Santiago 5: Los ricos injustos, señal del fin

Hermanos míos, si alguno de ustedes se desvía de la verdad y otro lo hace volver, sepan ustedes que cualquiera que hace volver al pecador de su mal camino, lo salva de la muerte y hace que muchos pecados sean perdonados.

En este pasaje se establece la gran característica diferencial de la verdad cristiana. Es algo de lo que uno puede extraviarse. No es sólo intelectual, filosófica y abstracta, sino siempre una verdad moral. Esto se nos presenta claramente cuando vamos al Nuevo Testamento y nos fijamos en las expresiones que se usan en relación con la verdad: es algo que uno tiene que amar (2 Tesalonicenses 2:10); que obedecer (Gálatas 5:7); que manifestar (2Corintios 4:2); que hay que decir con amor (Efesios 4:15, R-V: seguir); de lo que hay que dar testimonio (Juan 18:37); que se debe manifestar en una vida de amor (1 Juan 3:19); que libera (Juan 8:32); que es el don del Espíritu Santo (Juan 16:13s). Lo más claro de todo es lo que leemos en Juan 3:21: El que practica la verdad. Es decir: La verdad del Evangelio es algo que hay que poner por obra. No es solamente el objetivo de una búsqueda intelectual, sino siempre una verdad moral que desemboca en la acción. No es meramente algo que se estudia, sino que se hace; no algo a lo que hay que someter sólo la mente, sino toda la vida.

Santiago concluye su carta con uno de los pensamientos más elevados y edificantes del Nuevo Testamento; y que, además, aparece más de una vez en la Biblia. Supongamos que uno yerra y se extravía; y supongamos que un hermano suyo en la fe le rescata de su error y le devuelve al buen camino. Este último no sólo ha salvado de la muerte el alma de su hermano, sino que ha expiado una multitud de sus propios pecados. (R-V pone aquí cubrir, que es el sentido literal de la palabra hebrea que se traduce por expiar). Mayor señala que Orígenes tiene un pasaje maravilloso en una de sus Homilías en el que indica seis maneras de obtener el perdón de pecados: mediante el bautismo, el martirio, la limosna (Lucas 11:41), perdonando a otros (Mateo 6:14), el amor (Lucas7:47), y convirtiendo (es decir, haciendo volver) a un pecador de su mal camino. Dios le perdonará muchas cosas al que ha sido el instrumento para que otro hermano vuelva a El. Este es un pensamiento que aparece radiante una y otra vez en las páginas de la Escritura. Jeremías dice: «Si entresacas lo precioso de en medio de lo vil, serás como Mi boca» (15:19). Daniel escribe: «los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad» (12:3). El consejo de Pablo al joven Timoteo era: «Ten cuidado contigo mismo y con lo que enseñas; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te escuchen» (1 Timoteo 4:16)Uno de los Dichos de los padres judíos es: «El pecado no prevalece sobre el que hace justo a otro.» Clemente de Alejandría dice que el verdadero cristiano tiene más en cuenta lo que beneficia a sus semejantes que su propia salvación. Cuentan que una señora super evangélica le preguntó a Wilberforce, el campeón de la liberación de los esclavos, si era salvo. Y él le contestó: «Señora, he estado tan ocupado tratando de salvar las almas de los demás que no he tenido tiempo de pensar en la mía.» Se ha dicho que los que traen la luz a las vidas de otros no la pueden dejar fuera de la suya propia; y, desde luego, si Le traen a Dios las vidas de otros no Le pueden dejar fuera de las suyas. El honor más grande que Dios puede dar se lo otorga al que guía a otro hasta Él; porque, el que lo hace, consigue nada menos que participar de la obra de Jesucristo, el Salvador de la humanidad.

Ayúdanos a continuar Sembrando La Palabra de Dios

WebDedicado ha sido autorizado a recaudar las donaciones para continuar con La gran Comisión.


Deja el primer comentario