Santiago 4: Causa de las discordias

¿De dónde vienen las guerras y las peleas entre ustedes? Pues de los malos deseos que siempre están luchando en su interior. Ustedes quieren algo, y no lo obtienen; matan, sienten envidia de alguna cosa, y como no la pueden conseguir, luchan y se hacen la guerra. No consiguen lo que quieren porque no se lo piden a Dios; y si se lo piden, no lo reciben porque lo piden mal, pues lo quieren para gastarlo en sus placeres. ¿De dónde proceden las riñas y las peleas entre vosotros? ¿No es verdad que brotan del ansia de placer que mantiene una constante campaña bélica en vuestros miembros? Deseáis, pero no conseguís; asesináis; codiciáis, pero no lográis. Peleáis y guerreáis, pero no poseéis porque no pedís. Pedís, pero no recibís, porque no pedís como es debido; porque no queréis más que gastar en vuestros placeres lo que recibís.

Santiago les plantea a sus lectores una cuestión fundamental: si la finalidad de su vida es someterse a la voluntad de Dios o satisfacer el ansia de placeres de este mundo. Les advierte que, si el placer es el objetivo de su vida, lo único que van a conseguir son peleas, y odio, y divisiones. Dice que el resultado de una ansiosa búsqueda de placeres es polemoi (guerras) y majai (batallas). Quiere decir que la búsqueda febril de placeres desemboca en unos resentimientos interminables que son como guerras, y en unas explosiones repentinas de enemistad que son como batallas.

Los antiguos moralistas habrían estado totalmente de acuerdo con él. Cuando miramos a la sociedad humana, vemos a menudo una masa hirviente de odios y peleas. Filón decía: «Considerad la guerra continua que prevalece entre las personas, hasta en tiempo de paz, y que existe no sólo entre naciones, países y ciudades, sino también entre casas familiares o, para decirlo mejor, está presente en cada individuo; observad la tempestad indeciblemente rugiente que se produce en las almas humanas, excitada por el violento acoso de los asuntos de la vida; y os preguntaréis si hay alguien que disfrute de tranquilidad en tal tempestad, o que mantenga la calma en medio de las olas turgentes de tal mar.»

La raíz de este conflicto incesante y violento no es otra cosa que el deseo. Filón advierte que los Diez Mandamientos culminan en la prohibición de desear o codiciar, porque esa es la peor de todas las pasiones del alma. «¿No es por esta pasión por lo que se rompen las relaciones y se cambia la buena voluntad natural en enemistad desesperada; y los países grandes y populosos quedan desolados por cuestiones domésticas; y tierra y mar se llenan de nuevos desastres de batallas navales y campos de batalla? Porque las famosas y trágicas guerras, todas surgieron de la misma fuente: el deseo de dinero, o de gloria, o de placer. Estas son las cosas que enloquecen a la humanidad.» Luciano escribe: «Todos los males que le vienen al hombre, revoluciones y guerras, asechanzas y matanzas surgen del deseo. Todas estas cosas proceden del manantial del deseo de más.» Platón escribe: «La sola causa de las guerras y revoluciones y batallas no es otra que el cuerpo y sus deseos:» Y Cicerón: «Son los deseos insaciables los que trastornan, no sólo a las personas, sino a familias enteras, y que hasta demuelen el estado. De los deseos surgen los odios, divisiones, discordias, sediciones y guerras.»

El deseo es la raíz de todos los males que arruinan la vida y causan divisiones entre las personas. El Nuevo Testamento presenta con toda claridad el hecho de que este deseo arrollador de los placeres del mundo es siempre un peligro amenazador para la vida espiritual. Son los cuidados y las riquezas y los placeres de esta vida los que se asocian para sofocar la buena semilla (Lucas 8:14). Una persona puede llegar a estar tan dominada por las pasiones y placeres que la malicia y la envidia y el odio invaden su vida y se apoderan de ella totalmente (Tito 3:3). La disyuntiva clave de la vida está en agradar a nuestra naturaleza caída o agradar a Dios; y un mundo en el que el fin principal del hombre es agradarse a sí mismo es un campo de batalla para la barbarie y la división.

Una vida dominada por el placer tiene ciertas consecuencias inevitables.

(i) Hace que las personas se agarren del cuello las unas de las otras. Los deseos, como dice Santiago, son poderes bélicos en potencia. No quiere decir que guerreen en el interior de la persona –aunque esto también es cierto–, sino que hacen que las personas estén en guerra unas con otras. Desean fundamentalmente las mismas cosas dinero, poder, prestigio, posesiones terrenales, gratificación de las concupiscencias corporales. Cuando todos se esfuerzan por poseer las mismas cosas, la vida se convierte inevitablemente en un campo de batalla. Se pisotean unos a otros para llegar antes; harán lo que sea para eliminar a un rival. La obediencia a la voluntad de Dios agrupa a las personas, porque Su voluntad es que se amen y se sirvan mutuamente; pero la sumisión al ansia de placer distancia a las personas, porque las convierte en rivales potenciales para obtener las mismas cosas.

