Santiago 1: Saludo

Santiago, el esclavo de Dios y del Señor Jesucristo, envía saludos a las doce tribus que están esparcidas por todo el mundo.

La carta está dirigida a las doce tribus de la diáspora. Prácticamente, los mismos destinatarios de la primera de Pedro. En ambos casos el autor se dirige a los que viven en la diáspora, es decir, fuera de Palestina. Pero como se dirige a lectores cristianos, la palabra «diáspora» debe ser entendida metafóricamente las «doce tribus de Israel» designan a la Iglesia universal; la Iglesia cristiana es el nuevo Israel, el verdadero sucesor del antiguo pueblo de Dios.

En la antigüedad era común empezar las cartas con un saludo. Así lo hacen también los autores del Nuevo Testamento al escribir sus epístolas, si exceptuamos la epístola a los Hebreos y la primera de San Juan, que no lo tienen. En el caso de Santiago está reducido al mínimo. Se nombra afirmando ser siervo de Jesucristo, de donde le viene toda la autoridad doctrinal; se indican los destinatarios y se da el saludo.

Santiago, era un nombre muy frecuente entre los judíos. Se trata, como ya hemos dicho de Santiago obispo de Jerusalén y hermano del Señor. Aquí se presenta humildemente como siervo de Dios y del Señor Jesucristo. En la Sagrada Escritura, el término siervo (dulos en griego y ebed en hebreo) tiene con frecuencia un sentido religioso. Se llamaban “siervos de Dios” los israelitas que se distinguían por su fidelidad al Señor, como los patriarcas, los profetas, los reyes buenos, los justos en general, e incluso el mismo Mesías es designado con el nombre de Siervo de Yahvé en Isaías 42-66. En el Nuevo Testamento, los apóstoles son llamados “siervos del Señor” y también todos los cristianos. San Pablo se designa a sí mismo con este título.

Santiago, al presentarse como siervo de Dios, quiere significar que su persona, su vida, su autoridad, vienen como a constituir una especie de servicio, de ministerio religioso, de acto de culto en honor de Dios y de Jesucristo. El es el siervo del Señor Jesucristo. Esta fórmula o apelación es muy antigua, y designa al Mesías Señor, constituido jefe de la humanidad regenerada en el día de su resurrección.

Las doce tribus que están en la Dispersión (diáspora en griego): expresión que, en su sentido literal, designa a los judíos que quedaron esparcidos entre las naciones después del cautiverio babilónico. Aquí abarca a los creyentes en Cristo esparcidos en el mundo, incluidos los de procedencia judía. Santiago dirige su carta a las doce tribus de la Dispersión, que designaban en aquel tiempo a todos los cristianos de origen judío que vivían dispersos fuera de Palestina. En la antigüedad israelita, la expresión Dispersión servía para designar a los judíos emigrados de Palestina. Sin embargo, algunos comentaristas consideran las doce tribus de la Dispersión como sinónimo del nuevo Israel o de la Iglesia. En cuyo caso la epístola iría dirigida a todos los cristianos, fuesen judíos o paganos.

Después de mencionar al autor y a los destinatarios de la epístola, viene el saludo «Saludos (jairein)» . Esta forma de saludo, corriente entre los griegos, significa propiamente Regocijaos. Se encuentra frecuentemente en los autores clásicos. También se emplea una forma parecida en Mt 26:49; 28:9, y Lc 1:28. San Pablo, en cambio, prefiere la fórmula gracia y paz, del mismo modo que San Pedro. Los orientales saludaban con la expresión “la paz sea con vosotros. ”

Es posible que Santiago haya escogido de propósito el saludo griego, con el fin de que le sirviera de antesala para precisar, en el versículo siguiente, el carácter religioso de la alegría que desea a sus fieles.

Santiago se identifica al principio de su carta con el título que encierra todo su honor y su única gloria, el esclavo de Dios y del Señor Jesucristo. Con la excepción de Judas, es el único autor del. Nuevo Testamento que se atribuye ese término (dulos, en Griego) sin más cualificación. Pablo se describe como esclavo y apóstol de Jesucristo (Romanos 1:1; Filipenses 1:1). Pero Santiago no pasa de llamarse el esclavo de Dios y del Señor Jesucristo. Este título tiene por lo menos cuatro implicaciones.

