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Sermón del monte

La persona que tiene que sufrir algo por su fe puede levantar bien alta la cabeza y decir «Hermanos, vamos marchando por la senda que abrieron los santos.»

(iii) Tener que sufrir persecución es participar en una gran ocasión. Siempre resulta emocionante aunque sólo sea estar presente en las grandes ocasiones, el estar allí cuando algo memorable y crucial está teniendo lugar. Pero hay una emoción todavía mayor en tomar parte, aunque sea pequeña, en el acontecimiento. Ese era el sentimiento acerca del cual escribió Shakespeare un pasaje inolvidable de su Enrique V, en las palabra que puso en boca del rey antes de la batalla de Agincourt: «EL que viva este día y llegue a la vejez festejará a los suyos de este día la víspera, porque dirá: ‹Mañana es día de san Crispín›.» Mostrará remangado todas sus cicatrices, y dirá: «Estas heridas obtuve en san Crispín.» Caballeros ingleses que ahora están en la cama se tendrán por malditos porque aquí no estuvieron, y los tendrán por menos siempre que alguno hable que luchó con nosotros el día de san Crispín.»

Cuando uno es llamado a sufrir algo por el Evangelio, ese es siempre un momento crucial. Es la gran ocasión; es la colisión entre el mundo y Cristo; es un momento del drama de la eternidad. Tener un papel en tal escena no es un castigo, sino una gloria. «Alegraos de ese momento -dice Jesús- y estad contentos.» La palabra para estar contentos es el verbo griego agalliasthai, que procede de dos palabras que quieren decir dar un salto extraordinario. Es un gozo como para saltar de alegría. Como se ha dicho acertadamente, es el gozo del escalador que ha alcanzado la cima, y que salta de alegría porque ha conquistado la montaña.

(iv) Sufrir persecución es ponérselo más fácil a los que vendrán detrás: Hoy disfrutamos la bendición de la libertad gracias a las personas que estuvieron dispuestas a pagar por ella sangre, sudor y lágrimas. Nos lo pusieron más fácil; y mediante un firme e inalterable testimonio de Cristo nosotros también se lo pondremos más fácil a los que vengan detrás.

En la construcción del gran pantano de Hoover en América hubo hombres que perdieron la vida en aquel proyecto que había de volver una región polvorienta en tierra fértil. Cuando se completaron las obras, se pusieron los nombres de los que habían muerto en la empresa en una lápida que se colocó en el gran muro del pantano, con esta inscripción: «Estos murieron para que el desierto se regocijara y floreciera como la rosa.»

El que pelea la batalla por Cristo siempre hará las cosas más fáciles para los que vengan detrás. Para ellos habrá un obstáculo menos que superar en el camino.

(v) Además, otra cosa: no hay nadie que sufra persecución en solitario. Si un cristiano es llamado a sufrir pérdidas materiales, el fallo de los amigos, calumnia, soledad, hasta la muerte por amor, por sus principios… no se encontrará solo. Cristo estará más cerca de él que en ninguna otra situación de su vida.

La antigua historia del libro de Daniel nos cuenta que echaron en el horno, ardiente siete veces más de lo corriente, a Sadrac, Mesac y Abednego por no ceder en su lealtad a Dios. Los consejeros observaban. «¿No echaron al fuego a tres hombres atados? -preguntó el rey; y exclamó:- ¡Pues yo veo a cuatro, desatados, paseándose en medio del fuego, y no les ha pasado nada; y el aspecto del cuarto es de hijo de los dioses!» (Daniel 3:19-25).

Como dice Browning en Christmas Eve and Easter Day -Nochebuena y el Día de Resurrección- , poniendo estar palabras en boca de un mártir cristiano de las catacumbas: Nací débil, y no teniendo nada, un pobre esclavo; pero la miseria no podía guardarnos de la envidia del César a los que Dios había dado en Su gracia la perla de gran precio. Por tanto, con las fieras en el circo luché dos veces, y otras tres sus leyes crueles sobre mis hijos se ensañaron. Pero, por fin, mi libertad obtuve, aunque tardaron en quemarme vivo. Entonces una Mano descendió, y sacando mi alma de las llamas la condujo de Cristo a la presencia, a Quien ahora veo en plena gloria. Mi hermano Sergio es el que ha escrito en la pared este mi testimonio. En cuanto a mí, ya lo he olvidado todo.

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