(ii) El ansia de placer arrastra a las personas a acciones vergonzosas. Las impulsa a la envidia y a la enemistad; y hasta al asesinato. Para llegar a conseguir lo que desea, una persona tiene que tener una fuerza motriz en el corazón. Podrá privarse de cosas que su deseo de placer le impida hacer; pero, mientras tenga ese deseo en el corazón, no está a salvo. Puede explotar en cualquier momento haciendo algo que traiga ruina. Los pasos del proceso son sencillos y terribles. La persona se permite desear algo. Aquello empieza a dominarle el pensamiento; se encuentra pensando en ello involuntariamente, tanto en la vigilia como en el sueño. Llega a ser para ella lo que se llama propiamente una pasión dominante. Empieza a imaginar maneras para obtenerlo, que pueden implicar eliminar a los que se interpongan. Esto puede mantenerse en su mente cierto tiempo; y de pronto, de la imaginación pasa a la acción; y puede que se encuentre dando pasos terribles que son necesarios para la consecución del objeto de su deseo. Todos los crímenes del mundo empiezan por un deseo que en un principio no es más que un sentimiento del corazón pero que, abrigado largo tiempo, acaba por llegar a la acción.

(iii) El ansia de placer acaba por cerrar la puerta de la oración. Si las oraciones de una persona se limitan a aquellas cosas que pueden gratificar sus deseos, son esencialmente egoístas; y, por tanto, no es posible que Dios las conceda. El fin verdadero de la oración es decirle a Dios: «Hágase Tu voluntad.» La oración de la persona dominada por el deseo del placer es: «Que se cumplan mis deseos.» Es indudable que los egoístas no pueden orar como es debido; nadie podrá nunca orar como se debe orar si no ha desplazado su ego del centro de su vida, y ha dejado que sea Dios Quien lo ocupe. En esta vida tenemos que escoger entre nuestros deseos y la voluntad de Dios. Si escogemos nuestros deseos, nos alejamos de nuestros semejantes y de Dios.

¡Oh gente infiel! ¿No saben ustedes que ser amigos del mundo es ser enemigos de Dios? Cualquiera que decide ser amigo del mundo, se vuelve enemigo de Dios. Por algo dice la Escritura: «Dios ama celosamente el espíritu que ha puesto dentro de nosotros.» Pero Dios nos ayuda más con su bondad, pues la Escritura dice: «Dios se opone a los orgullosos, pero trata con bondad a los humildes.» Sométanse, pues, a Dios. Resistan al diablo, y este huirá de ustedes.
¡Infieles a lo que habéis prometido! ¿Es que no sabéis que amar a este mundo es enemistarse con Dios? El que se propone llevarse bien con el mundo se convierte ipso facto en enemigo de Dios. ¿Creéis que la Escritura dice por nada: «Dios anhela celosamente el espíritu que ha hecho habitar en vosotros?» Pero Dios da mayor gracia. Por eso, también dice la Escritura: «Dios se opone a los soberbios, pero concede Su gracia a los humildes.» Por tanto, someteos a Dios. Resistid al diablo, y huirá de vosotros; manteneos cerca de Dios, y Él estará cerca de vosotros.

La antigua versión Reina Valera (1909) hacía este pasaje todavía más difícil de lo que es. En ella se dirigía la advertencia a adúlteros y adúlteras. En el original se encuentra sólo esta palabra en femenino, por lo que la revisión de 1960 traducía almas adúlteras. Es verdad que no se pretendía que la palabra tuviera aquí su sentido literal; no se hace referencia al adulterio físico, sino espiritual. La idea se basa en la concepción corriente en el Antiguo Testamento de que el Señor es el esposo de Israel, e Israel la esposa del Señor. «Porque tu marido es tu Hacedor; el Señor de los ejércitos es Su nombre» (Isaías 54:5). «Pero como la esposa infiel abandona a su compañero, así prevaricasteis contra Mí, oh casa de Israel, dice el Señor» (Jeremías 3:20). Esta idea del Señor como el marido y de la nación de Israel como la esposa explica la manera en que expresa constantemente el Antiguo Testamento la infidelidad espiritual en términos de adulterio físico.

