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Surgimiento de Juan el Bautista

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Principio de la buena noticia de Jesús el Mesías, el Hijo de Dios. Juan era aquel de quien Dios había dicho por medio del profeta Isaías: Envío mi mensajero delante de ti, para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: «Preparen el camino del Señor; ábranle un camino recto. Todo valle será rellenado, todo cerro y colina será nivelado, los caminos torcidos serán enderezados, y allanados los caminos disparejos. Todo el mundo verá la salvación que Dios envía» Mateo 3:1-6

Era el año quince del gobierno del emperador Tiberio, y Poncio Pilato era gobernador de Judea. Herodes gobernaba en Galilea, su hermano Filipo gobernaba en Iturea y Traconítide, y Lisanias gobernaba en Abilene. Anás y Caifás eran los sumos sacerdotes. Por aquel tiempo, Dios habló en el desierto a Juan, el hijo de Zacarías. y Juan pasó por todos los lugares junto al río Jordán. La ropa de Juan estaba hecha de pelo de camello, y se la sujetaba al cuerpo con un cinturón de cuero; su comida era langostas y miel del monte. Y así se presentó Juan el Bautista en el desierto de Judea. En su proclamación decía: a todos que debían volverse a Dios y ser bautizados, para que Dios les perdonara sus pecados. «Después de mí viene uno más poderoso que yo, que ni siquiera merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua; pero él los bautizará con el Espíritu Santo» La gente de Jerusalén y todos los de la región de Judea y de la ciudad de Jerusalén salían a oírlo. Confesaban sus pecados, y Juan los bautizaba en el río Jordán.

Cuando la gente salía para que los bautizara Juan vio que muchos fariseos y saduceos iban donde él y les dijo: “¡Raza de víboras! ¿Quién les ha dicho a ustedes que van a librarse del terrible castigo que se acerca? Pórtense de tal modo que se vea claramente que se han vuelto al Señor, y no presuman diciéndose a sí mismos: ‘Nosotros somos descendientes de Abraham’; porque les aseguro que incluso a estas piedras Dios puede convertirlas en descendientes de Abraham. El hacha ya está lista para cortar los árboles de raíz. Todo árbol que no da buen fruto, se corta y se echa al fuego.

Entonces la gente le preguntó: — ¿Qué debemos hacer? Juan les contestó: — El que tenga dos trajes, dele uno al que no tiene ninguno; y el que tenga comida, compártala con el que no la tiene.

Se acercaron también para ser bautizados algunos de los que cobraban impuestos para Roma, y le preguntaron a Juan: —Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?

Juan les dijo: No cobren más de lo que deben cobrar. También algunos soldados le preguntaron: —Y nosotros, ¿qué debemos hacer?

Les contestó: No le quiten nada a nadie, ni con amenazas ni acusándolo de algo que no haya hecho; y confórmense con su sueldo.

La gente estaba en gran expectativa, y se preguntaba si tal vez Juan sería el Mesías; pero Juan les dijo a todos: «Yo, en verdad, los bautizo con agua; pero viene uno que los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Él es más poderoso que yo, que ni siquiera merezco desatarle la correa de sus sandalias. Trae su aventador en la mano, para limpiar el trigo y separarlo de la paja. Guardará el trigo en su granero, pero quemará la paja en un fuego que nunca se apagará.»

De este modo, y con otros muchos consejos, Juan anunciaba la buena noticia a la gente. Mateo 3:1-12; Marcos 1: 2-8; Lucas 3:1-18

El surgimiento de Juan fue como el repentino resonar de la voz de Dios. En aquel tiempo los judíos habían aceptado tristemente el hecho de que la voz profética ya no se dejaba oír. Decían que hacía cuatrocientos años que no había profetas. Como ellos mismos decían, «no se escuchaba la voz, y no había nadie que respondiera.» Pero en Juan volvió a resonar la voz. Ahora debemos preguntarnos cuáles eran las características de Juan y de su mensaje.

(i) Denunciaba intrépidamente el mal cuando y dondequiera que lo encontraba. Si era el mismo rey Herodes el que pecaba contrayendo un matrimonio malvado e ilegal, Juan le reprendía. Si los escribas y los fariseos, los líderes del judaísmo ortodoxo, los jerarcas de la iglesia de aquellos tiempos, estaban inmersos en un formalismo ritualista, Juan no dudaba en declararlo. Si la gente corriente vivía volviéndole las espaldas a Dios, Juan se lo decía.

Siempre que Juan veía el mal -en el estado, en la iglesia, en la sociedad-, lo denunciaba. Era como una luz que iluminaba los lugares tenebrosos; era como el viento de Dios que barría todo el país. Se decía de un famoso periodista que era grande, pero que nunca cumplió plenamente la obra que hubiera podido llevar a cabo, que «no se indignaba lo suficiente.» Hay siempre un lugar en el mensaje cristiano para la advertencia y para la denuncia. «La verdad -decía Diógenes- es como la luz para los ojos irritados.» «El que no ofende nunca a nadie -decía- nunca le hace ningún bien a nadie.»

Puede que haya habido tiempos en los que la Iglesia ha tenido demasiado cuidado de no ofender; pero hay situaciones en las que ya ha pasado la hora de la cortés suavidad, y ha llegado la de la reprensión terminante.

(ii) Convocaba urgentemente a la gente a la justicia. El mensaje de Juan no era una mera denuncia negativa; era una positiva presentación de las exigencias morales de Dios. No sólo denunciaba el mal que se hacía; también emplazaba al bien que se debía hacer. No sólo condenaba a los hombres por cómo eran; también los desafiaba a ser como podían ser. Era como una voz que convocaba a cosas más elevadas. No sólo reprendía el mal, sino también presentaba el bien.

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