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Sermón del monte

Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia. Hasta así expresado, este es sin duda un gran dicho; y es la afirmación de un pensamiento que recorre todo el Nuevo Testamento, que insiste en que para ser perdonados tenemos que ser perdonadores. Como decía Santiago: «Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no muestre misericordia» (Santiago 2:13). Jesús termina la parábola del deudor que se negó a perdonar con la advertencia: «Eso es lo que hará Mi Padre celestial con cualquiera de vosotros si no perdonáis de corazón a vuestros hermanos» (Mateo 18:35). La Oración Dominical va seguida de dos versículos que explican y subrayan la petición: «Perdónanos nuestras deudas como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores.» «Porque si perdonáis a vuestros semejantes sus ofensas, también os perdonará a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los demás sus ofensas, tampoco os perdonará vuestro Padre vuestras ofensas» (Mateo 6:12, 14).

La enseñanza inconfundible del Nuevo Testamento es que sólo se tendrá misericordia de los misericordiosos. Pero hay más que eso en esta bienaventuranza. La palabra griega para misericordioso es eleémón. Pero, como ya hemos visto repetidas veces, el griego del Nuevo Testamento tal como lo tenemos se remonta a un original hebreo o arameo. La palabra hebrea para misericordia es jésed; y es una palabra intraducible. No quiere decir simplemente simpatizar con una persona en el sentido popular de esta palabra; no quiere decir sólo darle a uno lástima de otro que lo pasa mal. Jésed, misericordia, quiere decir la capacidad de ponerse uno totalmente en el lugar de otro de manera que ve con sus ojos, piensa con su mente y siente con sus sentimientos. Está claro que esto es mucho más que una oleada emocional de lástima; exige un esfuerzo deliberado de la mente y de la voluntad. Denota una simpatía que no se da, por así decirlo, desde fuera, sino que viene de una deliberada identificación con la otra persona hasta el punto de ver y sentir como ella. Esto es lo que quiere decir literalmente la palabra simpatía. Simpatía de deriva de dos palabras griegas -syn, que quiere decir juntamente con, y pasjein, que quiere decir experimentar o sufrir- . Simpatía quiere decir etimológicamente experimentar las cosas juntamente con otra persona, pasar literalmente lo que está pasando. Esto es precisamente lo que muchas personas ni siquiera intentan jamás, y hasta lo evitan conscientemente.

La mayor parte de la gente está tan preocupada con sus propios sentimientos que no tiene gran interés en los de los demás. Cuando les da pena de alguien es, como si dijéramos, desde fuera; no hacen el esfuerzo consciente de meterse dentro del corazón y de la mente de la otra persona hasta el punto de ver y sentir las cosas como las ve y siente ella. Si hiciéramos de veras este esfuerzo deliberado, y si llegáramos a identificarnos -hacernos idénticas- con la otra persona, las cosas nos parecería muy diferentes.

(i) Nos salvaría de ser amables equivocadamente. Hay en el Nuevo Testamento un ejemplo sobresaliente de amabilidad instintiva y equivocada. Se encuentra en el relato de la visita que hizo Jesús a Sus amigos de Betania: Jesús siguió su camino y llegó a una aldea, donde una mujer llamada Marta lo hospedó. Marta tenía una hermana llamada María, la cual se sentó a los pies de Jesús para escuchar lo que él decía. Pero Marta, que estaba atareada con sus muchos quehaceres, se acercó a Jesús y le dijo: –Señor, ¿no te preocupa nada que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude. Pero Jesús le contestó: –Marta, Marta, estás preocupada y te inquietas por demasiadas cosas, pero solo una cosa es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y nadie se la va a quitar. (Lucas 10:38-42).