El hacer un pacto con los dioses de tierras extrañas, y el ofrecerles sacrificios, y el celebrar matrimonios con extranjeros era prostituirse (Éxodo 34:15s). Dios le advirtió a Moisés que llegaría el día en que el pueblo se levantaría y se prostituiría con los dioses de la tierra en que iba a morar, y Le dejaría (Deuteronomio 31:16). Oseas se queja de que el pueblo se ha prostituido y ha olvidado a Dios (Oseas 9:1). Es en este sentido espiritual en el que el Nuevo Testamento habla de una generación adúltera (Mateo 16:4; Marcos 8:38). La alegoría pasó al pensamiento cristiano, en el que se presenta a la Iglesia como la esposa de Cristo (2 Corintios 11:1 s; Efesios 5:24-28;Apocalipsis 19:7; 21:9).

Esta manera de hablar puede escandalizar a algunos oídos modernos; pero contiene una idea preciosa. Quiere decir que el desobedecer a Dios es como romper la promesa matrimonial; que todo pecado es un pecado contra el amor; que nuestra relación con Dios no es distante, como entre un rey y sus súbditos o un amo y sus esclavos, sino íntima como la de marido y mujer. Cuando pecamos quebrantamos el corazón de Dios, como se quebranta el corazón de un cónyuge por la deserción del otro.

Santiago nos dice en este pasaje que amar al mundo es enemistarse con Dios; y, por tanto, el que es muy amigo del mundo se coloca en la posición de enemigo de Dios. Es importante entender lo que quiere decir.

(i) Esto no se dice por desprecio al mundo; ni desde el punto de vista que considera la Tierra como un desierto inhóspito y que denigra el mundo natural. Un puritano estaba dando un paseo por el campo con un amigo. Este se fijó en una flor, muy hermosa que había al borde del camino, y se lo hizo notar a aquel; a lo que el puritano replicó: «He aprendido a no apreciar nada de lo que contiene este mundo perdido y pecador.» Eso no era lo que quería decir Santiago, que habría estado de acuerdo en que este mundo es creación de Dios; y, como Jesús, se habría complacido en su belleza.

(ii) Ya hemos visto que el Nuevo Testamento usa a menudo la palabra kósmos en el sentido de el mundo que está apartado de Dios. Hay dos pasajes en el Nuevo Testamento que ilustran lo que Santiago quiere decir. Pablo dice: «Porque el estar pendiente de las cosas que fascinan a nuestra naturaleza humana pecadora implica enemistad con Dios… Los que viven una vida exclusivamente mundana no pueden agradar a Dios» (Romanos 8: 7s). Lo que quiere decir es que los que se empeñan en juzgarlo todo conforme a una escala de valores puramente humana están por necesidad en desacuerdo con Dios. Y el segundo pasaje es uno de los más impactantes epitafios sobre la vida cristiana que se encuentran en ninguna literatura: «Demas me ha desertado, porque está enamorado de este mundo» (2 Timoteo 4:10). Se refiere a la mundanalidad: si uno dedica totalmente su vida a las cosas materiales, está claro que no se la puede dedicar a Dios. En ese sentido, el que le dedica su vida a este mundo está enemistado con Dios.