(i) Implica una obediencia absoluta. El esclavo no tiene más ley que la palabra de su amo; no tiene derechos propios; es propiedad absoluta de su amo, y está obligado a rendirle a su amo una obediencia incondicional.

(ii) Implica una humildad absoluta. Es la condición de un hombre que no piensa en sus privilegios sino en sus deberes, no en sus derechos sino en sus obligaciones. Es la palabra que describe a un hombre que se ha perdido a sí mismo en el servicio de Dios.

(iii) Implica una lealtad absoluta. Es la posición de un hombre que no tiene intereses propios, porque todo lo que hace lo hace para Dios. Su provecho y sus preferencias personales no entran en sus cálculos: Le debe su lealtad a Dios.

(iv) Sin embargo, en esta palabra se encierra su gloria. Lejos de ser un título deshonroso es el que se aplicaba a las grandes figuras del Antiguo Testamento. Moisés era el dulos, en hebreo ébed, de Dios (1 Reyes 8:53; Daniel 9:11; Malaquías 4:4); así se llamaban también Josué y Caleb (Josué 24:29; Números 14:24); así también los grandes patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob (Deuteronomio 9:27); y Job (Job l: 8); e Isaías (1saías 20:5); y dulos es el título distintivo por el que se conocían los profetas (Amós 3:7; Zacarías 1:6; Jeremías 7: 25). Al tomar el título de dulos, Santiago se coloca en la gran línea sucesoria de los que hallaron la libertad y la paz y la gloria en la perfecta sumisión a la voluntad de Dios. La única grandeza a la que un cristiano puede aspirar es a la de ser esclavo de Dios.

Hay algo poco corriente en el saludo inicial de esta carta. Santiago manda saludos a sus lectores usando la palabra jairein, que es la que se solía usar en las cartas personales en griego. Pablo no la usa nunca, sino siempre el saludo distintivo de los cristianos «Gracia y paz» (Romanos 1:7; 1 Corintios 1:3; 2 Corintios 1:2; Gálatas 1:3; Efesios 1:2; Filipenses 1:2; Colosenses 1:2; 1 Tesalonicénses 1:1; 2 Tesalonicenses 1:2; Filemón 3). El saludo corriente griego sólo aparece dos veces en el resto del Nuevo Testamento: en la carta que dirige el oficial romano Claudio Lisias a Félix para garantizar la seguridad del viaje de Pablo (Hechos 23:26), y en la carta general que se mandó a todas las iglesias gentiles con la decisión del Concilio de Jerusalén que les garantizaba la admisión en la Iglesia (Hechos 15:23). Esto es interesante, porque fue Santiago el que presidió aquel Concilio (Hechos 15:13). Puede que usara el saludo más general porque la carta iba dirigida a un círculo muy amplio de gentiles.

La carta va dirigida a las doce tribus que están esparcidas por el extranjero; literalmente, en la Diáspora, que era la palabra técnica que designaba a los judíos que vivían fuera de Palestina. Todos los millones de judíos que había, por la razón que uno quiera imaginarse, fuera de la Tierra Prometida, eran la Diáspora. Esta dispersión de los judíos por todo el mundo fue de importancia capital para la extensión del Cristianismo, porque quería decir que había sinagogas en todas las ciudades principales, que era donde empezaban su labor los predicadores cristianos; y también quería decir que había grupos de hombres y mujeres por todo el mundo que ya conocían el Antiguo Testamento, y que habían hecho que algunos gentiles se interesaran por la fe de Israel.

Veamos cómo se había producido esa dispersión. Algunas veces, y así fue como empezó todo el proceso, los judíos fueron exiliados de su tierra y obligados a vivir en otros lugares. Hubo tres grandes deportaciones.

