Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin

Santiago 4: Causa de las discordias

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on pinterest
Share on whatsapp
Share on email

La palabra que emplea Santiago para hablar mal, o difamar, es katalalein. Este verbo casi siempre quiere decir calumniar a una persona que no está presente para defenderse. El pecado de la calumnia (el nombre es katalalía) se condena en toda la Biblia. El salmista acusa al malvado: «Tomabas asiento y hablabas contra tu hermano; contra el hijo de tu madre ponías infamia» (Salmo 50:20). El salmista oye decir a Dios: «Al que solapadamente infama a su prójimo, Yo lo destruiré» (Salmo101:5). Pablo lo incluye entre los pecados que son característicos del mundo pagano (Romanos 1:30); y es uno de los que teme encontrarse en la conflictiva iglesia de Corinto (2 Corintios 12:20). Es significativo el que en estos dos pasajes la difamación aparece en íntima relación con la murmuración. Katalalía es el pecado de los que se reúnen en las esquinas y forman grupitos y se transmiten detalles confidenciales de información que pueden destruir el buen nombre de los que no están allí para defenderse. Pedro también condena este pecado (1 Pedro 2:1). Esta advertencia es muy necesaria. No nos damos cuenta en seguida de que hay pocos pecados que la Biblia condene tan tajantemente como el de la murmuración maliciosa e irresponsable. Hay pocas actividades que atraigan tanto a la gente vulgar y corriente como esta; el escuchar y el transmitir historias denigrantes –especialmente sobre alguna persona distinguida– es una actividad fascinante para la mayoría de la gente. Haremos bien en recordar lo que Dios piensa de ello. Santiago lo condena por dos razones fundamentales.

(i) Es una violación de la ley regia de amar a nuestros semejantes como a nosotros mismos (Santiago 2:8; Levítico 19:18). Está claro que uno no puede amar a, su prójimo como a sí mismo y difundir calumnias acerca de él. Ahora bien: el que quebranta una ley a sabiendas, se coloca por encima de la ley; es decir, que se pone de juez sobre la ley. Pero a lo que estamos obligados es a cumplir la ley, no a juzgarla. Así que el que habla mal de su prójimo se erige en juez y se atribuye el derecho a quebrantarla -y, por tanto, se condena a sí mismo.

(ii) Es una violación de la prerrogativa de Dios. El calumniar a nuestro prójimo es, de hecho, sentenciarle. Y ningún ser humano tiene derecho a juzgar a otro; ese derecho Le pertenece y corresponde solamente a Dios. Dios es el único que puede exculpar o inculpar. Esta Su prerrogativa se encuentra en toda la Biblia. «Yo hago morir, y Yo hago vivir» , dice Dios (Deuteronomio 32:39). «El Señor mata, y El da vida,» dice Ana en su oración (1 Samuel 2:6). «¿Soy yo Dios, que mate y dé vida?» pregunta alucinado el rey israelita al que acude Naamán para que le cure de la lepra (2Reyes 5:7). Jesús mismo nos advierte que no debemos temer a los que lo peor que nos pueden hacer es quitarnos la vida física, sino que debemos temer al Que puede destruir tanto el cuerpo como el alma (Mateo 10:28). Como decía el salmista, Dios es el único que tiene dominio en las cuestiones de vida o muerte (Salmo 68:20). El juzgar a otro es usurpar un derecho que sólo pertenece a Dios; y hace falta ser rematadamente malo para pretender infringir las prerrogativas de Dios. Podríamos creer que el hablar mal de otro no es un pecado muy grave; pero la Escritura lo considera uno de los peores, porque es quebrantar la ley regia e infringir los derechos que sólo pertenecen a Dios.

Ahora oigan esto, ustedes, los que dicen: «Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad, y allí pasaremos un año haciendo negocios y ganando dinero», ¡y ni siquiera saben lo que mañana será de su vida! Ustedes son como una neblina que aparece por un momento y en seguida desaparece. Lo que deben decir es: «Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello.» En cambio, ustedes insisten en hablar orgullosamente; y todo orgullo de esa clase es malo. El que sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado.

Aquí tenemos otro cuadro contemporáneo, que los lectores de Santiago reconocerían, y en el que hasta podrían descubrir su propio retrato. Los judíos eran los mayores comerciantes del mundo antiguo; y en muchos sentidos, ese mundo les dio todas las oportunidades necesarias para poner en práctica sus habilidades comerciales. En aquel tiempo se fundaron muchas ciudades; y era corriente que los dignatarios que las fundaban estuvieran buscando ciudadanos que las ocuparan. A los judíos se les ofreció muchas veces generosamente la ciudadanía porque, donde ellos iban, iban también el dinero y los negocios. Así que esta escena nos presenta a unos cuantos hombres mirando un mapa. Uno de ellos señala un punto en él y dice: «Aquí hay una nueva ciudad de grandes oportunidades comerciales. Vamos allá. Empezaremos desde cero; pero, después de un año o así, habremos hecho fortuna, y podremos volver ricos.» Y Santiago contesta que no se pueden hacer así los planes para el futuro; porque no sabemos ni lo que pasará el día de mañana. El hombre propone, y Dios dispone. La esencial incertidumbre del futuro siempre ha estado grabada en la mente de todos los pueblos. El sabio hebreo escribía: «No te jactes del día de mañana; porque no sabes ni lo que dará de sí el día de hoy» (Proverbios 27:1). Jesús contó la historia de un rico insensato que hizo fortuna e hizo planes para el futuro y se olvidó de que se le podía reclamar el alma aquella misma noche (Lucas 12:16-21). Ben Sirá escribía: «Hay quien se hace rico a base de agotarse y privarse, y eso es todo lo que saca; porque mientras está diciendo: «Me he ganado una vida de descanso, y ahora no voy a hacer más que disfrutar de lo que es mío.» ¡Y no sabe lo que le va a pasar, y que la muerte está de camino, y que tiene que dejarles todo eso a otros, y él morirse!» (Eclesiástico 1l:18s). Séneca decía: «¡Qué estúpido es hacer planes para la vida de uno, cuando ni siquiera el mañana tiene bajo su control!» Y en otro lugar: «No hay nadie que tenga amigos tan ricos que le puedan prometer el mañana.» Los rabinos tenían un proyecto: «No te preocupes por el día de mañana, porque no sabes lo que te deparará. Tal vez ni lo sepas mañana.» Denis Mackail era amigo de Sir James Barrie, y nos dice que, conforme Barrie se iba haciendo viejo, no quería nunca aceptar compromisos para una fecha un poco distante. «¡Sólo a corto plazo!», solía decir.

Deja una respuesta

Ayúdanos a continuar Sembrando La Palabra de Dios

Publicaciones que pueden ser de interés para ti

Carpe diem

Aprovecha el día, no dejes que termine sin haber crecido un poco, sin haber sido feliz, sin haber alimentado tus sueños. No te dejes vencer por el

Artículo Completo

Los mejores amigos

Hubo una vez dos mejores amigos. Ellos eran inseparables, eran una sola alma. Por alguna razón sus caminos tomaron dos rumbos distintos y se separaron. Y esto

Artículo Completo

Gautama y Satyakama

Ya el sol se había puesto entre el enredo del bosque sobre los ríos. Los niños de la ermita habían vuelto con el ganado y estaban sentados

Artículo Completo