(iii) El mejor comentario a este dicho es el de Jesús: «Nadie puede estar al servicio de dos amos» (Mateo 6:24). Hay dos actitudes ante las cosas de este mundo y tiempo: podemos estar tan dominados por ellas que el mundo llega a ser nuestro amo; o podemos usarlas para servir a nuestros semejantes y prepararnos para la eternidad, en cuyo caso el mundo no es nuestro amo, sino nuestro servidor. Una persona puede, o servirse del mundo, o estar a su servicio. Usar el mundo para servir a Dios y a la humanidad es ser amigo de Dios, porque eso es lo que Dios quiere que hagamos. Pero dejarnos usar por un mundo dictador y tirano de la vida es estar en enemistad con Dios, porque eso es algo que Dios no quiere que sea el mundo. El versículo 5 es extremadamente difícil. Para empezar, se nos presenta como una cita de la Escritura, pero no sabemos de dónde se ha tomado, porque no se puede reconocer. Podemos suponer que Santiago está citando algún libro que se ha perdido y que él consideraba parte de la Sagrada Escritura; o que está resumiendo en una frase mucho del sentido del Antiguo Testamento sin referirse a ningún pasaje en particular. Además, es difícil de traducir. Ofrece dos alternativas que, a fin de cuentas, dan casi el mismo sentido. «Él, es decir, Dios anhela celosamente la devoción del espíritu que ha hecho morar en nosotros;» o: «El Espíritu que Dios ha hecho morar en nosotros celosamente anhela la plena devoción de nuestros corazones.» En cualquier caso, el sentido es que Dios es un Esposo celoso, que no consiente competidor. El Antiguo Testamento no tenía nunca reparo en aplicarle a Dios la cualidad de celoso. Moisés decía de Dios a Su pueblo: «Le provocaron celos con los dioses ajenos» (Deuteronomio 32:16). Y oye a Dios decir: «Ellos me provocaron a celos con lo que no es Dios» (Deuteronomio 32:21). Insistiendo en Su derecho exclusivo a recibir adoración, Dios dice en los Diez Mandamientos: «Yo, el Señor vuestro Dios, soy un Dios celoso» (Éxodo 20:5). «No te has de inclinar a ningún otro dios; pues el Señor, cuyo nombre es Celoso, Dios celoso es» (Éxodo 34:14. Basándose en este versículo, y comparando las consonantes del tetragrámaton con otras lenguas semíticas, se la sugerido que el nombre de Jehová quiere decir Celoso). Zacarías oyó decir a Dios: «Así dice el Señor de los ejércitos: “Celé a Sión con gran celo, y con gran ira la celé”» (Zacarías 8:2). La palabra española celoso viene del griego zélos, que contiene la idea de calor ardiente. El sentido es que Dios ama a la humanidad con tan ardiente pasión que no puede soportar ningún otro amor supremo en los corazones de los seres humanos. Puede que ahora nos sea difícil conectar la cualidad de celoso con el carácter de Dios, porque ha adquirido un significado que no es elevado; pero detrás de esta palabra se encierra la verdad sorprendente de que Dios ama de tal manera las almas humanas. Hay un sentido en el que el amor se debe difundir entre todas las personas y por toda la creación de Dios; pero hay también un sentido en el que el amor exige y da una devoción exclusiva a una sola persona. Es profundamente cierto que una persona no puede estar enamorada nada más que de una persona a la vez. Si no está de acuerdo, es que no se ha enterado de lo que es el amor.

Santiago sale al encuentro de una reacción casi inevitable a su descripción de Dios como un enamorado celoso. Si Dios es así, ¿cómo podrá nadie ofrecerle la devoción que Él exige? Y la respuesta de Santiago es que, si Dios hace una gran demanda, también da gran gracia para cumplirla; y cuanto más grande la demanda, mayor es la gracia que Dios da. Pero la gracia tiene una característica constante: una persona no puede recibirla hasta que se da cuenta de que la necesita, y acude a Dios solicitando humildemente Su ayuda. Por tanto, siempre será verdad que Dios está en contra de los soberbios y da Su gracia pródigamente a los humildes: «Dios se opone a los soberbios, pero da gracia a los humildes.» Es una cita de Proverbios 3:34; y reaparece otra vez en 1 Pedro 5:5. ¿Qué es este orgullo demoledor? La palabra griega es hyperéfanos, que quiere decir literalmente el que se coloca por encima de los demás. También los griegos aborrecían el orgullo. Teofrasto lo describía como «un cierto desprecio de todos los demás.» Teofilacto, autor cristiano, lo llamaba «la ciudadela y la cima de todos los males.» Lo más terrible es que se esconde en el corazón. Quiere decir altanería; pero el que la padece puede parecer de lo más humilde, cuando en realidad siente en el corazón un desprecio olímpico hacia todos sus semejantes. Se cierra a Dios por tres razones.

(i) Jamás reconoce su propia necesidad. Se admira a sí mismo hasta tal punto que no se reconoce ninguna necesidad.

(ii) Le encanta ser autosuficiente. No tiene obligaciones para con nadie, ni siquiera para con Dios.

(iii) No reconoce su propio pecado. Está tan ocupado pensando en su propia excelencia que no le queda tiempo para descubrirse ningún pecado del que, tenga que librarse.

Un orgullo así no puede recibir ayuda, porque no sabe que la necesita, y por tanto no la busca ni acepta. La humildad de que habla Santiago no consiste en rebajarse. Tiene dos características.

(i) Sabe que si una persona se enfrenta abiertamente con el diablo, este le dejará por cobarde. «El diablo –manifestaba Hermás– puede pelear con el cristiano, pero no le puede abatir.» Esta es una verdad que les encantaba a los cristianos, porque Pedro dice lo mismo (I Pedro 5:8s). El gran ejemplo y la gran inspiración es Jesús en Sus tentaciones. En ellas Jesús dejó bien claro que el diablo no es invencible; cuando se enfrenta con la Palabra de Dios, tiene que huir. El cristiano tiene la humildad de saber que tiene que pelear sus batallas con el tentador, no con su propio poder, sino con el poder de Dios.

