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Santiago 3: Importancia de dominar la lengua

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«¿Hay alguien entre vosotros que quiera ser un verdadero sabio y un auténtico maestro? Pues que viva una vida tan llena de gracia que demuestre a todos que la amabilidad es la que gobierna su vida y es el poder controlador de su corazón. Porque, si está lleno de fanatismo, y a todas luces controlado por una ambición personal y egoísta, entonces, todo lo que pretenda en su arrogancia, todo lo que haga, estará lejos de la verdad que profesa enseñar.» Santiago usa aquí dos palabras interesantes. La que usa para celo es zélos. Zélos no tiene por qué tener un sentido malo. Podría querer decir, como celo en español, la noble emulación que uno siente cuando se encuentra ante la personificación de la grandeza y de la bondad. Pero a veces hay una línea muy tenue entre la noble emulación y la vulgar envidia. La palabra que usa para ambición egoísta es eritheía, que tampoco tenía originalmente un sentido peyorativo. En un principio quería decir contratar como hilandera, y se empleaba para designar a las asistentas en general. De ahí pasó a significar cualquier trabajo que se hace a sueldo; y luego, la clase de trabajo que no se hace más que por la paga. Luego se introdujo en el campo de la política, y llegó a significar la ambición egoísta que no busca más que el propio encumbramiento, y que está dispuesta a utilizar cualesquiera medios para conseguir su fin. Maestros y profesores tienen siempre una doble tentación.

(i) Los ataca la tentación de la arrogancia. Era el pecado característico de los rabinos. Los más elevados maestros de Israel eran plenamente conscientes de ese peligro. En los Dichos de los padres leemos: «El que es arrogante en sus decisiones es estúpido, malvado, orgulloso de espíritu.» Uno de los sabios aconsejaba: «Tus colegas son libres para seguir o no tu parecer; no se lo tienes que hacer tragar.» Pocos están en tan constante peligro espiritual como los maestros y los predicadores. Están acostumbrados a que los escuchen y a que se acepten sus palabras. Sin darse cuenta llegan a la actitud que ironizaba Shakespeare: ¡Yo soy el Señor Oráculo, y cuando abro los labios, que no ladre perro alguno! Es muy difícil ser maestro o predicador y seguir siendo sencillo; pero es absolutamente necesario.

(ii) Los ataca la tentación de la agresividad. Sabemos lo fácilmente que «la discusión intelectual engendra pasión.» Se conoce también el odium theologicum. Sir Thomas Browne tiene un pasaje sobre el salvajismo que reina entre los investigadores: «Son gente de paz, no llevan armas, pero tienen la lengua más afilada que una navaja de afeitar; llegan más lejos con sus plumas, y hacen más ruido que el trueno; yo preferiría enfrentarme con el ataque de un basilisco antes que a la furia de su pluma despiadada.» Y en España decía alguien a unos extranjeros que objetaban a la crueldad de las corridas de toros, que eso no era nada comparado con la que se desplegaba en las oposiciones a cátedras de universidad.

Una de las cosas más difíciles del mundo es discutir sin pasión, y enfrentarse con los razonamientos sin herir. El estar totalmente convencido de lo que uno cree sin ridiculizar lo que creen otros es sumamente difícil; pero es de primera necesidad para el profesor o el maestro cristiano. Podemos encontrar en este pasaje cuatro características del magisterio que no es como es debido.

(i) Es fanático. Defiende su verdad con violencia desequilibrada más que con convicción razonada.

(ii) Es agresivo. Considera a sus oponentes como enemigos a los que tiene que aniquilar, y no como amigos a los que tiene que convencer.

(iii) Es egoístamente ambicioso. Tiene más interés en desplegarse a sí mismo que en desplegar la verdad; la única victoria que le interesa es la de sus opiniones personales, y no la de la verdad.

(iv) Es arrogante. Está orgulloso de lo que sabe, y no humilde por lo que no sabe. El verdadero intelectual será mucho más consciente de lo que no sabe que de lo que sabe.

Porque esta sabiduría no es la que viene de Dios, sino que es sabiduría de este mundo, de la mente humana y del diablo mismo. Donde hay envidias y rivalidades, hay también desorden y toda clase de maldad;… Esa sabiduría no es la que viene de lo Alto, sino otra que es terrenal, característica del hombre natural, inspirada por el diablo; porque donde hay envidia y ambición egoísta, hay también desorden y toda clase de mal.

Esa llamada sabiduría, agresiva y arrogante, es muy distinta de la sabiduría real. Primeramente, Santiago la describe como es en sí, y después en sus efectos. En sí misma es tres cosas.

(i) Es terrenal. Su nivel y su origen son terrenales. Mide el éxito en términos mundanos; como lo son también sus fines.

(ii) Es característica del hombre natural. La palabra que usa Santiago es difícil de traducir. Es psyjikós, que viene de psyjé. Los antiguos dividían la persona en tres partes: cuerpo, alma y espíritu. El cuerpo (sóma) es nuestro componente físico de carne y sangre o de carne y hueso, como decimos más corrientemente en español; el alma (psyjé) es la vida física que compartimos con todos los seres vivos, y el espíritu (pneuma) es lo característico de la persona, lo que la distingue de los animales y la hace una criatura racional y semejante a Dios. Esto es todo un poco confuso para nosotros, porque tenemos la costumbre de hablar del alma en el sentido que se le daba antiguamente a la palabra espíritu. Santiago está diciendo que esa falsa sabiduría no es más que algo animal; es la clase de sabiduría que hace rugir y atacar a un animal que no tiene más intención que hacer presa o sobrevivir.

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