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Santiago 4: Causa de las discordias

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(i) Jamás reconoce su propia necesidad. Se admira a sí mismo hasta tal punto que no se reconoce ninguna necesidad.

(ii) Le encanta ser autosuficiente. No tiene obligaciones para con nadie, ni siquiera para con Dios.

(iii) No reconoce su propio pecado. Está tan ocupado pensando en su propia excelencia que no le queda tiempo para descubrirse ningún pecado del que, tenga que librarse.

Un orgullo así no puede recibir ayuda, porque no sabe que la necesita, y por tanto no la busca ni acepta. La humildad de que habla Santiago no consiste en rebajarse. Tiene dos características.

(i) Sabe que si una persona se enfrenta abiertamente con el diablo, este le dejará por cobarde. «El diablo –manifestaba Hermás– puede pelear con el cristiano, pero no le puede abatir.» Esta es una verdad que les encantaba a los cristianos, porque Pedro dice lo mismo (I Pedro 5:8s). El gran ejemplo y la gran inspiración es Jesús en Sus tentaciones. En ellas Jesús dejó bien claro que el diablo no es invencible; cuando se enfrenta con la Palabra de Dios, tiene que huir. El cristiano tiene la humildad de saber que tiene que pelear sus batallas con el tentador, no con su propio poder, sino con el poder de Dios.

(ii) Sabe que tiene el mayor privilegio, que es el acceso a Dios. Esto es algo imponente, porque el derecho de acceso a la presencia de Dios en el antiguo orden de cosas era una exclusiva de los sacerdotes (Éxodo 19:22). El ministerio del sacerdote le permitía acercarse a Dios para ayudar a los que estaban manchados de pecado (Ezequiel 44:13). Pero por la obra de Jesucristo, cualquier creyente puede acercarse confiadamente al trono de Dios, seguro de que encontrará misericordia y gracia que le ayuden en el momento de la necesidad (Hebreos 4:16). Hubo un tiempo cuando sólo el sumo sacerdote podía entrar en el lugar santísimo; pero nosotros tenemos un Camino nuevo y vivo y una mejor esperanza que nos permite acercarnos a Dios (Hebreos7:19). Los cristianos debemos ser humildes; pero es una humildad que nos da un valor invencible y que sabe que el acceso a Dios está abierto hasta para el santo más tímido.

Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes. ¡Límpiense las manos, pecadores! ¡Purifiquen sus corazones, ustedes que quieren amar a Dios y al mundo a la vez! ¡Aflíjanse, lloren y laméntense! ¡Que su risa se cambie en lágrimas y su alegría en tristeza! Humíllense delante del Señor, y él los enaltecerá.

Las exigencias éticas del Evangelio no están nunca lejos del pensamiento de Santiago. Ha hablado de la gracia que Dios da a los humildes, y que permite a las personas responder a Sus grandes demandas. Pero Santiago está seguro de que hay algo que se necesita además del pedir y recibir pasivamente. Está seguro de que el esfuerzo moral es de primera necesidad. Dirige su exhortación a los pecadores. La palabra que usa es hamartólos, que quiere decir el pecador empedernido, aquel cuyo pecado es obvio y notorio. Suidas define hamartóloi (plural) como «los que escogen vivir en compañía con la desobediencia a la ley, y que aman una vida corrupta.» De los tales, Santiago demanda una reforma moral que abarque tanto su conducta exterior como sus deseos íntimos. Les exige tanto manos limpias como corazones puros (Salmo 24:4). La frase limpiaos las manos no quería decir en un principio más que la purificación ceremonial, el lavado ritual de manos con agua que hacía ser a una persona apta ceremonialmente para participar del culto. Los sacerdotes se tenían que lavar y bañar antes de entrar de servicio (Éxodo 30:19-21; Levítico 16:4). Los judíos ortodoxos tenían que lavarse las manos ritualmente antes de comer (Marcos 7:3). Pero se llegó a comprender que Dios requería mucho más que ese lavado exterior; así es que la frase llegó a significar la pureza moral. «Lavaré en inocencia mis manos,» dice el salmista (Salmo 26:6). Isaías demandaba: «Lavaos y limpiaos,» lo que equivalía a «dejad de hacer lo malo» (Isaías 1:16). En la carta a Timoteo se insiste en que las manos que se eleven a Dios en oración estén limpias (1 Timoteo 2:8).

A1 acabar la Guerra Civil española se decía que no tenían nada que temer los que no tuvieran las manos manchadas de sangre. Estaba claro que no se había de entender esa expresión literalmente. Así, la historia de la frase muestra una concienciación progresiva de lo que Dios demanda. Se empezó pensando en términos de una ablución externa y ritual, y se acabó por ver que la demanda de Dios era moral, y no meramente ritual. El mensaje bíblico exige una limpieza cuádruple.

(a) Una limpieza de labios (Isaías 6: Ss).

(b) Una limpieza de manos (Salmo 24:4).

(c) Una limpieza de corazón (Salmo 73:13).

(d) Una limpieza demente (Santiago 4:8).

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