(ii) Sabe que tiene el mayor privilegio, que es el acceso a Dios. Esto es algo imponente, porque el derecho de acceso a la presencia de Dios en el antiguo orden de cosas era una exclusiva de los sacerdotes (Éxodo 19:22). El ministerio del sacerdote le permitía acercarse a Dios para ayudar a los que estaban manchados de pecado (Ezequiel 44:13). Pero por la obra de Jesucristo, cualquier creyente puede acercarse confiadamente al trono de Dios, seguro de que encontrará misericordia y gracia que le ayuden en el momento de la necesidad (Hebreos 4:16). Hubo un tiempo cuando sólo el sumo sacerdote podía entrar en el lugar santísimo; pero nosotros tenemos un Camino nuevo y vivo y una mejor esperanza que nos permite acercarnos a Dios (Hebreos7:19). Los cristianos debemos ser humildes; pero es una humildad que nos da un valor invencible y que sabe que el acceso a Dios está abierto hasta para el santo más tímido.

Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes. ¡Límpiense las manos, pecadores! ¡Purifiquen sus corazones, ustedes que quieren amar a Dios y al mundo a la vez! ¡Aflíjanse, lloren y laméntense! ¡Que su risa se cambie en lágrimas y su alegría en tristeza! Humíllense delante del Señor, y él los enaltecerá.

Las exigencias éticas del Evangelio no están nunca lejos del pensamiento de Santiago. Ha hablado de la gracia que Dios da a los humildes, y que permite a las personas responder a Sus grandes demandas. Pero Santiago está seguro de que hay algo que se necesita además del pedir y recibir pasivamente. Está seguro de que el esfuerzo moral es de primera necesidad. Dirige su exhortación a los pecadores. La palabra que usa es hamartólos, que quiere decir el pecador empedernido, aquel cuyo pecado es obvio y notorio. Suidas define hamartóloi (plural) como «los que escogen vivir en compañía con la desobediencia a la ley, y que aman una vida corrupta.» De los tales, Santiago demanda una reforma moral que abarque tanto su conducta exterior como sus deseos íntimos. Les exige tanto manos limpias como corazones puros (Salmo 24:4). La frase limpiaos las manos no quería decir en un principio más que la purificación ceremonial, el lavado ritual de manos con agua que hacía ser a una persona apta ceremonialmente para participar del culto. Los sacerdotes se tenían que lavar y bañar antes de entrar de servicio (Éxodo 30:19-21; Levítico 16:4). Los judíos ortodoxos tenían que lavarse las manos ritualmente antes de comer (Marcos 7:3). Pero se llegó a comprender que Dios requería mucho más que ese lavado exterior; así es que la frase llegó a significar la pureza moral. «Lavaré en inocencia mis manos,» dice el salmista (Salmo 26:6). Isaías demandaba: «Lavaos y limpiaos,» lo que equivalía a «dejad de hacer lo malo» (Isaías 1:16). En la carta a Timoteo se insiste en que las manos que se eleven a Dios en oración estén limpias (1 Timoteo 2:8).

A1 acabar la Guerra Civil española se decía que no tenían nada que temer los que no tuvieran las manos manchadas de sangre. Estaba claro que no se había de entender esa expresión literalmente. Así, la historia de la frase muestra una concienciación progresiva de lo que Dios demanda. Se empezó pensando en términos de una ablución externa y ritual, y se acabó por ver que la demanda de Dios era moral, y no meramente ritual. El mensaje bíblico exige una limpieza cuádruple.

(a) Una limpieza de labios (Isaías 6: Ss).

(b) Una limpieza de manos (Salmo 24:4).

(c) Una limpieza de corazón (Salmo 73:13).

(d) Una limpieza demente (Santiago 4:8).

Es decir: que las exigencias éticas de la Biblia agrupan la purificación de las palabras, las obras, las emociones y los pensamientos. La persona tiene que ser limpia interior y exteriormente, porque sólo los limpios de corazón verán a Dios (Mateo 5:8). En su demanda de aflicción piadosa, Santiago se retrotrae al dicho de Jesús: «Bienaventurados los que están de duelo, porque serán consolados» (Mateo 5:4; Lucas 6:20-26). No debemos descubrir en este pasaje lo que Santiago no quería decir. No está excluyendo el gozo de la vida cristiana. No está exigiendo una vida lóbrega en un mundo tenebroso. Está haciendo dos cosas. Está proponiendo la sobriedad en lugar de la superficialidad, y lo hace con toda la intensidad de quienes naturalmente puritano; y está describiendo, no el fin, sino el principio de la vida cristiana. Exige tres cosas.

