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Sermón del monte

(iii) Sin duda las dos ideas están en esta bienaventuranza, pero su principal pensamiento es: Bendita la persona que está desesperadamente dolorida por su propio pecado e indignidad.

Como ya hemos visto, el primer mensaje de Jesús fue: «¡Arrepentíos!» Arrepentirse quiere decir tener pesar por los pecados. Lo que realmente cambia a una persona es el encontrarse de pronto cara a cara con algo que le abre los ojos a lo que es el pecado y puede hacer el pecado.

Un joven o una joven pueden vivir a su manera sin pensar en los efectos o las consecuencias que puedan tener sus acciones; pero cuando algún día sucede algo y ven la tristeza dolorida en los ojos de su padre o su madre, entonces, de pronto, descubren lo que es el pecado.

Ese es el efecto que produce la Cruz en todos nosotros. Cuando miramos a la Cruz, no tenemos más remedio que decir: «Eso es lo que el pecado puede hacer. El pecado puede apoderarse de la vida más encantadora del mundo y aplastarla en una Cruz.» Uno de los grandes efectos de la Cruz es abrirle los ojos a hombres y mujeres al horror del pecado. Y cuando una persona ve el pecado en todo su horror, no puede por menos de experimentar intenso pesar por su pecado.

En cierta ocasión, hace muchos más años de los que quisiera acordarme, y que me perdonen aquellos para los que la distancia les resulte demasiado larga,  me encontraba jugando en el patio de mi casa con una honda, de aquellas que se hacían con una horqueta y tiras cortadas del tubo de una bicicleta tirándole a todo lo que veía, pero mi puntería era tan mala que no alcanzaba a darle a nada, hasta que uno de los garbanzos que tiraba rompió uno de los floreros de mi madre; por desgracia el que más ella apreciaba. Creí que nadie me había visto y que podía ocultar mi pequeño delito, pero cuando miré hacia la ventana de la casa, allí estaba mi hermana mirándome. Le hice jurarme que no le diría nada a mami y así lo prometió. Al próximo domingo se presentaba en el pueblo el Circo de los Hermanos Marcos con su caballo Palomo. Durante toda la semana ahorré los treinta centavos que costaba la entrada y cuando pedí permiso para ir mi hermana le dijo a mi madre que ella también quería ir. Mami le dijo que no tenía dinero y ella de una manera traviesa le dijo a mi madre que yo le había dicho que si mami no tenía el dinero yo le daría el mío para que ella pudiera ir con sus amigas; y se me acercó y susurróme al oído: acuérdate del florero. Esta escena se repitió casi a diario con diferentes motivos: barrer el patio, sacar la basura, fregar los platos, hacer los mandados y así hasta que no aguanté más y para terminar con el vil chantaje de mi hermana, llamé a mami y le dije que era yo quien había roto su preciado florero. Ya me dolía la espalda nada más de pensar en los correazos que me iban a dar. Pero para mi sorpresa mami me abrazó y me dio el más dulce de sus besos y mirándome a los ojos me dijo: ya lo sabía, como también sabía que en algún momento habrías de decírmelo. Me preguntaba hasta cuando ibas a ser preso de los caprichos de tu hermana, tan solo por no querer aceptar tu culpa al romper el florero.

Así somos nosotros; las más de las veces preferimos vivir presos del pecado a confesarle nuestras faltas al Señor Jesucristo el cual al igual que mi madre estoy seguro nos recibirá con sus brazos abiertos para darnos su perdón. El Cristianismo empieza por un sentimiento de pecado.

Bendita la persona que está intensamente apesadumbrada por su pecado, cuyo corazón se quebranta al pensar en lo que Le ha hecho a Dios y a Jesucristo, la persona que ve la Cruz y se siente oprimida por el estrago que ha causado el pecado. La persona que ha tenido esta experiencia será, sin duda, consolada; porque esa experiencia es lo que llamamos penitencia -del latín poenitere, dolerse, condolerse-, y al corazón contrito y humillado Dios no despreciará jamás: Las ofrendas a Dios son un espíritu dolido; ¡tú no desprecias, oh Dios, un corazón hecho pedazos! (Salmo 51:17). El camino que conduce al gozo del perdón pasa por el dolor desesperado del corazón quebrantado. El verdadero sentido de la segunda bienaventuranza es: ¡Ah, la bienaventuranza de la persona que tiene el corazón destrozado ante el sufrimiento del mundo y por sus propio pecados porque en su dolor encontrará el gozo del señor, la bienaventuranza de la vida bajo el control de Dios, Jesucristo y del Espíritu Santo.

Bienaventurados los mansos, porque recibirán la tierra por heredad. En el español actual la palabra manso no es una de las palabras honorables de la vida. Ahora conlleva la idea de servilismo, bajeza de carácter, consentimiento al mal e incapacidad o falta de voluntad para resistirse a una afrenta vergonzosa. Nos presenta el retrato de una criatura sumisa e ineficaz. Pero resulta que la palabra manso -en griego praüsera una de las grandes palabras éticas. Aristóteles tenía mucho que decir de la cualidad de la mansedumbre (praotés).

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