Santiago 2: La fe y las discriminaciones

Aquí tenemos la misma escena. Hasta se sospecha que el que esté dirigiendo el culto se sienta inclinado a interrumpirlo para llevar al recién llegado rico a un sitio honorable. No cabe duda que habría problemas sociales en la Iglesia Primitiva. La iglesia era el único lugar del mundo antiguo en el que no existían diferencias. Al principio tiene que haber habido alguna timidez inicial cuando el amo se sentaba en el mismo banco que su esclavo, o cuando llegaba el amo y se encontraba que era su esclavo el que estaba dirigiendo el culto y administrando los sacramentos. La sima entre el esclavo –que para la ley no era más que una herramienta viva– y el amo era tan profunda que causaría problemas por los dos lados. Además, en sus principios la Iglesia era predominantemente pobre y humilde; y por tanto, si un rico se convertía e incorporaba a la comunión fraternal, existiría la tentación de darle importancia y tratarle como un trofeo especial del Señor. La iglesia debe ser el único lugar en el que desaparecen todas esas diferencias. No puede haber diferencias de rango y prestigio cuando las personas se reúnen en presencia del Rey de la gloria. No puede haber diferencias de méritos cuando las personas se reúnen en la presencia de la suprema santidad de Dios. En Su presencia, todas las diferencias terrenales son menos que polvo, y toda dignidad humana como trapos de inmundicia.

En la presencia de Dios, la humanidad es solo una. En el versículo 4 hay un problema de traducción. La palabra diakrithéte puede tener dos significados.

(i) Puede querer decir: «Estás dando bandazos en tus juicios si actúas de esa manera.» Es decir. «Si tratas con más honores a los ricos, estás vacilando entre las escala de valores del mundo y la de Dios, y no puedes estar seguro de cuál es la que debes aplicar.»

(ii) O puede querer decir: «Eres culpable de hacer diferencias de clase, que no deben existir en la comunidad cristiana.»

Preferimos el segundo significado, porque Santiago pasa a decir: «Si obráis así, sois como jueces que tienen malos pensamientos.» Es decir: «Estáis quebrantando el mandamiento del Que dijo: «No juzguéis, y no seréis juzgados» (Mateo 7:1).

Queridos hermanos míos, oigan esto: Dios ha escogido a los que en este mundo son pobres, para que sean ricos en fe y para que reciban como herencia el reino que él ha prometido a los que lo aman; ustedes, en cambio, los humillan. ¿Acaso no son los ricos quienes los explotan a ustedes, y quienes a rastras los llevan ante las autoridades? ¿No son ellos quienes hablan mal del precioso nombre que fue invocado sobre ustedes?

Escuchadme bien, queridos hermanos: ¿Es que no fue a los que son pobres según el mundo a los que Dios escogió para que sean ricos por su fe y herederos del Reino que ha prometido a los que Le aman? ¿Y vosotros despreciáis a los pobres? ¿Es que no son precisamente los ricos los que os oprimen, y os arrastran a los tribunales? ¿Y no son ellos los que blasfeman el Nombre glorioso por el que habéis sido llamados? «Dios –decía Abraham Lincoln– tiene que querer mucho a las personas sencillas, porque ha hecho un montón.» El Evangelio siempre ha concedido prioridad a los pobres. En el primer sermón de Jesús en la sinagoga de Nazaret, su proclama fue: «¡Dios me ha ungido para que les anuncie la Buena Noticia a los pobres!» (Lucas 4:18). Su respuesta a la pregunta del perplejo Juan de si era Él el Escogido de Dios culminó en la afirmación: «¡Y a los pobres se les proclama el Evangelio!» (Mateo 11:5). La primera de las Bienaventuranzas fue: «¡Bienaventurados los pobres en espíritu, porque suyo es el Reino del Cielo!» (Mateo 5:3). Y Lucas es aún más concreto: «¡Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios!» (Lucas 6:20).

Durante el ministerio de Jesús, cuando Le cerraron las puertas de las sinagogas y salió a los caminos, los cerros y las costas, fue a las multitudes de hombres y mujeres corrientes a los que dirigió Su mensaje. En los días de la Iglesia Primitiva era a las multitudes, a las que se dirigían los predicadores callejeros. De hecho, el Evangelio proclamaba que eran los que no les importaban a los poderosos ni a los ricos los que Le importaban supremamente a Dios. «Porque, hermanos, tened presente quiénes sois los que Dios ha llamado –decía Pablo–: no había muchos entre vosotros que fuerais lo que el mundo considera sabios, o poderosos, o aristócratas» (1 Corintios1:26). No es que Cristo y la Iglesia no quieran a los grandes y a los ricos y a los sabios y a los poderosos; tenemos que estar en guardia contra la cursilería contraria, como ya hemos visto. Pero estaba claro que el Evangelio ofrecía tanto a los pobres y exigía tanto de los ricos que eran los pobres los que estaban más dispuestos a entrar en la iglesia. Era también la gente corriente la que escuchaba a Jesús de buena gana, y el joven rico el que se retiró con tristeza, porque tenía muchas posesiones.

Santiago no les cierra la puerta a los ricos ni mucho menos; está diciendo que el Evangelio de Cristo les resulta especialmente atractivo a los pobres, porque son bien recibidos los que no tenían a nadie que los recibiera, y porque se sienten apreciados los que el mundo considera que no valen nada. En la sociedad en la que vivía Santiago, los ricos oprimían a los pobres. Los arrastraban a los tribunales, probablemente por deudas. En el límite inferior de la escala social la gente era tan pobre que a duras penas podía vivir, y los prestamistas eran abundantes y despiadados. En el mundo antiguo existía la costumbre del arresto sumario. Si un acreedor se encontraba con un deudor en la calle, le podía agarrar por el cuello de la ropa, casi ahogándole, y llevarle a rastras literalmente al tribunal. Eso era lo que los ricos hacían con los pobres. No tenían compasión; querían hasta el último céntimo.

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