(i) Exhorta a lo que él llama la aflicción. El verbo griego es talaipórein, que puede describir -como cuando lo utiliza Tucídides- la experiencia de un ejército al que se le han terminado los víveres y que no se puede abrigar de las inclemencias del tiempo. Lo que Santiago demanda es una abstinencia voluntaria de lujos innecesarios y comodidades blandengues. Está hablando con personas que están enamoradas del mundo; y les está exhortando a que no hagan del lujo y de la comodidad su baremo – Escala de valores que se emplea para evaluar los elementos o características de un conjunto de personas o cosas– para juzgar la vida. Es la disciplina lo que produce al intelectual; es el entrenamiento riguroso lo que produce al atleta, y es la abstinencia sabia la que produce al cristiano que sabe usar el mundo sin dejarse usar por el mundo.

(ii) Exhorta a que hagan duelo, que su risa se les convierta en aflicción, y que su alegría deje paso a la tristeza. Aquí, repetimos, Santiago está describiendo el primer paso de la vida cristiana, que se da cuando uno se encuentra cara a cara con su propio pecado y con Dios. Esa es una experiencia amedrentadora. Cuando Wesley estaba predicando a los mineros de Kingswood, se sintieron movidos por tal aflicción que las lágrimas hacían canalillos al correr por sus rostros mugrientos. Pero eso no es el fin, ni mucho menos, de la vida cristiana. Del terrible dolor de la conciencia de pecado se pasa al gozo exuberante del perdón de los pecados. Pero para pasar al segundo paso hay que dar el primero. Santiago exige a sus oidores o lectores autosuficientes, amadores del lujo y despreocupados, que se enfrenten con sus pecados, y se avergüencen y conduelan y amedrenten; porque sólo entonces podrán alcanzar la gracia y pasar a un gozo que satisface mucho más plenamente que los placeres mundanos.

(iii) Exhorta al llanto. Tal vez no sea exagerado decir que Santiago puede estar pensando en lágrimas de misericordia. Hasta ese momento estos enamorados del lujo habían vivido egoístamente, insensibles a lo que un poeta llamaba «la lluvia de lágrimas del mundo.» Santiago insiste en que los dolores y las necesidades de los demás deben atravesar la armadura de la comodidad y el placer propios. No somos cristianos hasta que percibimos el grito angustioso de la humanidad por laque Cristo murió. Así pues, con palabras especialmente escogidas para despertar a los indiferentes de su profundo sueño, Santiago exhorta a que sus oyentes o lectores sustituyan el exceso del lujo por la disciplina de la abstinencia; a que reconozcan sus pecados y hagan duelo por ellos, y a que se identifiquen con el dolor del mundo y lloren por él.

Santiago concluye esta exhortación con una llamada a la humildad que es conforme a la piedad. Por toda la Biblia fluye la convicción de que los humildes son los únicos que pueden experimentar las bendiciones de Dios. Dios quiere salvar a los humildes (Job 22:29). El orgullo de una persona la degrada; pero el honor ensalza a los humildes de espíritu (Proverbios29:23). Dios habita en la altura, pero también con el humilde y contrito de espíritu (Isaías 57:15). Los que tienen temor de Dios humillarán sus almas en Su presencia, y cuanto más grande sea una persona tanto más debe humillarse si quiere hallar gracia a los ojos de Dios (Eclesiástico 2:17; 3:17). Jesús mismo declaró en diversas ocasiones que es el que se humilla el que será exaltado (Mateo 23:12; Lucas 14:11). Para buscar la dirección de Dios, una persona se tiene que dar cuenta de su propia ignorancia. Solamente cuando uno se da cuenta de su pobreza en las cosas que más importan estará dispuesto a pedir las riquezas de la gracia de Dios. Solamente cuando una persona es consciente de su propia debilidad en las cosas necesarias acudirá a proveerse de la fuerza de Dios. Sólo cuando uno reconoce su pecado reconocerá también su necesidad de un Salvador y del perdón de Dios. En la vida hay un pecado que se puede considerar la base de todos los demás; y es olvidar que somos criaturas, y que Dios es el Creador. Cuando una persona se da cuenta de su esencial criaturidad, se da cuenta de su indefensión radical, y acude a la fuente de la que puede satisfacer su necesidad. Tal dependencia genera la única independencia real; porque es entonces cuando la persona se enfrenta con la vida, no dependiendo de sus propias fuerzas, sino de las de Dios, y obtiene la victoria. Mientras una persona se considere independiente de Dios, está expuesta a sufrir el colapso final y la derrota definitiva.