(i) La primera tuvo lugar cuando el Reino del Norte, con su capital en Samaria, fue conquistado por los asirios, y sus habitantes fueron llevados cautivos a Asiria (2 Reyes 17:23; 1 Crónicas 5:26). Esos eran las diez tribus perdidas, que no volvieron a Palestina. Los judíos creían que, al final de todas las cosas, todos los judíos se reunirían en Jerusalén; pero creían que, hasta que llegara el fin del mundo, esas diez tribus no volverían. Fundaban esa creencia en una interpretación bastante fantástica de un texto del Antiguo Testamento. Los rabinos lo argüían de la siguiente manera: «Las diez tribus no volverán nunca, porque se dice de ellas: “Los arrojó a otra tierra, como hoy se ve” (Deuteronomio 29:28). Como “hoy” acaba y nunca vuelve, así ellos partieron y nunca volverán. Como “hoy” se oscurece y vuelve a amanecer otra vez, así también el día amanecerá para que vuelvan las diez tribus que ahora están en las tinieblas.»

(ii) La segunda gran: deportación fue alrededor del año 580 a. C. , después que los babilonios conquistaron el Reino del Sur, cuya capital era Jerusalén, y llevaron cautivos a Babilonia a los mejores del pueblo (2 Reyes 24:14-16; Salmo 137). Aquellos judíos se comportaron en Babilonia de una manera muy diferente: se resistieron a ser asimilados y perder su identidad. Se dice que estaban principalmente en las ciudades de Nahardea y de Nisibis. Fue precisamente en Babilonia donde floreció el enciclopedismo judío y se produjo el Talmud Bablí o babilonio, exposición masiva de la ley judía en sesenta inmensos volúmenes. Cuando Josefo escribió su Guerras de las judíos, la primera edición no fue en griego sino en arameo, e iba dirigida a los judíos intelectuales de Babilonia. Él nos dice que los judíos alcanzaron tal poder allí que en un tiempo la provincia de Mesopotamia estaba gobernada por ellos. Sus dos gobernadores judíos fueron Asideo y Anileo; y al morir Anileo se dijo que fueron masacrados no menos de 50,000 judíos.

(iii) La tercera deportación tuvo lugar mucho más tarde. Cuando Pompeyo derrotó a los judíos y tomó Jerusalén en 63 a. C. , se llevó esclavos a Roma a muchos judíos. Su adhesión rígida a su propia ley ceremonial y su inflexible cumplimiento de la ley del sábado hacían que fueran difíciles hasta como esclavos, por lo que fueron manumitidos o liberados. Se asentaron en una especie de barrio propio a la otra orilla del Tiber. Al poco tiempo se los vio florecer por toda la ciudad. Dión Casio dice de ellos: «Fueron oprimidos con frecuencia, pero a pesar de todo se multiplicaron hasta tal punto que consiguieron hasta que se les respetaran sus costumbres.» Julio César fue su gran protector, y leemos que se pasaron toda la noche de duelo junto a su ataúd. También leemos que estaban presentes en gran número cuando Cicerón estaba defendiendo a Flaco. En el año 19 d. C. , toda la comunidad judía fue desterrada de Roma al ser acusada de haberle robado a una prosélita rica pretendiendo que el dinero era para el templo, y en aquella ocasión fueron llamados a filas para luchar contra los bandidos de Cerdeña; mas pronto regresaron. Cuando los judíos de Palestina enviaron su diputación a Roma para quejarse del gobierno de Arquelao, leemos que se les unieron 8,000 judíos que residían en la ciudad.

La literatura latina está llena de referencias sarcásticas contra los judíos, porque el antisemitismo no es nada nuevo; y el mismo número de referencias es prueba del papel que representaban en la vida de la ciudad.

Las deportaciones llevaron millares de judíos a Babilonia y a Roma; pero aún fueron muchos más los que se marcharon de Palestina por su propia voluntad, en busca de tierras más cómodas y productivas. Dos países en particular recibieron a miles de judíos. Palestina estaba como en un bocadillo entre dos grandes poderes: Siria y Egipto; y estaba en peligro, por tanto, de convertirse en campo de batalla: Por esa razón, muchos judíos se fueron, ya a Siria, ya a Egipto.

