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Sermón del monte

(ii) Pero el mayor campo de persecución era, de hecho, el político. Pensemos en la situación. El imperio romano abarcaba a casi todo el mundo conocido, desde las Islas Británicas hasta el Éufrates, y desde Alemania hasta el Norte de África. ¿Cómo podía amasarse hasta cierto punto una amalgama tan vasta de pueblos? ¿Qué principio unificador se podía encontrar? En un principio se encontró en el culto de la diosa Roma, el espíritu de Roma. Este era un culto que los pueblos de las provincias daban de buena voluntad, porque Roma les había traído paz y buen gobierno, orden y justicia. Se limpiaron las carreteras de bandidos y los mares de piratas; los déspotas y tiranos fueron desterrados por la imparcial justicia romana. La gente de las provincias estaba muy dispuesta a ofrecer sacrificios al espíritu del Imperio que había hecho tanto por ella.

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