Hermanos, no hablen mal unos de otros. El que habla mal de su hermano, o lo juzga, habla mal de la ley y la juzga. Y si juzgas a la ley, te haces juez de ella en vez de obedecerla. Solamente hay uno que ha dado la ley y al mismo tiempo es Juez, y es aquel que puede salvar o condenar; tú, en cambio, ¿quién eres para juzgar a tu prójimo?

La palabra que emplea Santiago para hablar mal, o difamar, es katalalein. Este verbo casi siempre quiere decir calumniar a una persona que no está presente para defenderse. El pecado de la calumnia (el nombre es katalalía) se condena en toda la Biblia. El salmista acusa al malvado: «Tomabas asiento y hablabas contra tu hermano; contra el hijo de tu madre ponías infamia» (Salmo 50:20). El salmista oye decir a Dios: «Al que solapadamente infama a su prójimo, Yo lo destruiré» (Salmo101:5). Pablo lo incluye entre los pecados que son característicos del mundo pagano (Romanos 1:30); y es uno de los que teme encontrarse en la conflictiva iglesia de Corinto (2 Corintios 12:20). Es significativo el que en estos dos pasajes la difamación aparece en íntima relación con la murmuración. Katalalía es el pecado de los que se reúnen en las esquinas y forman grupitos y se transmiten detalles confidenciales de información que pueden destruir el buen nombre de los que no están allí para defenderse. Pedro también condena este pecado (1 Pedro 2:1). Esta advertencia es muy necesaria. No nos damos cuenta en seguida de que hay pocos pecados que la Biblia condene tan tajantemente como el de la murmuración maliciosa e irresponsable. Hay pocas actividades que atraigan tanto a la gente vulgar y corriente como esta; el escuchar y el transmitir historias denigrantes –especialmente sobre alguna persona distinguida– es una actividad fascinante para la mayoría de la gente. Haremos bien en recordar lo que Dios piensa de ello. Santiago lo condena por dos razones fundamentales.

(i) Es una violación de la ley regia de amar a nuestros semejantes como a nosotros mismos (Santiago 2:8; Levítico 19:18). Está claro que uno no puede amar a, su prójimo como a sí mismo y difundir calumnias acerca de él. Ahora bien: el que quebranta una ley a sabiendas, se coloca por encima de la ley; es decir, que se pone de juez sobre la ley. Pero a lo que estamos obligados es a cumplir la ley, no a juzgarla. Así que el que habla mal de su prójimo se erige en juez y se atribuye el derecho a quebrantarla -y, por tanto, se condena a sí mismo.

(ii) Es una violación de la prerrogativa de Dios. El calumniar a nuestro prójimo es, de hecho, sentenciarle. Y ningún ser humano tiene derecho a juzgar a otro; ese derecho Le pertenece y corresponde solamente a Dios. Dios es el único que puede exculpar o inculpar. Esta Su prerrogativa se encuentra en toda la Biblia. «Yo hago morir, y Yo hago vivir» , dice Dios (Deuteronomio 32:39). «El Señor mata, y El da vida,» dice Ana en su oración (1 Samuel 2:6). «¿Soy yo Dios, que mate y dé vida?» pregunta alucinado el rey israelita al que acude Naamán para que le cure de la lepra (2Reyes 5:7). Jesús mismo nos advierte que no debemos temer a los que lo peor que nos pueden hacer es quitarnos la vida física, sino que debemos temer al Que puede destruir tanto el cuerpo como el alma (Mateo 10:28). Como decía el salmista, Dios es el único que tiene dominio en las cuestiones de vida o muerte (Salmo 68:20). El juzgar a otro es usurpar un derecho que sólo pertenece a Dios; y hace falta ser rematadamente malo para pretender infringir las prerrogativas de Dios. Podríamos creer que el hablar mal de otro no es un pecado muy grave; pero la Escritura lo considera uno de los peores, porque es quebrantar la ley regia e infringir los derechos que sólo pertenecen a Dios.

Ahora oigan esto, ustedes, los que dicen: «Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad, y allí pasaremos un año haciendo negocios y ganando dinero», ¡y ni siquiera saben lo que mañana será de su vida! Ustedes son como una neblina que aparece por un momento y en seguida desaparece. Lo que deben decir es: «Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello.» En cambio, ustedes insisten en hablar orgullosamente; y todo orgullo de esa clase es malo. El que sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado.

