Santiago 5: Los ricos injustos, señal del fin

Hermanos míos, tomen como ejemplo de sufrimiento y paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor. Pues nosotros consideramos felices a los que soportan con fortaleza el sufrimiento. Ustedes han oído cómo soportó Job sus sufrimientos, y saben de qué modo lo trató al fin el Señor, porque el Señor es muy misericordioso y compasivo.

Siempre es un consuelo saber que otros han pasado por lo que nosotros tenemos que pasar. Santiago les recuerda a sus lectores que los profetas y los hombres de Dios no habrían podido cumplir su ministerio ni dar testimonio si no hubieran sido capaces de resistir pacientemente. Les recuerda que Jesús mismo había dicho que el que persevere hasta el fin será bienaventurado, porque será salvo (Mateo 24:13). A continuación les cita el ejemplo de Job, de quien habrían oído hablar a menudo en los discursos de la sinagoga. Solemos hablar de la paciencia de Job, que es la palabra que usa aquí la Reina Valera. Pero paciencia es una palabra demasiado pasiva. En cierto sentido, Job era todo menos paciente. Leyendo el drama de su vida, le vemos protestando apasionadamente de lo que se le ha venido encima, cuestionando apasionadamente los argumentos convencionales de los supuestos amigos, agonizando apasionadamente con la terrible suposición de que Dios le hubiera olvidado. Pocas personas se han expresado tan apasionadamente; pero lo fundamental acerca de él es que, pese a todas las preguntas agonizantes que le rasgaban el corazón, nunca perdió la fe en Dios. «He aquí, aunque Él me matare, en Él esperaré» (Job 13:15). «Mas he aquí que en el Cielo está mi Testigo, y mi testimonio en lo Alto» (Job 16:19). «¡Yo sé que tengo un Redentor Que está vivo!» (Job 19:25). La suya no fue una sumisión muda y pasiva; peleó, y preguntó, y a veces hasta desafió; pero la llama de su fe nunca se extinguió. La palabra que se le aplica aquí es esa gran palabra del Nuevo Testamento, hypomoné, que describe, no una paciencia pasiva, sino ese espíritu caballeresco que arrostra a pecho descubierto la marea de la duda y del dolor y del desastre, y surge al otro lado con una fe aún más fuerte. Puede que exista una fe que nunca se queja ni cuestiona; pero más grande es la que surge del asedio de las dudas todavía creyendo. Fue la fe que se mantuvo firme la que salió triunfante por la otra orilla; porque «el Señor bendijo el postrer estado de Job más que el primero» (Job 42:12). Habrá momentos en la vida cuando pensemos que Dios se ha olvidado de nosotros; pero, si nos aferramos a los restos de nuestra fe, al final, nosotros también, comprobaremos que Dios es muy benigno y misericordioso.

Sobre todo, hermanos míos, no juren: ni por el cielo, ni por la tierra, ni por ninguna otra cosa. Cuando digan «sí», que sea sí; y cuando digan «no», que sea no, para que Dios no los condene.

Santiago repite aquí la enseñanza de Jesús en el Sermón del Monte (Mateo 5:33-37), que era sumamente necesaria en los días de la Iglesia Primitiva y probablemente no menos en los países hispánicos de todos los tiempos. Santiago no está pensando en lo que nosotros llamamos «tacos» o «palabrotas» que es un sentido corriente de «to swear» en inglés, sino en la manera de confirmar una afirmación o una promesa o un compromiso interponiendo un juramento, que es «poner a Dios por testigo.» En el mundo antiguo había dos prácticas perniciosas en relación con el tema de los juramentos.

(i) Se hacía una distinción, especialmente en el mundo judío, entre juramentos que obligaban y juramentos que no obligaban. Cualquier juramento en el que se mencionara el nombre de Dios se consideraba obligante por necesidad; pero si no se mencionaba expresamente a Dios, se decía que no obligaba. La idea era que, una vez que se mencionara expresamente el nombre de Dios, Él era el garante de la transacción; pero no si no se Le nombraba expresamente. El resultado fue que la cosa se convirtió en una práctica habilidosa y aguda para parecer que uno se comprometía a algo cuando en realidad no tenía intención de cumplirlo. Lo cual convirtió el asunto de los juramentos en un juego burlesco de palabras.

(ii) Los juramentos se habían proliferado en aquel entonces. Esto ya es en sí suficientemente malo. Por una parte, la importancia de un juramento depende en gran medida del hecho de que es raramente necesario acudir a él. Cuando los juramentos se pusieron de moda, dejaron de tener ninguna importancia. Por otra parte, la costumbre de tomar juramentos por cualquier cosa no era más que una prueba de lo frecuente que era mentir y defraudar. En una sociedad honrada no hacen falta juramentos. Es sólo cuando no se puede uno fiar de la palabra de nadie cuando se recurre a los juramentos. En esto estaban de acuerdo con Jesús los antiguos escritores de ética. Filón dice: «Los frecuentes juramentos no pueden por menos de generar perjurio e impiedad.» Los rabinos judíos decían: «No te acostumbres a los votos, porque más tarde o más temprano harás falsos juramentos.» Los esenios prohibían toda clase de juramentos. Decían que si una persona necesitaba jurar para decir la verdad, es que no era digno de confianza. Los grandes griegos mantenían que la mayor garantía de la verdad de una afirmación no era el juramento, sino el carácter de la persona que la hiciera; y que el ideal era ser tales que nadie pensara en exigirnos un juramento porque no se pondría en duda que decíamos la verdad. El punto de vista del Nuevo Testamento es que todas las palabras se dicen en la presencia de Dios y deben, por tanto, ser ciertas; y estaría de acuerdo en que al cristiano se le debe conocer como persona de honor, y sería totalmente innecesario tomarle juramento. El Nuevo Testamento no condena taxativamente todos los juramentos; pero deplora la tendencia humana a la falsedad que los hace a veces necesarios.

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