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Santiago 4: Causa de las discordias

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(ii) El ansia de placer arrastra a las personas a acciones vergonzosas. Las impulsa a la envidia y a la enemistad; y hasta al asesinato. Para llegar a conseguir lo que desea, una persona tiene que tener una fuerza motriz en el corazón. Podrá privarse de cosas que su deseo de placer le impida hacer; pero, mientras tenga ese deseo en el corazón, no está a salvo. Puede explotar en cualquier momento haciendo algo que traiga ruina. Los pasos del proceso son sencillos y terribles. La persona se permite desear algo. Aquello empieza a dominarle el pensamiento; se encuentra pensando en ello involuntariamente, tanto en la vigilia como en el sueño. Llega a ser para ella lo que se llama propiamente una pasión dominante. Empieza a imaginar maneras para obtenerlo, que pueden implicar eliminar a los que se interpongan. Esto puede mantenerse en su mente cierto tiempo; y de pronto, de la imaginación pasa a la acción; y puede que se encuentre dando pasos terribles que son necesarios para la consecución del objeto de su deseo. Todos los crímenes del mundo empiezan por un deseo que en un principio no es más que un sentimiento del corazón pero que, abrigado largo tiempo, acaba por llegar a la acción.

(iii) El ansia de placer acaba por cerrar la puerta de la oración. Si las oraciones de una persona se limitan a aquellas cosas que pueden gratificar sus deseos, son esencialmente egoístas; y, por tanto, no es posible que Dios las conceda. El fin verdadero de la oración es decirle a Dios: «Hágase Tu voluntad.» La oración de la persona dominada por el deseo del placer es: «Que se cumplan mis deseos.» Es indudable que los egoístas no pueden orar como es debido; nadie podrá nunca orar como se debe orar si no ha desplazado su ego del centro de su vida, y ha dejado que sea Dios Quien lo ocupe. En esta vida tenemos que escoger entre nuestros deseos y la voluntad de Dios. Si escogemos nuestros deseos, nos alejamos de nuestros semejantes y de Dios.

¡Oh gente infiel! ¿No saben ustedes que ser amigos del mundo es ser enemigos de Dios? Cualquiera que decide ser amigo del mundo, se vuelve enemigo de Dios. Por algo dice la Escritura: «Dios ama celosamente el espíritu que ha puesto dentro de nosotros.» Pero Dios nos ayuda más con su bondad, pues la Escritura dice: «Dios se opone a los orgullosos, pero trata con bondad a los humildes.» Sométanse, pues, a Dios. Resistan al diablo, y este huirá de ustedes.
¡Infieles a lo que habéis prometido! ¿Es que no sabéis que amar a este mundo es enemistarse con Dios? El que se propone llevarse bien con el mundo se convierte ipso facto en enemigo de Dios. ¿Creéis que la Escritura dice por nada: «Dios anhela celosamente el espíritu que ha hecho habitar en vosotros?» Pero Dios da mayor gracia. Por eso, también dice la Escritura: «Dios se opone a los soberbios, pero concede Su gracia a los humildes.» Por tanto, someteos a Dios. Resistid al diablo, y huirá de vosotros; manteneos cerca de Dios, y Él estará cerca de vosotros.

La antigua versión Reina Valera (1909) hacía este pasaje todavía más difícil de lo que es. En ella se dirigía la advertencia a adúlteros y adúlteras. En el original se encuentra sólo esta palabra en femenino, por lo que la revisión de 1960 traducía almas adúlteras. Es verdad que no se pretendía que la palabra tuviera aquí su sentido literal; no se hace referencia al adulterio físico, sino espiritual. La idea se basa en la concepción corriente en el Antiguo Testamento de que el Señor es el esposo de Israel, e Israel la esposa del Señor. «Porque tu marido es tu Hacedor; el Señor de los ejércitos es Su nombre» (Isaías 54:5). «Pero como la esposa infiel abandona a su compañero, así prevaricasteis contra Mí, oh casa de Israel, dice el Señor» (Jeremías 3:20). Esta idea del Señor como el marido y de la nación de Israel como la esposa explica la manera en que expresa constantemente el Antiguo Testamento la infidelidad espiritual en términos de adulterio físico.

El hacer un pacto con los dioses de tierras extrañas, y el ofrecerles sacrificios, y el celebrar matrimonios con extranjeros era prostituirse (Éxodo 34:15s). Dios le advirtió a Moisés que llegaría el día en que el pueblo se levantaría y se prostituiría con los dioses de la tierra en que iba a morar, y Le dejaría (Deuteronomio 31:16). Oseas se queja de que el pueblo se ha prostituido y ha olvidado a Dios (Oseas 9:1). Es en este sentido espiritual en el que el Nuevo Testamento habla de una generación adúltera (Mateo 16:4; Marcos 8:38). La alegoría pasó al pensamiento cristiano, en el que se presenta a la Iglesia como la esposa de Cristo (2 Corintios 11:1 s; Efesios 5:24-28;Apocalipsis 19:7; 21:9).

Esta manera de hablar puede escandalizar a algunos oídos modernos; pero contiene una idea preciosa. Quiere decir que el desobedecer a Dios es como romper la promesa matrimonial; que todo pecado es un pecado contra el amor; que nuestra relación con Dios no es distante, como entre un rey y sus súbditos o un amo y sus esclavos, sino íntima como la de marido y mujer. Cuando pecamos quebrantamos el corazón de Dios, como se quebranta el corazón de un cónyuge por la deserción del otro.

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