En tiempos de Nabucodonosor hubo un éxodo voluntario de muchos judíos a Egipto (2 Reyes 25:26). Allá para el año 650 a. C. , el rey Samético se decía que tenía mercenarios judíos en sus ejércitos. Cuando Alejandro Magno fundó Alejandría, se ofrecieron privilegios especiales a los que se instalaran allí, y llegaron gran número de judíos. Alejandría se dividía en cinco distritos administrativos, y dos de ellos estaban habitados por judíos, que sumaban en esa sola ciudad más de un millón. Los asentamientos judíos en Egipto llegaron a tal punto que, hacia el año 50 a. C. , se construyó una réplica del templo de Jerusalén en Leontópolis para los judíos egipcios.

Muchos judíos se trasladaron también a Siria. La concentración más importante fue en Antioquía, donde se predicó el Evangelio por primera vez a los gentiles, y los seguidores de Jesús recibieron el mote de cristianos. En Damasco leemos que masacraron a 10,000 judíos en una ocasión.

Así que Egipto y Siria tenían numerosas poblaciones judías. Pero otros se instalaron más lejos. En Cirene, al Norte de Africa, leemos que la población estaba dividida entre ciudadanos, agricultores, residentes extranjeros y judíos. Mommsen, el historiador de Roma, escribe: «Los habitantes de Palestina no eran más que una parte, y no la más importante, de los judíos; las comunidades judías de Babilonia, Siria, Asia Menor y Egipto eran muy superiores a la de Palestina.» La mención de Asia Menor nos conduce a otra esfera en la que los judíos eran numerosos. Cuando se desmembró el imperio de Alejandro Magno a su muerte, Egipto correspondió a los Tolomeos, y Siria y los territorios adyacentes a Seleuco y sus sucesores los seléucidas. Estos tenían dos características principales. Seguían una política deliberada de fusión de poblaciones con vistas a ganar seguridad y acabar con los nacionalismos. Y también eran inveterados fundadores de ciudades. En estas ciudades se necesitaban residentes, lo que hacía que se ofrecieran atractivos y privilegios especiales a los candidatos. Los judíos aceptaron a millares la nacionalidad de estas ciudades. Por toda Asia Menor, en las grandes ciudades de la costa del Mediterráneo y en los grandes centros comerciales, los judíos eran numerosos y prósperos. Hasta había trasplantes obligatorios: Antíoco el Grande se llevó a 2,000 familias judías de Babilonia y las reasentó en Lidia y en Frigia. De hecho, la salida de Palestina tomó tales proporciones que los judíos palestinos se quejaban de sus hermanos que abandonaban las austeridades de Palestina para disfrutar de los baños y de las fiestas de Asia y de Frigia; y Aristóteles nos cuenta que se encontró a un judío en Asia Menor que era «griego, no sólo en la lengua, sino también en el alma.»

Está claro que había judíos en todas las partes del mundo. El geógrafo griego Estrabón escribe: «Cuesta trabajo encontrar un lugar en todo el ancho mundo que no esté ocupado y dominado por judíos.» Y el historiador judío Josefo escribe: «No hay ciudad, ni tribu, ya sean griegas o bárbaras, en la que no hayan arraigado la ley y las costumbres judías.» Los Oráculos sibilinos, escritos hacia el año 140 a. C. , dicen que todas las tierras y todos los mares están llenos de judíos. Hay una carta que se supone que le mandó Agripa a Calígula, que cita Josefo, en la que se dice que Jerusalén no es sólo la capital de Judea, sino de la mayor parte de los países, por las colonias que ha instalado en ocasiones propicias en los países cercanos de Egipto, Fenicia, Siria, Celesiria, y en los más remotos de Parifilia y Cilicia, en la mayor parte de Asia hasta llegar a Bitinia y el Ponto; también en Europa: Tesalia, Boecia, Macedonia, Etolia, Ática, Argos, Corinto y en las mejores partes del Peloponeso.

Y no sólo estaba lleno de asentamientos judíos el continente, sino también las islas más importantes: Eubea, . Chipre, Creta y no digamos las tierras más allá, del Éufrates, en todas las cuales había habitantes judíos.

