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Santiago 1: Saludo

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Desde el principio del tiempo, el instinto del hombre ha sido echarle las culpas de su pecado a otro. El antiguo autor que escribió la historia del primer pecado en el Jardín del Edén era un psicólogo estupendo con un conocimiento profundo del corazón humano. Cuando Dios enfrentó a Adán con su primer pecado, la respuesta de Adán fue: «La mujer que me diste para que estuviera conmigo me dio del árbol, y por eso lo comí.» Y cuando Dios enfrentó a la mujer con su acción, Le contestó: «Fue la serpiente la que me engañó para que comiera.» Adán dijo: «Yo no tengo la culpa. Fue Eva.» Y Eva dijo: «Yo no tengo la culpa. Fue la serpiente» Génesis 3:12s.

Los humanos siempre hemos sido expertos en el arte de la evasión. Les echamos las culpas a las circunstancias, a los demás, hasta a nuestro propio temperamento, por el pecado del que somos culpables.

Santiago reprende firmemente ese punto de vista. Para él, lo único que es responsable del pecado son los malos deseos de cada uno. El pecado sería inoperante si no hubiera nada en la persona a lo que apelara. El deseo es siempre algo que se puede alentar o rechazar. Se puede controlar y hasta, por la gracia de Dios; eliminar, si no se deja para mañana. Pero si dejamos que los pensamientos se nos vayan por ciertos senderos, y los pasos nos lleven a ciertos lugares, y los ojos se fijen en ciertas cosas… fomentamos el deseo. Uno siempre puede entregarse a Cristo y ocuparse de cosas buenas tan totalmente que no le quede ni tiempo ni sitio para los malos pensamientos. Es para los desocupados para los que Satanás encuentra faenas que hacer. Son la mente indisciplinada y el corazón no comprometido los que son vulnerables. Si se alienta el deseo suficientemente, seguro que traerá consecuencias. El deseo engendra la acción.

Además, la enseñanza judía decía que el pecado produce la muerte. La vida de Adán y Eva cuenta que, en cuanto Eva comió el fruto, percibió un atisbo de la muerte. La palabra que usa Santiago en el versículo 15, y que la versión Reina Valera traduce engendra (1909) o da a luz la muerte (1960) es la palabra que se usa con los animales cuando desovan o paren. Dominado por el deseo, el hombre se rebaja al nivel de la creación irracional.

El gran valor de este pasaje está en que atribuye al hombre su verdadera responsabilidad por el pecado. Ninguno nacemos libres de deseos por cosas prohibidas; y, si animamos y alimentamos esos deseos hasta que llegan a ser grandes y monstruosamente fuertes, desembocarán inevitablemente en acciones que son pecado y ese es el camino que conduce a la muerte. Esta idea y toda la experiencia humana admite que es verdad- debe lanzarnos a los brazos de la gracia de Dios, que es lo único que nos puede hacer y mantener limpios, y que está al alcance de todos.

Queridos hermanos míos, no se engañen: todo lo bueno y perfecto que se nos da, viene de arriba, de Dios, que creó los astros del cielo. Dios es siempre el mismo: en él no hay variaciones ni oscurecimientos. Él, porque así lo quiso, nos dio vida mediante el mensaje de la verdad, [a] para que seamos los primeros frutos de su creación.

Una vez más Santiago hace hincapié en la gran verdad de que todos los dones que Dios envía son buenos. El versículo 17 podría traducirse: «Todo dar es bueno.» Es decir, que no hay nada que venga de Dios que no sea bueno.

La frase todo lo bueno y perfecto que se nos da, que se traduce en el original griego como «todos los dones buenos y los beneficios perfectos» es, de hecho, un perfecto verso exámetro en poesía. O Santiago tenía un sentido extraordinario del ritmo poético, o está citando aquí no sabemos de dónde.

En lo que está insistiendo es en la inmutabilidad de Dios. Para ello hace uso de dos términos de astronomía. La palabra que usa para mutabilidad es paral lagué, y la palabra para las sombras fugaces es tropé. Las dos palabras expresan los cambios de los cuerpos celestes, las variaciones en la duración del día y de la noche, en el recorrido del Sol, las fases de la Luna, las diferencias de brillo de las estrellas y los planetas en diferentes épocas. La variabilidad es una característica de todas las cosas creadas. Dios es el Creador de las lumbreras celestes. La oración judía de la mañana dice: «Bendito sea el Señor Dios, que ha hecho las lumbreras.» Estas cambian, pero el Que las ha hecho no.

El propósito de Dios es la manifestación de Su gracia. La Palabra de la verdad es el Evangelio; y el propósito de Dios al enviarlo es que el hombre nazca de nuevo a una nueva vida. Las sombras desaparecen cuando la Palabra de verdad aparece. Ese nuevo nacimiento nos introduce en la familia y propiedad de Dios. En el Antiguo Testamento era ley el que todos los primeros frutos eran consagrados a Dios. Se Le ofrecían a Dios en un culto de acción de gracias, porque Le pertenecían. Así que, cuando nacemos de nuevo por la Palabra verdadera del Evangelio, pasamos a ser propiedad de Dios, como se hacía con los primeros frutos de la cosecha.

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