pero cuando llegan los segadores, los echan de sus nidos y guaridas y, como el campo queda al descubierto, tienen que huir para salvar la vida.

Es en estas escenas en las que está pensando Juan. Si los fariseos y los saduceos venían buscando de veras el bautismo, eran como esas alimañas escabulléndose del fuego que se les echaba encima o de la hoz del segador que estaba poniendo fin a su precaria seguridad.

Juan les advierte que no les va a servir de nada alegar que Abraham es su padre. Para los judíos ortodoxos esa era una afirmación alucinante. Para los judíos, Abraham era único. Tan único era en su bondad y en el favor de Dios que sus méritos bastaron, no sólo para él mismo, sino también para todos sus descendientes. Había allegado tal tesoro de méritos que no podían agotar todas las pretensiones y necesidades de todos sus descendientes. Así es que los judíos creían que simplemente por ser judíos, sin ningún mérito propio, estaban a salvo en la vida por venir. Decían: «Todos los israelitas tienen segura su porción en el mundo venidero.» Hablaban de «los méritos liberadores de los padres.» Decían que Abraham se sentaba a las puertas de la gehena para darle la vuelta a cualquier israelita que resultara haber sido destinado a sus terrores. Decían que eran los méritos de Abraham lo que permitía que los barcos navegaran a salvo por los mares; lo que hacía que la lluvia descendiera sobre la tierra; lo que hizo que Moisés pudiera acceder al Cielo para recibir la Torá; lo que hizo que David fuera oído. Los méritos de Abraham eran suficientes hasta para los malvados. «Si tus hijos -decían de Abraham- no fueran más que cuerpos muertos, sin venas y sin huesos, ¡tus méritos les serían suficientes!»

Era ese espíritu lo que Juan estaba reprendiendo. Puede que los judíos lo llevaran al último extremo, pero siempre hay que advertir que no se puede vivir del capital espiritual del pasado. Una edad degenerada no puede esperar obtener la salvación gracias a un pasado heroico; y un mal hijo no puede alegar a su favor los méritos de sus piadosos padres.

Así que Juan, otra vez, vuelve a la metáfora de la cosecha. A1 final de la estación, el guarda de las viñas y de las higueras y de los olivos pasaría revista a sus árboles; y quitaría de en medio los que no habían dado fruto. No harían más que esquilmar el terreno. La inutilidad siempre invita al desastre. La persona que es inútil para Dios y para sus semejantes corre un grave peligro y está bajo condenación.

El mensaje de Juan: la promesa

Pero inmediatamente después de la amenaza de Juan venía la promesa -que también contenía una amenaza. Como ya hemos dicho, Juan señalaba más allá de sí mismo a Uno que había de venir. De momento, Juan disfrutaba de una gran reputación, y blandía una influencia muy poderosa. Sin embargo dijo que no merecía ni llevarle las sandalias al que había de venir y llevar las sandalias era una labor de esclavo.

La actitud total de Juan era de auto-obliteración, no de autoexaltación. Él reconocía que su importancia consistía en que era un indicador que señalaba al que había de venir. Dijo que el que había de venir los bautizaría con el Espíritu Santo y con fuego.

A lo largo de toda su historia, los judíos había estado esperando el tiempo en que había de venir el Espíritu. Ezequiel oyó decir a Dios: «Os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros… Pondré dentro de vosotros Mi Espíritu, y haré que andéis en Mis estatutos y que guardéis Mis preceptos y los pongáis por obra» Ezequiel 36:26. «Pondré Mi Espíritu en vosotros y viviréis» Ezequiel 37:14. «No esconderé más de ellos Mi rostro; porque habré derramado sobre ellos de Mi Espíritu sobre la casa de Israel, dice el Señor Dios» (Ezequiel 39:29). «Porque Yo derramaré aguas sobre el sequedal, ríos sobre la tierra seca. Mi Espíritu derramaré sobre tu descendencia, y Mi bendición sobre tus renuevos» Isaías 44:3. «Después de esto derramaré Mi Espíritu sobre todo ser humano» Joel2:28.

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