La Diáspora judía era coextensiva con el mundo; y fue el factor más importante para la extensión del Cristianismo.

Santiago escribe a das doce tribus de la Diáspora. ¿A quiénes tiene en mente al escribir? Las doce tribus de la Diáspora podría querer decir cualquiera de las tres cosas siguientes.

(i) Podría representar a todos los judíos de fuera de Palestina. Ya hemos visto que suponían millones. Había de hecho muchos más judíos por toda Siria y Egipto y Grecia y Roma y Asia Menor y todas las tierras del Mediterráneo y más allá de Babilonia, que en Palestina. En las condiciones del mundo antiguo sería totalmente imposible mandar un mensaje a una circunscripción tan extensa y desparramada.

(ii) Podría querer decir los judíos cristianos fuera de Palestina. En este caso incluiría probablemente a los judíos en los países alrededor de Palestina, tal vez particularmente los de Siria y Babilonia. No cabe duda de que si alguno hubiera de escribir una carta a esos judíos sería Santiago, porque era el líder reconocido de la cristiandad judía.

(iii) La frase podría tener un tercer significado. Para los cristianos, la Iglesia Cristiana era el Nuevo Israel. Al final de Gálatas Pablo manda su bendición al Israel de Dios (Gálatas 6:16). La nación de Israel había sido el pueblo escogido especialmente por Dios; pero se habían negado a aceptar su lugar, su responsabilidad y su tarea. Cuando vino el Hijo dé Dios, le rechazaron. Por tanto, todos los privilegios que les habían correspondido pasaron a la Iglesia Cristiana, que es el nuevo pueblo de Dios. Pablo (Romanos 9:7s) había desarrollado esta idea hasta sus últimas consecuencias. Era su convicción que los verdaderos descendientes de Abraham no eran los que podían remontar su ascendencia física hasta él, sino los que habían emprendido la misma aventura de fe que emprendió Abraham. El verdadero Israel se componía, no de ninguna nación o raza en particular, sino de los que habían aceptado a Jesucristo por la fe. Así pues, esta frase podría muy bien querer decir la Iglesia Cristiana en general.

Podemos escoger entre el segundo y el tercer significado, cada uno de los cuales hace perfecto sentido. Santiago puede que escribiera a los judíos cristianos esparcidos por las naciones circundantes; o al nuevo Israel, la Iglesia Cristiana.

Hermanos míos, ustedes deben tenerse por muy dichosos cuando se vean sometidos a pruebas de toda clase. Pues y a saben que cuando su fe es puesta a prueba, ustedes aprenden a soportar con fortaleza el sufrimiento. Pero procuren que esa fortaleza los lleve a la perfección, a la madurez plena, sin que les falte nada.

Santiago no sugería nunca a sus lectores que el Cristianismo sería para ellos un camino fácil. Les advierte que se verán envueltos en lo que la antigua versión Reina Valera llamaba diversas tentaciones. La palabra que se traducía por tentaciones es peirasmós, cuyo sentido hemos de entender bien para comprender la esencia misma de la vida cristiana.

Peirasmós no es tentación en el sentido que le damos a este término, sino prueba (como corrigen las revisiones posteriores). Peirasmós es una prueba que se hace con un fin, que no es sino que el que es sometido a la prueba surja de ella más fuerte y más puro. El verbo correspondiente, peirázein, que la versión antigua solía traducir por tentar, tiene el mismo sentido. La idea no es la de la seducir al pecado, sino la de fortalecer y purificar. Por ejemplo: se dice que un ave joven prueba (peirázein) las alas; o que la Reina de Seba vino a probar (peirázein) la sabiduría de Salomón. Se dice que Dios probó (peirázein) a Abraham, cuando pareció exigirle el sacrificio de Isaac (Génesis 22:1). Cuando Israel entró en la Tierra Prometida, Dios no quitó del todo a los que la habían habitado antes. Los dejó para poner a prueba a Israel (peirázein) en su lucha contra ellos (Jueces 2:22; 3:1;4). Las experiencias de Israel eran pruebas que contribuían a formar al pueblo de Dios (Deuteronomio 4:34; 7:19).

