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Segunda multiplicación del pan y los peces

Lo maravilloso de esta historia es que en estas sanidades y en esta alimentación de los hambrientos vemos la misericordia y la compasión de Jesús alcanzando a los gentiles. Aquí tenemos un símbolo y adelanto de que el Pan de Dios no sería sólo para los judíos, sino para todo el mundo; que los gentiles también participarían del Que es el Pan de la Vida.

La gracia de Jesús

En este pasaje vemos desplegada ampliamente la gracia y la amabilidad de Jesucristo. Le vemos mitigando toda clase de necesidades humanas.

(i) Le vemos curando la incapacidad física. Pusieron a Sus pies a cojos, mancos, ciegos y sordos, y Él los curó. Jesús está infinitamente preocupado por el sufrimiento corporal que hay en el mundo; y los que devuelven la sanidad y la salud siguen haciendo la obra de Jesucristo.

(ii) Le vemos preocupado por los cansados. La gente estaba cansada, y Él quería fortalecerles los pies para un camino largo y duro. Jesús está infinitamente preocupado por los viandantes del mundo, por los trabajadores del mundo, por todos los que tienen la vista y las manos cansadas.

(iii) Le vemos alimentando a los hambrientos. Le vemos dándolo todo para aliviar el hambre y la necesidad físicas. Jesús está infinitamente preocupado por los cuerpos de los seres humanos, lo mismo que por sus almas.

Aquí vemos el poder y la compasión de Dios salir al encuentro de las muchas necesidades que tiene la condición humana.

Al comentar este pasaje Edersheim expone una idea preciosa: señala que Jesús, en tres etapas sucesivas de Su ministerio, acabó cada una de ellas sirviéndole de comer a Su pueblo. La primera, cuando dio de comer a los cinco mil, tuvo lugar al final de Su ministerio en Galilea, porque Jesús ya no volvería a enseñar y a predicar y a sanar allí. La segunda, cuando dio de comer a los cuatro mil, al final de Su breve ministerio entre los gentiles fuera de las fronteras de Palestina -primero en los distritos de Tiro y de Sidón, y luego en la Decápolis. La tercera y última, la última Cena en Jerusalén, cuando Jesús llegó al final de Sus días en la carne.

En este incidente hay dos grandes realidades que están íntimamente entrelazadas.

(i) Está la compasión de Jesús. Una y otra vez nos encontramos con que Jesús Se conmovía de compasión por la gente. Lo más maravilloso de Él es Su prístina consideración. Ahora bien, la consideración es una virtud que no se olvida nunca de los detalles de la vida. Jesús miró a la multitud; llevaban ya tres días con Él; y Se acordó de que estaban a una distancia considerable de sus casas. Aquel Cuya misión era traerles a toda la humanidad el esplendor y la majestad de la verdad y el amor de Dios podría haber estado por encima de detalles aparentemente tan insignificantes como lo que le podía pasar a Su audiencia en el camino de vuelta a casa; pero Jesús no era así. Confrontado con un alma perdida o con un cuerpo cansado, Su primera reacción era ayudar.

Desgraciadamente es muy cierto que la primera reacción de demasiadas personas es no ayudar. Un vez conocía un hombre en una conferencia, y estuve hablando con él de los peligros de un cierto tramo de la carretera que llevaba al lugar en que nos encontrábamos. «Sí -dijo él-. Es una parte de la carretera que está en pésimas condiciones. Cuando venía para acá vi una colisión allí.» «¿Te paraste a ayudar?»-le pregunté. «¡Qué va! -dijo-. ¡No iba yo a llegar tarde por haberme metido en líos!» Es humano querer evitarse problemas por ayudar; pero es divino conmoverse con una compasión y piedad que obliga a ayudar al necesitado.

(ii) Tenemos el desafío de Jesús. Cuando Jesús sintió compasión por la multitud y quiso darles algo de comer, los discípulos reaccionaron inmediatamente haciendo constar las dificultades prácticas, por encontrarse en un descampado y a muchos kilómetros de ningún lugar en el que se pudiera conseguir comida. Jesús les dirigió inmediatamente la pregunta: « ¿De qué disponéis vosotros con lo que podáis ayudar?» La compasión se convirtió en un desafío. Lo que Jesús estaba diciendo realmente era: « No tratéis de pasarle a otro la responsabilidad de ayudar. No digáis que ayudaríais si tuvierais algo que dar. No digáis que en estas circunstancias os es imposible ayudar. Tomad lo que tengáis, y dadlo, y veréis lo que sucede.»

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