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Santiago 4: Causa de las discordias

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Es decir: que las exigencias éticas de la Biblia agrupan la purificación de las palabras, las obras, las emociones y los pensamientos. La persona tiene que ser limpia interior y exteriormente, porque sólo los limpios de corazón verán a Dios (Mateo 5:8). En su demanda de aflicción piadosa, Santiago se retrotrae al dicho de Jesús: «Bienaventurados los que están de duelo, porque serán consolados» (Mateo 5:4; Lucas 6:20-26). No debemos descubrir en este pasaje lo que Santiago no quería decir. No está excluyendo el gozo de la vida cristiana. No está exigiendo una vida lóbrega en un mundo tenebroso. Está haciendo dos cosas. Está proponiendo la sobriedad en lugar de la superficialidad, y lo hace con toda la intensidad de quienes naturalmente puritano; y está describiendo, no el fin, sino el principio de la vida cristiana. Exige tres cosas.

(i) Exhorta a lo que él llama la aflicción. El verbo griego es talaipórein, que puede describir -como cuando lo utiliza Tucídides- la experiencia de un ejército al que se le han terminado los víveres y que no se puede abrigar de las inclemencias del tiempo. Lo que Santiago demanda es una abstinencia voluntaria de lujos innecesarios y comodidades blandengues. Está hablando con personas que están enamoradas del mundo; y les está exhortando a que no hagan del lujo y de la comodidad su baremo – Escala de valores que se emplea para evaluar los elementos o características de un conjunto de personas o cosas– para juzgar la vida. Es la disciplina lo que produce al intelectual; es el entrenamiento riguroso lo que produce al atleta, y es la abstinencia sabia la que produce al cristiano que sabe usar el mundo sin dejarse usar por el mundo.

(ii) Exhorta a que hagan duelo, que su risa se les convierta en aflicción, y que su alegría deje paso a la tristeza. Aquí, repetimos, Santiago está describiendo el primer paso de la vida cristiana, que se da cuando uno se encuentra cara a cara con su propio pecado y con Dios. Esa es una experiencia amedrentadora. Cuando Wesley estaba predicando a los mineros de Kingswood, se sintieron movidos por tal aflicción que las lágrimas hacían canalillos al correr por sus rostros mugrientos. Pero eso no es el fin, ni mucho menos, de la vida cristiana. Del terrible dolor de la conciencia de pecado se pasa al gozo exuberante del perdón de los pecados. Pero para pasar al segundo paso hay que dar el primero. Santiago exige a sus oidores o lectores autosuficientes, amadores del lujo y despreocupados, que se enfrenten con sus pecados, y se avergüencen y conduelan y amedrenten; porque sólo entonces podrán alcanzar la gracia y pasar a un gozo que satisface mucho más plenamente que los placeres mundanos.

(iii) Exhorta al llanto. Tal vez no sea exagerado decir que Santiago puede estar pensando en lágrimas de misericordia. Hasta ese momento estos enamorados del lujo habían vivido egoístamente, insensibles a lo que un poeta llamaba «la lluvia de lágrimas del mundo.» Santiago insiste en que los dolores y las necesidades de los demás deben atravesar la armadura de la comodidad y el placer propios. No somos cristianos hasta que percibimos el grito angustioso de la humanidad por laque Cristo murió. Así pues, con palabras especialmente escogidas para despertar a los indiferentes de su profundo sueño, Santiago exhorta a que sus oyentes o lectores sustituyan el exceso del lujo por la disciplina de la abstinencia; a que reconozcan sus pecados y hagan duelo por ellos, y a que se identifiquen con el dolor del mundo y lloren por él.

Santiago concluye esta exhortación con una llamada a la humildad que es conforme a la piedad. Por toda la Biblia fluye la convicción de que los humildes son los únicos que pueden experimentar las bendiciones de Dios. Dios quiere salvar a los humildes (Job 22:29). El orgullo de una persona la degrada; pero el honor ensalza a los humildes de espíritu (Proverbios29:23). Dios habita en la altura, pero también con el humilde y contrito de espíritu (Isaías 57:15). Los que tienen temor de Dios humillarán sus almas en Su presencia, y cuanto más grande sea una persona tanto más debe humillarse si quiere hallar gracia a los ojos de Dios (Eclesiástico 2:17; 3:17). Jesús mismo declaró en diversas ocasiones que es el que se humilla el que será exaltado (Mateo 23:12; Lucas 14:11). Para buscar la dirección de Dios, una persona se tiene que dar cuenta de su propia ignorancia. Solamente cuando uno se da cuenta de su pobreza en las cosas que más importan estará dispuesto a pedir las riquezas de la gracia de Dios. Solamente cuando una persona es consciente de su propia debilidad en las cosas necesarias acudirá a proveerse de la fuerza de Dios. Sólo cuando uno reconoce su pecado reconocerá también su necesidad de un Salvador y del perdón de Dios. En la vida hay un pecado que se puede considerar la base de todos los demás; y es olvidar que somos criaturas, y que Dios es el Creador. Cuando una persona se da cuenta de su esencial criaturidad, se da cuenta de su indefensión radical, y acude a la fuente de la que puede satisfacer su necesidad. Tal dependencia genera la única independencia real; porque es entonces cuando la persona se enfrenta con la vida, no dependiendo de sus propias fuerzas, sino de las de Dios, y obtiene la victoria. Mientras una persona se considere independiente de Dios, está expuesta a sufrir el colapso final y la derrota definitiva.

Hermanos, no hablen mal unos de otros. El que habla mal de su hermano, o lo juzga, habla mal de la ley y la juzga. Y si juzgas a la ley, te haces juez de ella en vez de obedecerla. Solamente hay uno que ha dado la ley y al mismo tiempo es Juez, y es aquel que puede salvar o condenar; tú, en cambio, ¿quién eres para juzgar a tu prójimo?

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