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Santiago 4: Causa de las discordias

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Santiago nos dice en este pasaje que amar al mundo es enemistarse con Dios; y, por tanto, el que es muy amigo del mundo se coloca en la posición de enemigo de Dios. Es importante entender lo que quiere decir.

(i) Esto no se dice por desprecio al mundo; ni desde el punto de vista que considera la Tierra como un desierto inhóspito y que denigra el mundo natural. Un puritano estaba dando un paseo por el campo con un amigo. Este se fijó en una flor, muy hermosa que había al borde del camino, y se lo hizo notar a aquel; a lo que el puritano replicó: «He aprendido a no apreciar nada de lo que contiene este mundo perdido y pecador.» Eso no era lo que quería decir Santiago, que habría estado de acuerdo en que este mundo es creación de Dios; y, como Jesús, se habría complacido en su belleza.

(ii) Ya hemos visto que el Nuevo Testamento usa a menudo la palabra kósmos en el sentido de el mundo que está apartado de Dios. Hay dos pasajes en el Nuevo Testamento que ilustran lo que Santiago quiere decir. Pablo dice: «Porque el estar pendiente de las cosas que fascinan a nuestra naturaleza humana pecadora implica enemistad con Dios… Los que viven una vida exclusivamente mundana no pueden agradar a Dios» (Romanos 8: 7s). Lo que quiere decir es que los que se empeñan en juzgarlo todo conforme a una escala de valores puramente humana están por necesidad en desacuerdo con Dios. Y el segundo pasaje es uno de los más impactantes epitafios sobre la vida cristiana que se encuentran en ninguna literatura: «Demas me ha desertado, porque está enamorado de este mundo» (2 Timoteo 4:10). Se refiere a la mundanalidad: si uno dedica totalmente su vida a las cosas materiales, está claro que no se la puede dedicar a Dios. En ese sentido, el que le dedica su vida a este mundo está enemistado con Dios.

(iii) El mejor comentario a este dicho es el de Jesús: «Nadie puede estar al servicio de dos amos» (Mateo 6:24). Hay dos actitudes ante las cosas de este mundo y tiempo: podemos estar tan dominados por ellas que el mundo llega a ser nuestro amo; o podemos usarlas para servir a nuestros semejantes y prepararnos para la eternidad, en cuyo caso el mundo no es nuestro amo, sino nuestro servidor. Una persona puede, o servirse del mundo, o estar a su servicio. Usar el mundo para servir a Dios y a la humanidad es ser amigo de Dios, porque eso es lo que Dios quiere que hagamos. Pero dejarnos usar por un mundo dictador y tirano de la vida es estar en enemistad con Dios, porque eso es algo que Dios no quiere que sea el mundo. El versículo 5 es extremadamente difícil. Para empezar, se nos presenta como una cita de la Escritura, pero no sabemos de dónde se ha tomado, porque no se puede reconocer. Podemos suponer que Santiago está citando algún libro que se ha perdido y que él consideraba parte de la Sagrada Escritura; o que está resumiendo en una frase mucho del sentido del Antiguo Testamento sin referirse a ningún pasaje en particular. Además, es difícil de traducir. Ofrece dos alternativas que, a fin de cuentas, dan casi el mismo sentido. «Él, es decir, Dios anhela celosamente la devoción del espíritu que ha hecho morar en nosotros;» o: «El Espíritu que Dios ha hecho morar en nosotros celosamente anhela la plena devoción de nuestros corazones.» En cualquier caso, el sentido es que Dios es un Esposo celoso, que no consiente competidor. El Antiguo Testamento no tenía nunca reparo en aplicarle a Dios la cualidad de celoso. Moisés decía de Dios a Su pueblo: «Le provocaron celos con los dioses ajenos» (Deuteronomio 32:16). Y oye a Dios decir: «Ellos me provocaron a celos con lo que no es Dios» (Deuteronomio 32:21). Insistiendo en Su derecho exclusivo a recibir adoración, Dios dice en los Diez Mandamientos: «Yo, el Señor vuestro Dios, soy un Dios celoso» (Éxodo 20:5). «No te has de inclinar a ningún otro dios; pues el Señor, cuyo nombre es Celoso, Dios celoso es» (Éxodo 34:14. Basándose en este versículo, y comparando las consonantes del tetragrámaton con otras lenguas semíticas, se la sugerido que el nombre de Jehová quiere decir Celoso). Zacarías oyó decir a Dios: «Así dice el Señor de los ejércitos: “Celé a Sión con gran celo, y con gran ira la celé”» (Zacarías 8:2). La palabra española celoso viene del griego zélos, que contiene la idea de calor ardiente. El sentido es que Dios ama a la humanidad con tan ardiente pasión que no puede soportar ningún otro amor supremo en los corazones de los seres humanos. Puede que ahora nos sea difícil conectar la cualidad de celoso con el carácter de Dios, porque ha adquirido un significado que no es elevado; pero detrás de esta palabra se encierra la verdad sorprendente de que Dios ama de tal manera las almas humanas. Hay un sentido en el que el amor se debe difundir entre todas las personas y por toda la creación de Dios; pero hay también un sentido en el que el amor exige y da una devoción exclusiva a una sola persona. Es profundamente cierto que una persona no puede estar enamorada nada más que de una persona a la vez. Si no está de acuerdo, es que no se ha enterado de lo que es el amor.

Santiago sale al encuentro de una reacción casi inevitable a su descripción de Dios como un enamorado celoso. Si Dios es así, ¿cómo podrá nadie ofrecerle la devoción que Él exige? Y la respuesta de Santiago es que, si Dios hace una gran demanda, también da gran gracia para cumplirla; y cuanto más grande la demanda, mayor es la gracia que Dios da. Pero la gracia tiene una característica constante: una persona no puede recibirla hasta que se da cuenta de que la necesita, y acude a Dios solicitando humildemente Su ayuda. Por tanto, siempre será verdad que Dios está en contra de los soberbios y da Su gracia pródigamente a los humildes: «Dios se opone a los soberbios, pero da gracia a los humildes.» Es una cita de Proverbios 3:34; y reaparece otra vez en 1 Pedro 5:5. ¿Qué es este orgullo demoledor? La palabra griega es hyperéfanos, que quiere decir literalmente el que se coloca por encima de los demás. También los griegos aborrecían el orgullo. Teofrasto lo describía como «un cierto desprecio de todos los demás.» Teofilacto, autor cristiano, lo llamaba «la ciudadela y la cima de todos los males.» Lo más terrible es que se esconde en el corazón. Quiere decir altanería; pero el que la padece puede parecer de lo más humilde, cuando en realidad siente en el corazón un desprecio olímpico hacia todos sus semejantes. Se cierra a Dios por tres razones.

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