Aquí tenemos otro cuadro contemporáneo, que los lectores de Santiago reconocerían, y en el que hasta podrían descubrir su propio retrato. Los judíos eran los mayores comerciantes del mundo antiguo; y en muchos sentidos, ese mundo les dio todas las oportunidades necesarias para poner en práctica sus habilidades comerciales. En aquel tiempo se fundaron muchas ciudades; y era corriente que los dignatarios que las fundaban estuvieran buscando ciudadanos que las ocuparan. A los judíos se les ofreció muchas veces generosamente la ciudadanía porque, donde ellos iban, iban también el dinero y los negocios. Así que esta escena nos presenta a unos cuantos hombres mirando un mapa. Uno de ellos señala un punto en él y dice: «Aquí hay una nueva ciudad de grandes oportunidades comerciales. Vamos allá. Empezaremos desde cero; pero, después de un año o así, habremos hecho fortuna, y podremos volver ricos.» Y Santiago contesta que no se pueden hacer así los planes para el futuro; porque no sabemos ni lo que pasará el día de mañana. El hombre propone, y Dios dispone. La esencial incertidumbre del futuro siempre ha estado grabada en la mente de todos los pueblos. El sabio hebreo escribía: «No te jactes del día de mañana; porque no sabes ni lo que dará de sí el día de hoy» (Proverbios 27:1). Jesús contó la historia de un rico insensato que hizo fortuna e hizo planes para el futuro y se olvidó de que se le podía reclamar el alma aquella misma noche (Lucas 12:16-21). Ben Sirá escribía: «Hay quien se hace rico a base de agotarse y privarse, y eso es todo lo que saca; porque mientras está diciendo: «Me he ganado una vida de descanso, y ahora no voy a hacer más que disfrutar de lo que es mío.» ¡Y no sabe lo que le va a pasar, y que la muerte está de camino, y que tiene que dejarles todo eso a otros, y él morirse!» (Eclesiástico 1l:18s). Séneca decía: «¡Qué estúpido es hacer planes para la vida de uno, cuando ni siquiera el mañana tiene bajo su control!» Y en otro lugar: «No hay nadie que tenga amigos tan ricos que le puedan prometer el mañana.» Los rabinos tenían un proyecto: «No te preocupes por el día de mañana, porque no sabes lo que te deparará. Tal vez ni lo sepas mañana.» Denis Mackail era amigo de Sir James Barrie, y nos dice que, conforme Barrie se iba haciendo viejo, no quería nunca aceptar compromisos para una fecha un poco distante. «¡Sólo a corto plazo!», solía decir.

Santiago prosigue. Esta incertidumbre de la vida no debe conducirnos ni al miedo ni a la inactividad, sino a una total dependencia de Dios. Siempre ha sido la característica de las personas serias y responsables el hacer sus planes en esa dependencia de la que Pablo habla a los corintios: «Iré a veros pronto, si es la voluntad del Señor» (1 Corintios 4:19). «Espero pasar algún tiempo con vosotros, si el Señor me lo concede» (1 Corintios 16:7). Jenofonte escribe: «Sean así todas estas cosas, si así lo quieren los dioses. Y si alguien se pregunta por qué encontramos a menudo esta frase escrita, “si los dioses quieren,” yo le haría saber que, si hubiera experimentado los riesgos de la vida, no se sorprendería tanto.» Platón cuenta una conversación entre Sócrates y Alcibíades. Alcibíades dice: «Haré eso si quieres, Sócrates.» Y Sócrates le contesta: Alcibíades, esa no es manera de hablar.» «¿Cómo tendría que haber dicho?» «Pues, Si Dios quiere.» Minucio Félix escribe: «¡Que Dios lo quiera! A una persona normal le sale instintivamente el hablar así.» Entre los árabes se oye frecuentemente: «Imsa Allah» -«Si Allah quiere» , de donde se dice que viene la palabra española ojalá. Lo curioso es que los judíos no parece que tuvieran una expresión equivalente. En este sentido tenían que aprender de los otros pueblos. La actitud verdaderamente cristiana no es vivir paralizados por el miedo a la incertidumbre del futuro, sino el dejarlo en las manos de Dios con todos nuestros planes, contentos de que no se lleven a cabo si no son la voluntad de Dios. El que no tiene esto presente es culpable de arrogante presunción. La palabra original es alazoneía. Alazoneía era en un principio la actitud del charlatán, que ofrecía curas milagrosas que no curaban nada y presumía de cosas que no podía hacer. El futuro no está en las manos de los hombres, y ninguno puede pretender arrogantemente que tiene poder para decidirlo. Santiago acaba con una advertencia. Si uno sabe que algo está mal pero sigue haciéndolo, comete un pecado. Lo que quiere decir es que, si se nos ha advertido, y se nos ha hecho ver la verdad, y seguimos disponiendo de nuestra propia vida sin tener en cuenta que el futuro está en las manos de Dios, escogemos seguir viviendo en un error culpable.

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