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Santiago 3: Importancia de dominar la lengua

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El hombre es capaz de dominar toda clase de fieras, de aves, de serpientes y de animales del mar, y los ha dominado; pero nadie ha podido dominar la lengua. Es un mal que no se deja dominar y que está lleno de veneno mortal.
Se puede domar toda clase de fieras, aves, reptiles y aun animales acuáticos, y de hecho se han domado para el servicio de los seres humanos; pero no hay persona que pueda dominar la lengua, que es un mal incontrolable lleno de veneno mortal. La idea de domesticar la creación animal para servicio humano aparece a menudo en la literatura judía. Ya la encontramos en la historia de la Creación. Dios dijo del hombre: «Señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra y en todo animal que se arrastra sobre la tierra» (Génesis 1:26). Ese es el pasaje que Santiago tiene en mente de una manera especial. La misma promesa se le repitió a Noé: «El temor y el miedo de vosotros estarán sobre todo animal de la tierra, y sobre toda ave de los cielos, en todo lo que se mueva sobre la tierra y en todos los peces del mar; y en vuestra mano son entregados» (Génesis 9:2). El autor del Eclesiástico repite la misma idea: «Dios puso el miedo al hombre sobre toda carne, y le dio dominio sobre bestias y aves» (Eclesiástico 17:4). El salmista tenía el mismo pensamiento: «Le hiciste señorear sobre las obras de Tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies; ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar; todo cuanto pasa por los senderos del mar» (Salmo 8:6-8). El mundo romano conocía los peces domesticados, que se tenían en piscinas en el patio central o atrium de las casas romanas. La serpiente era el emblema de Esculapio, y en sus templos había serpientes amaestradas reptando en libertad; que se suponía que eran reencarnaciones del dios. Los enfermos pasaban una noche en el templo de Esculapio; y, si una de esas serpientes domésticas les pasaba por encima, se suponía que habían experimentado el contacto sanador del dios. Los hombres se las han ingeniado para domar todos los animales salvajes en el sentido de controlarlos y servirse de ellos; eso, dice Santiago, es lo que ningún ser humano, por mucho que lo intente, puede hacer con la lengua.

Con la lengua, lo mismo bendecimos a nuestro Señor y Padre, que maldecimos a los hombres creados por Dios a su propia imagen. De la misma boca salen bendiciones y maldiciones. Hermanos míos, esto no debe ser así. De un mismo manantial no puede brotar a la vez agua dulce y agua amarga. Así como una higuera no puede dar aceitunas ni una vid puede dar higos, tampoco, hermanos míos, puede dar agua dulce un manantial de agua salada.

Con la misma lengua bendecimos a Dios Padre, y maldecimos a las personas que están hechas a Su imagen. De la misma boca salen bendición y maldición, cosa que no debería suceder, ¿verdad, hermanos? Seguro que del mismo manantial, que brota de la misma hendidura de la peña, no fluyen agua dulce y agua salada al mismo tiempo. Seguro, hermanos, que una higuera no da aceitunas, ni higos una parra, ni el manantial de agua salada agua dulce, ¿verdad? Sabemos muy bien por propia experiencia que hay una quiebra en la naturaleza humana. Todos tenemos algo de ángeles y algo de simios, algo de héroes y algo de villanos, algo de santos y mucho de pecadores. Santiago está convencido de que donde se presenta esta contradicción más evidentemente es en la lengua. Con ella, dice, bendecimos a Dios. Esto era especialmente importante para los judíos. Siempre que se mencionaba el nombre de Dios, los judíos exclamaban: «¡Bendito sea!» Tres veces al día, el judío practicante tenía que repetir las Semoné Esré, las famosas dieciocho euloguías, bendiciones, cada una de las cuales empezaba: «Bendito seas, oh Dios.» Dios era, sin duda, euloguetós, bendito, al Que se bendecía continuamente. Y, sin embargo, las mismas bocas y lenguas que bendecían a Dios de manera frecuente y piadosa, maldecían a las personas.

Para Santiago eso era absolutamente antinatural, tanto como que una misma fuente fluyera agua dulce y agua salada, o un árbol diera frutos totalmente distintos. Aquello podría estar muy mal y ser contrario a la naturaleza, pero era y es trágicamente corriente. Pedro podía decir: «Aunque tenga que morir contigo, ¡no Te negaré!» (Mateo 26:35), y esa misma lengua suya negaría Jesús poco tiempo después con juramentos y maldiciones (Mateo 26:69-75). El Juan que dijo: «Hijitos, amaos unos a otros,» era el mismo que había querido una vez hacer que lloviera fuego del cielo y arrasara una aldea samaritana (Lucas9:51-56). Hasta las lenguas de los apóstoles podían decir cosas totalmente contradictorias. Juan Bunyan nos dice que «Charlatán» de El Peregrino «Era un santo de puertas para fuera, y un demonio en casa.» Muchos hablan con impecable cortesía a los extraños, y hasta predican el amor y la amabilidad, y saltan y se ponen furiosos por nada con su familia. No es una cosa del otro mundo el usar una lengua muy piadosa el domingo y otra soez y blasfema el lunes. No es nada del otro jueves el que una persona exprese los sentimientos más piadosos un día, y repita las historias más denigrantes al siguiente. Nadie se hace de nuevas cuando una persona habla con dulce misericordia en una reunión de la iglesia, y cuando sale masacra la reputación de alguien con lengua de víbora. Las cosas, dice Santiago, no deberían ser así. Es cierto que algunas drogas son curativas en casos y venenosas a veces; son bendiciones para el que las usa por prescripción médica, pero perjudiciales hasta no poder más cuando se toman incontroladamente. Así la lengua puede bendecir y maldecir; puede producir o mitigar el dolor; puede decir las cosas más delicadas, o las más ofensivas. Es uno de los deberes más difíciles y obvios el impedir que la lengua no se contradiga a sí misma, sino que diga siempre tales cosas, y de tal manera, como querríamos que Dios pudiera oír.

Si entre ustedes hay alguno sabio y entendido, que lo demuestre con su buena conducta, con la humildad que su sabiduría le da. Pero si ustedes dejan que la envidia les amargue el corazón, y hacen las cosas por rivalidad, entonces no tienen de qué enorgullecerse y están faltando a la verdad. ¿Hay alguien entre vosotros que sea sabio e inteligente? Pues que demuestre por la amabilidad de su conducta que todo lo que hace lo hace con buena intención. Pero, si tenéis en el corazón un celo amargo y una ambición egoísta, no os chuleéis arrogantemente de vuestros triunfos, porque estaríais falsificando la verdad.

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