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Santiago 2: La fe y las discriminaciones

Hermanos míos: ¿Para qué sirve el que uno pretenda tener fe si no lo demuestra con obras? ¿Es que una fe a secas puede salvar a alguien? Si un hermano o una hermana no tienen qué ponerse, o no tienen lo necesario para mantenerse de día en día, y uno de vosotros les dice: «¡Vete en paz, y que te calientes y alimentes!», pero no los ayuda con lo que necesitan para su existencia, ¿qué provecho reporta una actitud así? Pues eso es lo que pasa cuando la fe no produce obras que se vean; en sí misma es una cosa muerta. Lo que Santiago no puede soportar es la profesión sin la práctica, las palabras sin acciones. Escoge una ilustración muy clara de lo que quiere decir. Supongamos que hay uno que no tiene ni ropa que ponerse ni alimento que llevarse a la boca; y supongamos que tiene un supuesto amigo que le expresa su identificación con su difícil situación, pero lo hace sólo con palabras y sin hacer el más mínimo esfuerzo para aliviar la necesidad de su desafortunado amigo, ¿qué utilidad tiene una actitud así? ¿Para qué sirve una compasión que no pasa a la ayuda práctica? La fe sin obras es una cosa muerta. Este es un pasaje que tendría sentido especialmente para los judíos.

(i) Para un judío, la limosna tenía una importancia suprema. Tanto era así que se usaba la misma palabra para limosna y para justicia o integridad. La limosna se consideraba como la única defensa de una persona cuando Dios la juzgara. «El agua apaga un fuego llameante –escribe Ben Sirá–; y la limosna hace expiación por el pecado» (Eclesiástico 3:30). En Tobías leemos: «Todos los que practiquen la limosna verán el rostro de Dios, como está escrito: “Contemplaré Tu rostro gracias a la limosna”» (Tobías 4:8-10). Cuando los líderes de la iglesia de Jerusalén dieron su conformidad a que Pablo se dirigiera a los gentiles, la única condición que le pusieron fue que no se olvidaran de los pobres (Gálatas 2:10). Esta insistencia en la ayuda práctica era una de las grandes y buenas señales de la piedad judía.

(ii) ‘Había una tendencia en la religiosidad griega a la que esta insistencia en la compasión y la limosna resultaría extraña. Los estoicos tendían a la apatheía, la total carencia de sentimientos. La finalidad de la vida era la serenidad. La emoción disturba la serenidad. El camino a la perfecta calina era la supresión de toda emoción» La piedad era una mera alteración de la distante calma filosófica en la que uno debería proponerse vivir. Así, Epicteto establece que sólo el que desobedece los mandamientos divinos sentirá alguna vez lástima o piedad (Discursos 3:24, 43). Cuando Virgilio (en las Geórgicas 2:498) hace el retrato del hombre perfectamente feliz, menciona que no tiene piedad de los pobres, ni compasión de los afligidos; porque tales emociones desequilibrarían su serenidad. Esa actitud es la opuesta a la judía. Para los estoicos, la bienaventuranza consistía en mantenerse arropado en su propia calma filosófica y desconectada; para los judíos quería decir involucrarse voluntaria y activamente en las desgracias ajenas.

(iii) En su planteamiento de este asunto, Santiago es profundamente correcto. No hay nada más peligroso que la experiencia repetida de una emoción sutil que no conduce a la acción. Es un hecho que cada vez que uno siente un noble impulso y no lo lleva a la práctica se hace menos probable el que llegue nunca a realizarlo. En cierto sentido es cierto que nadie tiene derecho a sentir compasión a menos que por lo menos haga lo posible por concretarla en acción. Una emoción no es nada, en lo que nos podamos regodear; sino algo que, al precio del esfuerzo, la disciplina y el sacrificio, debe convertirse en la misma sustancia de la vida.

Pero a esto dirá alguien: «¿Y tú tienes fe?» Y mi respuesta es: «Tengo obras. Enséñame tu fe separada de las obras, que yo te enseñaré mi fe por medio de mis obras. Tú dices que crees que hay Dios. ¡Excelente! Eso también lo creen los demonios. . . y se mueren de miedo.»

Santiago está pensando en un posible objetor que le dice: «La fe está muy bien; pero también las obras están muy bien. Las, dos cosas son manifestaciones genuinas de la actitud verdaderamente religiosa. Pero no le es necesario a una sola persona el tener las dos cosas. Uno tendrá fe, y otro tendrá obras. Así que, está bien; tú sigue con tus obras, y yo seguiré con mi fe; y los dos somos sinceros a nuestra manera.»

El punto, de vista del objetor es que la fe y las obras son distintas alternativas en la expresión de la religión cristiana. Pero Santiago no admitiría eso. No es cosa de o fe u obras, sino por necesidad de tanto fe como obras. Desgraciadamente, el Cristianismo se les presenta falsamente a muchos como una cuestión de o, o cuando la realidad es que es tanto. . . como.

(i) En una vida bien equilibrada debe haber pensamiento y acción: Es corriente y tentador el pensar que uno es un pensador, o un hombre de acción. El pensador se sienta en su despacho considerando las grandes cuestiones; el hombre de acción sale a la calle a hacer lo que puede: Pero eso no es cierto: El pensador no es más que medio hombre a menos que traduzca sus pensamientos a acciones. No llegará ni a inspirar al hombre de acción a menos que salga de, su torre de marfil y se meta en la campo de batalla con él. Como decía Antonio Machado: ¿Tu verdad? No, la Verdad, y ven conmigo a buscarla. ¡La tuya, guárdetela !Ni tampoco puede ser uno un hombre de acción si no ha pensado los grandes principios en los que se inspiran y basan las obras:

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