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Sermón del monte

Si tomamos las dos peticiones de la Oración Dominical y las ponemos juntas: Venga Tu Reino. Hágase Tu voluntad en la Tierra como en el Cielo, obtenemos la definición: El Reino de Dios es una sociedad en la que la voluntad de Dios se realiza tan perfectamente en la Tierra como en el Cielo. Eso quiere decir que sólo el que hace la voluntad de Dios es ciudadano del Reino; y sólo podemos hacer la voluntad de Dios cuando somos conscientes de nuestra absoluta indefensión, ignorancia e incapacidad para enfrentarnos con la vida, y cuando ponemos toda nuestra confianza en Dios.

La obediencia se funda siempre en la confianza. El Reino de Dios es la posesión de los pobres en espíritu, porque son ellos los que se han dado cuenta de su absoluta incapacidad aparte de Dios, y han aprendido a confiar y a obedecer. Así pues, esta bienaventuranza quiere decir: ¡Ah, la bienaventuranza del que es consciente de su propia y total indefensión, y que ha puesto toda su confianza en Dios porque sólo así puede rendir a Dios aquella perfecta obediencia que le hará ciudadano del reino del cielo la bienaventuranza del corazón quebrantado. (Mateo 5:4)

Bienaventurados los que lloran, porque recibirán consolación. Tenemos que notar desde el principio al estudiar esta bienaventuranza que la palabra para llorar que se usa aquí es la más fuerte que existe en griego. Es la que se usa para hacer duelo por los difuntos, para expresar el apasionado lamento por la muerte de alguien que se ha amado entrañablemente. En la Septuaginta, la versión griega del Antiguo Testamento, se usa del llanto de Jacob cuando dio por muerto a su hijo José : Entonces Jacob rasgó su ropa y se vistió de luto, y por mucho tiempo lloró la muerte de su hijo. (Génesis 37:34). Se define como la clase de pesar que se apodera de una persona y que no se puede ocultar. No es sólo un dolor que produce dolor de corazón, sino que hace incontenibles las lágrimas. Aquí tenemos una alucinante clase de bienaventuranza: ¡Bendito el que está de duelo como aquel al que se le ha muerto un ser querido!
Hay tres maneras de tomar esta bienaventuranza.

(i) Se puede tomar literalmente: ¡Bendita la persona que ha soportado el dolor más amargo que puede producir la vida! Los árabes tienen un proverbio: «La luz del sol produce un desierto.» La tierra sobre la que siempre brilla el sol acabará por convertirse en un lugar árido en el que no pueda crecer la vida.

Hay ciertas cosas que sólo la lluvia puede producir; y ciertas experiencias que sólo pueden germinar en el dolor. La aflicción puede hacer dos cosas por nosotros. Puede mostrarnos, mejor que ninguna otra cosa, la esencial amabilidad de nuestros semejantes; y puede mostrarnos, mejor que ninguna otra cosa, el consuelo y la compasión de Dios. Muchas y muchas personas a la hora del dolor han descubierto a sus semejantes y a Dios como nunca antes. Cuando todo nos va bien es posible vivir años en la superficie de las cosas; pero cuando llega la aflicción le hace a uno profundizar en las cosas de la vida y, si se acepta debidamente, produce una nueva fuerza y belleza en el alma.

Anduve con el Placer, y no hizo más que charlar, pero no me hizo más sabio lo que me llegó a contar. Anduve con el dolor y no pronunció palabra; ¡y hay que ver lo que aprendí en una breve jornada!

(ii) Algunos han considerado que lo que quiere decir esta bienaventuranza es: ¡Benditos los que están desesperadamente apenados por el dolor y el sufrimiento que hay en el mundo!

Cuando estábamos pensando en la primera bienaventuranza veíamos que siempre está bien desligarse de las cosas, pero no desligarse de las personas. Este mundo habría sido un lugar mucho más pobre si no hubiera habido en él personas que se interesaban intensamente por las angustias y los sufrimientos de los demás. El Lord Shaftesbury hizo probablemente más por los hombres y mujeres trabajadores y por los niños de lo que haya hecho nunca ningún otro reformador social. Todo ello empezó muy sencillamente. Cuando era un muchacho estudiando en Harrow, iba por una calle un día cuando se encontró con el entierro de un pobre. El ataúd era una caja fea y mal hecha. Lo llevaban en un carro de mano del que iban tirando cuatro hombres que estaban borrachos; mientras tiraban y empujaban iban cantando canciones indecentes y gesticulando y bromeando entre ellos. Cuando iban subiendo una cuesta con el carro, la caja que era el ataúd se cayó del carro, y se reventó. Algunas personas habrían pensado que todo el asunto era de risa; algunos se habrían vuelto, asqueados; algunos habrían movido los hombros y se habrían dicho que aquello no iba con ellos, aunque fuera una pena el que sucedieran esas cosas. El joven Shaftesbury lo vio y se dijo a sí mismo: «Cuando sea mayor voy a dedicar mi vida a que no sucedan cosas así.» Así que dedicó su vida a cuidar de los demás. El Cristianismo es cuidar de los demás. Lo que quiere decir esta bienaventuranza es: ¡Bendito el que se interesa intensamente por los sufrimientos, las angustias y las necesidades de otros!

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