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Santiago 3: Importancia de dominar la lengua

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(ii) No hay pecado en el que sea más fácil caer ni de peores consecuencias que los pecados de la lengua. También esta idea se encuentra entretejida en el pensamiento judío. Jesús nos ha advertido que tendremos que dar cuenta de toda palabra ociosa que se nos escape. «Por tus palabras se te exculpará o se te inculpará» (Mateo 12: 36s). «Una respuesta suave aplaca la ira, pero la expresión áspera la provoca… Una lengua gentil es como un árbol de vida; pero una perversa quebranta el espíritu» (Proverbios 15:1-4). De todos los sabios judíos, Jesús Ben Sirá, el autor del Eclesiástico, era el que más impresionado estaba con las potencialidades aterradoras de la lengua. «La honra y la vergüenza están en la conversación; y en la lengua del hombre está su caída. Que no se diga que eres chismoso, ni aceches con la lengua; porque como al ladrón le espera una vergüenza difamante, así también una mala condenación al de doble lengua… No te conviertas en enemigo en vez de en amigo; porque si no heredarás mala fama, vergüenza y reproches; eso es lo que le pasa al pecador que tiene una doble lengua» (Eclesiástico 5:13-6:1). «Bendito sea el hombre que no resbala con la boca» (14:1). «¿Quién es aquel que no ha ofendido con la lengua?» (19:15). «¿Quién le pondrá guarda a mi boca, y un sello de sabiduría a mis labios, para que no caiga de repente por su culpa, y mi propia lengua me destruya?» (22:27). Tiene un pasaje extenso que es tan noble y apasionado que vale la pena citarlo completo: ¡Maldito sea el murmurador y el de doble lengua! Porque han destruido a muchos que vivían en paz. Una lengua de víbora ha robado la tranquilidad a muchos, desterrándolos de nación en nación; ha derribado fuertes ciudades, y arrasado las casas de grandes hombres. Ha descuartizado las fuerzas del pueblo, y destrozado naciones fuertes. Una lengua viperina ha desechado a mujeres virtuosas, privándolas de sus labores. Quienquiera que le preste atención, no conocerá el reposo, ni vivirá nunca ya tranquilo, ni tendrá un amigo a quien pueda confiarse. El latigazo deja una cicatriz en el cuerpo; pero el golpe que se da con la lengua rompe los huesos. Muchos han caído a filo de espada; pero no tantos como los que han sido víctimas de la lengua. Bien se encuentra el que está a cubierto de ella, y no ha pasado por su veneno; el que no ha llevado su yugo, ni ha sido uncido a su carreta. Porque su yugo es férreo; y sus correas, broncíneas. La muerte que causa es sobremanera cruel; mejor sería la tumba que caer en sus manos… Cuídate de cercar tus posesiones de espinos, y atar bien tu plata y tu oro, y pesar en balanza tus palabras y ponerle brida a tus labios y a trancar la puerta de tu boca. Manténte en guardia para no resbalar con ella, no sea que caigas ante el que yace al acecho, y tu caída sea tan irremediable como la muerte (Eclesiástico 28:13-26).

Cuando ponemos freno en la boca a los caballos para que nos obedezcan, controlamos todo su cuerpo. Y fíjense también en los barcos: aunque son tan grandes y los vientos que los empujan son fuertes, los pilotos, con un pequeño timón, los guían por donde quieren. Fijaos en los navíos también: por muy grandes que sean y aunque los impulsen vientos impetuosos, cómo se puede gobernar su curso con un timón relativamente muy pequeño por donde quiere el timonel. Pues así es la lengua: un miembro del cuerpo pequeñito pero matón. Se le podría discutir a Santiago el terror que le tiene a la lengua, tratándose de una parte del cuerpo tan pequeña que no se la puede tener en cuenta ni darle tanta importancia. Para contestar a esa objeción, Santiago pone dos ejemplos de cosas pequeñas que controlan otras muy grandes.

