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Santiago 2: La fe y las discriminaciones

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Ustedes, hermanos míos, que creen en nuestro glorioso Señor Jesucristo, no deben hacer discriminaciones entre una persona y otra. Hermanos, no podéis creer que tenéis fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo, y sin embargo seguir haciendo discriminaciones.

La frase «hacer acepción de personas» se encuentra frecuentemente en muchas biblias; quiere decir obrar con parcialidad a favor de alguien porque es rico o influyente –o goza de popularidad. Es una falta que toda la Biblia condena insistentemente. Los líderes ortodoxos judíos no tuvieron más remedio que admitir que Jesús no hacía acepción de personas (Lucas 20:21; Marcos 12:14; Mateo 22:16). Después de la visión del lienzo con animales limpios e inmundos, Pedro aprendió que Dios no hace acepción de personas (Hechos 10:34). Pablo estaba convencido de que los judíos y los gentiles reciben el mismo juicio de Dios, porque Dios no tiene favoritos (Romanos 2:11). Esta es una verdad en la que Pablo insiste a menudo (Efesios 6:9; Colosenses 3:25). La palabra original es curiosa: prosópolémpsía. El nombre viene de la expresión prosópon lambánein. Prosópon es la cara; y lambánein quiere decir aquí levantar. La expresión griega es una traducción literal de la hebrea nasá panim, que quiere decir exactamente lo mismo. El levantar la cara de alguien, en lugar de hacer que bajara la cabeza o que se le cayera la cara de vergüenza, era tratarle favorablemente. En su origen no era una expresión mala. Simplemente quería decir aceptar a una persona como buena. Malaquías pregunta si al gobernador le caerán bien y aceptará las personas de los que le traigan regalos indignos (Malaquías 1:8s).

Pero la expresión adquirió rápidamente un sentido malo. Pronto llegó a significar, no tanto el favorecer a una persona como el mostrar favoritismo, dejarse uno influir indebidamente por la posición social, el prestigio, el poder o la riqueza de una persona. Malaquías pasa a condenar ese mismo pecado cuando Dios acusa a Su pueblo de no cumplir Sus leyes y de ser parciales en sus juicios (Malaquías 2: 9). La gran característica de Dios es Su absoluta imparcialidad. En la ley estaba escrito: «No cometerás injusticia, en el juicio, ni favoreciendo al pobre ni complaciendo al grande; con justicia juzgarás a tu prójimo» (Levítico 19:15). Aquí se hace hincapié en algo que es de capital importancia. Un juez puede ser injusto, tanto por someterse al poderoso, como para presumir de, favorecer al pobre. «El Señor –decía Ben Sirá– es Juez, y no hace acepción de personas» (Eclesiástico 35:12). Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento condenan la parcialidad en el juicio y el favoritismo en el trato que proviene de darle una importancia indebida a la posición social, riqueza o influencia. Y es una falta a la que todos somos más o menos propensos. «El rico y el pobre se encontraron; a ambos los hizo el Señor» (Proverbios 22:2). «No está bien –dice Ben Sirá– despreciar al pobre que tiene entendimiento; ni tampoco engrandecer al pecador porque tiene dinero» (Eclesiástico 10:23). Haremos bien en recordar que es tan discriminatorio consentir a la multitud como doblegarse al tirano.

Supongamos que ustedes están reunidos, y llega un rico con anillos de oro y ropa lujosa, y lo atienden bien y le dicen: «Siéntate aquí, en un buen lugar», y al mismo tiempo llega un pobre vestido con ropa vieja, y a este le dicen: «Tú quédate allá de pie, o siéntate en el suelo»; entonces están haciendo discriminaciones y juzgando con mala intención.

Porque, si entra uno en vuestra reunión con todos los dedos llenos de anillos de oro y vestido con ropa elegante, y entra otro pobre vestido de cualquier manera, y os deshacéis en atenciones con el elegante y le decía: ¿Hace usted el favor de acomodarse aquí? Y al pobretón le decís: ¡Tú quédate ahí de pie!, o ¡Ponte en cuclillas en el suelo por debajo de mi estrado! Al obrar así, ¿no habéis hecho discriminación con vuestra actitud, y os habéis erigido en jueces movidos por malos pensamientos?

Santiago temía que el esnobismo pudiera invadir la iglesia. Traza la caricatura de dos hombres que entran en la reunión, uno vestido lujosamente y con los dedos llenos de anillos de oro, y el otro; como podía. Los más ostentosos llevaban anillos en todos los dedos menos el corazón, y hasta más de uno en cada dedo. A veces hasta alquilaban anillos para lucirlos cuando querían dar la impresión de que eran muy, ricos. «Adornamos nuestros dedos con anillos –decía Séneca–, y nos colocamos joyas hasta en los nudillos.» Clemente de Alejandría recomendaba que los cristianos no llevaran más que un anillo, y en el dedo meñique. Debería llevar algún emblema cristiano, como una paloma, un pez o un ancla; y se podría justificar su uso si servia de sello.

Llega a la reunión un tipo elegante con más anillos que dedos. Y llega también un pobre, con la única ropa que tiene y sin joyas ni adornos: Al rico se le acomoda ceremoniosa y respetuosamente en un lugar especial, mientras que al pobre se le dice que se quede de pie o que se ponga en cuclillas en algún rincón; no se le ofrece ni un taburete para sentarse. No daremos por sentado que se trata de una exageración si nos fijamos en las indicaciones que se dan en algunos libros de orden eclesiástico. Ropes cita un pasaje típico del tratado etíope Estatutos de los apóstoles: «Si entra un hombre o una mujer vestidos lujosamente, ya sean del lugar o de fuera, que son hermanos, tú, presbítero, cuando expongas la Palabra de Dios o cuando leas, no hagas discriminación ni abandones tu ministerio para asegurarte de que se les asignan buenos sitios, sino quédate tranquilo, que ya los recibirán los hermanos; y si no queda sitio, cualquiera que tenga amor a los hermanos se levantará y les dejará el suyo. Y si un pobre o una pobre del distrito o de fuera entrara y no hubiera sitio para ellos, tú, presbítero, búscales un lugar de todo corazón, aunque tengas que ser tú el que se siente en el suelo, para que no se le dé la máxima importancia a nadie nada más que a Dios.»

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