Cuando Jesús los fue a ver, la Cruz estaba ya esperándole a pocos pasos. Lo que más quería Jesús sería una oportunidad para descansar y relajarse de aquella terrible tensión un poquito de tiempo. Marta amaba a Jesús; Él era su huésped más bienvenido; y como Le amaba tanto, quería ofrecerle la mejor comida que pudiera preparar. Estaba yendo y viniendo entre el tintineo de platos y cacharros y cubiertos… que serían una tortura para los nervios tensos de Jesús, Que lo que más necesitaba era tranquilidad.

Marta quería ser amable… y no podría haber sido más cruel. Pero María comprendió que lo único que quería Jesús era paz. A menudo, cuando queremos ser amables, ofrecemos la amabilidad a nuestra manera, y la otra persona la tiene que aceptar así, quiéralo o no. Nuestra amabilidad sería doblemente amable, y evitaría mucha crueldad involuntaria, si nos tomáramos la molestia de introducirnos en el interior de la otra persona.

(ii) Nos haría el perdonar y la tolerancia mucho más fáciles. Hay un principio en la vida que olvidamos muchas veces: que siempre hay una razón para que una persona piense y actúe de cierta manera; y, si conociéramos esa razón, nos sería mucho más fácil comprender y simpatizar y perdonar. Si una persona actúa, según nuestra manera de pensar, equivocadamente, puede que sea porque ha pasado por experiencias que hacen actuar así. Una persona inquieta o descortés puede que se manifieste así porque está preocupada o sufriendo algún dolor. Si una persona nos trata mal, puede que sea por algo que tiene en la mente, equivocado… o no.

El proverbio francés puede que tenga razón: «Conocerlo todo es perdonarlo todo;» pero nunca llegaremos a conocerlo todo si no hacemos el esfuerzo determinado de meternos dentro del corazón y la mente de la otra persona.

(iii) En último análisis, ¿no fue eso lo que hizo Dios en Jesucristo? En Jesucristo, en el sentido más literal, Dios se introdujo en el interior de la persona humana. Vino como un hombre: viendo las cosas con ojos humanos, sintiéndolas con sentimientos humanos, pensándolas con una mente humana. Dios sabe cómo es la vida, porque Se introdujo hasta su interior más íntimo.

La reina Victoria de Inglaterra era muy amiga del rector Tulloch, de la universidad de Saint Andrews, y su esposa. El príncipe Albert murió, y la reina Victoria se quedó sola. Precisamente por el mismo tiempo murió el rector Tulloch, y la señora Tulloch se quedó sola. Sin previo aviso, la Reina vino a visitar a la señora Tulloch, que estaba descansando en su habitación. Cuando le anunciaron a la Reina, la señora Tulloch se dio toda la prisa que pudo para levantarse y hacer una reverencia. La Reina dio un paso al frente y le dijo: «Querida mía, no te levantes. Hoy no vengo como la Reina a una de sus súbditas, sino como una mujer que ha perdido a su marido a otra en la misma situación.»

Eso es precisamente lo que hizo Dios; vino a la humanidad, no como el Dios soberano, distante, remoto, aislado, mayestático; sino como un hombre. El ejemplo supremo de misericordia, jésed, es la venida de Dios al mundo en Jesucristo. Sólo los que muestren esta misericordia recibirán misericordia. Esto es verdad a nivel humano, porque es la gran verdad de la vida que veremos en otras personas el reflejo de nuestras actitudes. Si no tenemos interés por nadie, así serán ellos con nosotros. Si ven que nos preocupamos, su corazón responderá preocupándose. Y es absolutamente cierto en el lado divino, porque el que muestra esta misericordia ha llegado nada menos que a parecerse a Dios. Así que la traducción de la quinta bienaventuranza podría ser: ¡Ah, la bienaventuranza de la persona que se pone hasta tal punto en el lugar de los demás que puede ver con sus ojos y pensar con su mente y sentir con su corazón porque el que es así con los demás descubrirá que los demás hacen lo mismo con él y sabrá que eso es lo que dios ha hecho en Jesucristo la bienaventuranza del corazón limpio.

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