(i) A los caballos les ponemos el freno en la boca porque sabemos que, si les controlamos la boca, podemos dirigir todo su cuerpo. De la misma manera, dice Santiago, si podemos controlar la lengua, tenemos el resto del cuerpo a nuestras órdenes; y si no podemos controlar la lengua, todo lo demás de la vida irá por mal camino.

(ii) El timón es muy pequeño en comparación con todo el navío; y sin embargo, al hacer presión en ese instrumento tan pequeño, el timonel puede dirigir el rumbo del navío y llevarlo al puerto. Mucho antes, ya Aristóteles había usado esta misma ilustración cuando estaba hablando de la ciencia de la mecánica: «Un timón es pequeño, y se encuentra situado en el último extremo de la nave; pero tiene tal poder que, por medio de él, y con la fuerza de una sola persona –y ejercida esa fuerza moderadamente– se puede dirigir la mole considerable de los barcos.» La lengua también es pequeña, pero puede dirigir todo el curso de la vida de una persona, y más. Filón llamaba a la mente el conductor y el piloto de la vida de una persona. Cuando la mente está en control de cada palabra, y ella misma está controlada por Cristo, la vida está a salvo. Santiago no dice de momento que el silencio sea mejor que las palabras. No está defendiendo una manera trapense de vivir, en la que la conversación esté prohibida. Lo que sí propone es que se mantenga a raya la lengua.

El griego Aristipo tuvo un dicho agudo: «El que domina el placer no es el que nunca lo experimenta, sino el que lo controla como el jinete guía al caballo el timonel el barco, dirigiéndolo adonde quiera que vaya.» La abstención de una cosa no es nunca un sustituto completo del control de su uso. Santiago no propone que guardemos silencio cobarde o culpablemente, sino que usemos el lenguaje con sabiduría.

Lo mismo pasa con la lengua; es una parte muy pequeña del cuerpo, pero es capaz de grandes cosas. ¡Qué bosque tan grande puede quemarse por causa de un pequeño fuego! Y la lengua es un fuego. Es un mundo de maldad puesto en nuestro cuerpo, que contamina a toda la persona. Está encendida por el infierno mismo, y a su vez hace arder todo el curso de la vida.
Fijaos en cómo se puede extender un pequeño fuego por todo un gran bosque. Pues la lengua es como ese pequeño fuego, que representa en medio de nuestros miembros todo lo malo que hay en el mundo; porque contamina todo el cuerpo, y le prende fuego al círculo recurrente de la creación, y ella misma arde con el fuego del infierno. El daño que puede causar la lengua es como el de un fuego en el bosque.

La figura del fuego del bosque es frecuente en la Biblia. El salmista Le pide a Dios que haga que los malos sean como la paja ante el viento; y que Su tempestad los destruya como el fuego arrasa el bosque y la llama hace arder las montañas (Salmo 83:13s). Isaías dice que «la maldad prende como el fuego, devorando cardos y espinos; y arde en la espesura de la breña» (Isaías 9:18). Zacarías habla de «un brasero ardiendo donde hay mucha leña, y un hachón de fuego en medio de las gavillas» (Zacarías 12:6). Apunta a algo que los judíos de Palestina conocían muy bien. En la estación seca, la maleza y el monte bajo ardían tan fácilmente como la estopa. Si se producía un fuego, las llamas se extendían como una ola imposible de detener. La imagen de la lengua como un fuego también es común en la literatura hebrea. «El hombre perverso cava en busca del mal, y en sus labios hay como llama de fuego» (Proverbios 16:27). «Porque el hombre iracundo encenderá la quistión… Conforme a la materia, así se encenderá el fuego; y conforme a la vehemencia de la quistión se encenderá el ardor. . . La contienda apresurada enciende el fuego. . . Si soplares la centella, encenderse ha como fuego. . .» (Eclesiástico 28:11-14, Biblia del Oso). Hay dos razones por las que el daño que causa la lengua es como un incendio.

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