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Sermón del monte

Cuando un cristiano tiene que sufrir algo por su fe, es entonces cuando se encuentra en la más íntima compañía posible con Cristo. Sólo nos queda por hacer una pregunta: ¿Por qué es esta persecución tan inevitable? Lo es porque la Iglesia, cuando es realmente la Iglesia, no tiene más remedio que ser la conciencia de la nación y de la sociedad. La Iglesia debe alabar lo bueno; pero debe igualmente condenar lo malo, y se hará todo lo posible para silenciar la molesta voz de la conciencia. No es el deber del cristiano individual el descubrir las faltas, criticar y condenar; pero bien puede ser que su misma actitud y conducta sea una condena tácita de las vidas de los no cristianos, y él no podrá escapar a su odio.
No es probable que nos espere la muerte por nuestra lealtad a la fe cristiana; pero los insultos le esperan siempre al que es fiel al honor cristiano. Las burlas le esperan al que practica el amor y el perdón cristiano. Puede que al cristiano le espere una persecución real en la industria si insiste en cumplir fielmente con su trabajo diario. Cristo sigue necesitando Sus testigos; Necesita personas que estén dispuestas, no sólo a morir por Él, sino también a vivir por Él. La contienda cristiana y la gloria cristiana siguen existiendo como entonces.

El Sermón de la Llanura de Lucas se corresponde con el Sermón del Monte de Mateo (Mateo, capítulos 5 al 7). Los dos empiezan con una serie de bienaventuranzas. Hay algunas diferencias entre las versiones de Mateo y de Lucas, pero una cosa está clara: son una serie de bombas. Puede ser que las hayamos leído tantas veces que nos hemos olvidado de lo revolucionarias que son. Son completamente diferentes de las leyes que propondría un filósofo o un sabio típico. Cada una de ellas es un desafío. Como dijo Deissmann, «se pronunciaron en una atmósfera electrificada. No eran tranquilas estrellitas, sino descargas de relámpagos seguidos de truenos de sorpresa y sobrecogimiento.» Toman los patrones que todo el mundo acepta, y los ponen boca abajo. Los que Jesús llama afortunados son los que el mundo considera desgraciados, y los que Jesús llama desgraciados son los que el mundo considera afortunados. Figuraos que alguien dijera: « ¡Felices los pobres!» y «¡Pobres de los ricos!» Iría contra toda la escala de valores del mundo. ¿Dónde está la clave de todo esto? En el versículo que dice Jesús: «¡Pero, ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis todo lo bueno que vais a tener!» La palabra que usa Jesús para tener es la que se usa para saldar una cuenta. Lo que quiere decir es: «Si te propones y aplicas todas tus energías a obtener las cosas que valora el mundo, puede que las obtengas, pero eso es todo lo que vas a sacar.» Pero si, por el contrario, te propones y aplicas todas tus energías a ser totalmente leal a Dios y fiel a Cristo, te encontrarás con muchos problemas; a los ojos del mundo serás un desgraciado, pero no te perderás la mejor recompensa, que será la felicidad eterna.

Nos encontramos frente a frente con una decisión que empieza en la infancia y que no termina hasta el final de la vida. ¿Vas a escoger el camino fácil que produce un placer y un provecho inmediatos, o vas a escoger el camino difícil que produce trabajos y hasta sufrimiento a veces? ¿Quieres asir el placer y el provecho momentáneo, o estás dispuesto a fijar tu mirada más allá, y a sacrificarlos por un bien mayor? ¿Te vas a concentrar en las recompensas del mundo, o en Cristo? Si sigues el camino del mundo, tienes que abandonar los valores de Cristo; y si emprendes el camino de Cristo, tienes que abandonar los valores del mundo. Jesús no tenía la menor duda acerca de cuál conducía a la felicidad. F. R. Matby decía: «Jesús les prometió a sus discípulos tres cosas: que no le tendrían miedo absolutamente a nada; que serían felices a tope, y que siempre tendrían problemas.» G. K. Chesterton, cuyos principios siempre le estaban metiendo en líos, dijo una vez: «Me encanta meterme en aguas turbulentas. ¡Sale uno limpio!» Jesús enseña que la felicidad del Cielo compensará con creces los problemas de la Tierra. Como decía Pablo: «La ligera aflicción momentánea sirve para prepararnos una gloria consistente y eterna que no admite comparación» (2 Corintios 4:17).
El desafío de las bienaventuranzas es: ¿Quieres ser feliz a la manera del mundo, o a la manera de Cristo?

La regla de oro

Y a vosotros los que me prestáis atención, os digo: Amad hasta a vuestros enemigos, haced el bien hasta a los que os quieren mal, hablad bien de los que hablan mal de vosotros, pedidle a Dios por los que os calumnian. Si alguien te da una bofetada, ofrécele la otra mejilla. Si alguien te quiere quitar la camisa no te resistas a que te quite también la chaqueta. Si alguien te pide algo, dáselo, y al que te quite lo que es tuyo no le reclames que te lo devuelva. Trata a los demás como querrías que te trataran a ti. No amar nada más que a los que nos aman no tiene ninguna gracia; eso lo hacen hasta los más pecadores del mundo. Portarse bien con los que se portan bien con uno no tiene ninguna gracia; eso lo hacen hasta los más pecadores del mundo. Prestar ayuda a los que esperamos que nos la devuelvan no tiene ninguna gracia; los pecadores también les prestan a los pecadores cuando están seguros de que se lo van a devolver. Tenéis que amar hasta a vuestros enemigos; tenéis que ser amables con ellos; tenéis que prestar ayuda sin esperar que os la devuelvan. Si así lo hacéis recibiréis una generosa recompensa y seréis como el Altísimo, que es amable hasta con los desagradecidos y mezquinos. Debéis mostraros misericordiosos como vuestro Padre, que es misericordioso. No vayáis por ahí criticando a los demás, y no os criticarán tampoco a vosotros. No vayáis por ahí condenando a los demás, y no lo harán ellos con vosotros. Perdonad, y os perdonarán. Sed generosos, y veréis que los demás lo son con vosotros. Buena medida, apretada, sacudida y rebosante os echarán en la bolsa; porque con la medida que uséis con los demás os despacharán ellos a vosotros.

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