Aquí tenemos un gran pensamiento alentador. Hort escribe: «El cristiano debe esperar que las pruebas le metan a empellones en la vida cristiana.» Se nos presentarán todas las experiencias imaginables. Habrá la prueba del dolor y de las desilusiones que tratarán de quitarnos la fe: Vendrá también la prueba de las seducciones que tratarán de inducirnos a dejar el buen camino. Estarán las pruebas de los peligros, los sacrificios, la impopularidad que supone muchas veces el camino cristiano. Pero nada de eso nos viene para hundirnos, sino para remontamos. No pretenden vencernos, sino que las venzamos; ni debilitarnos, sino fortalecernos. La vida cristiana: es como la de un atleta: cuanto más duro el entrenamiento; más animado está, porque sabe que así estará dispuesto para realizar un esfuerzo que le conduzca a la victoria. Como decía Browning, debemos «acoger con alegría cualquier revés que hace más áspero, el camino suave;» porque si cuesta es porque vamos cuesta arriba, hacia la cima.

Santiago describe el proceso de la prueba con la palabra dokímion. Es una palabra interesante. Es la palabra que se usa para la moneda de curso legal, genuina y sin aleaciones. La finalidad de la prueba es purificarnos de toda impureza.

Si nos, enfrentamos con la prueba con la actitud debida, producirá en nosotros una constancia (o firmeza) a toda prueba. La palabra es hypomoné, que la Reina Valera traduce (siguiendo, como tantas, a la Vulgata) por paciencia; pero la paciencia es demasiado pasiva. Hypomoné no es simplemente la actitud de soportar las cosas, sino la habilidad de transformarlas en grandeza y en gloria. Lo que alucinaba a los paganos en los siglos de la persecución era que los mártires no morían lúgubremente, ¡sino cantando! Uno sonreía en las llamas; le preguntaron a qué estaba sonriendo y contestó: «Veía la gloria de Dios, y me sentía feliz.» Hypomoné es la cualidad que hace capaz a una persona, no sólo de sufrir la adversidad, sino de conquistarla y vencerla. El resultado de la prueba soportada con la debida actitud es la fuerza para soportar aún más y conquistar en batallas todavía más duras.

Esta constancia a toda prueba consigue hacer a una persona tres cosas.

(i) La hace perfecta. En griego es téleios, y tiene generalmente el sentido de perfección para un fin determinado. Un animal para el sacrificio era téleios si era idóneo para ofrecerlo a Dios. Un estudiante era téleios ni estaba formado. Una persona era téleios si había llegado a su pleno desarrollo. Esta constancia que nace de la prueba debidamente aceptada hace a una persona téleios en el sentido de hacerla idónea y capaz para realizar la tarea para la que vino al mundo. Aquí tenemos una gran idea. Por la forma en que nos enfrentamos con las experiencias de la vida, nos estamos capacitando o incapacitando para la labor que Dios quiere que realicemos.

(ii) La hace completa. Es griego, holókléros, que quiere decir íntegra, perfecta en todas sus partes. Se usa del animal que es idóneo para ofrecérselo a Dios en sacrificio, y del sacerdote que es apto para el ministerio. Quiere decir que el animal o la persona no tiene ningún defecto que le desfigure o descalifique. Gradualmente, esta constancia a toda prueba desplaza las debilidades y las imperfecciones del carácter de una persona; la capacita diariamente a conquistar antiguos pecados, a desembarazarse de viejas vergüenzas y a obtener nuevas virtudes; hasta que, al fin, llega a ser perfectamente idónea para el servicio de Dios y de la humanidad:

(iii) Hace que sea en nada insuficiente. En griego, leípesthai, que se usa de la derrota de un ejército, de la rendición en una contienda, del fracaso en alcanzar el nivel que se establece. Si una personase enfrenta con la prueba con la debida actitud, si desarrolla de día en día esta constancia a toda prueba, vivirá de día en día más victoriosamente y llegará más cerca del nivel del mismo Jesucristo.

Santiago l: 5-8

Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, pídasela a Dios, y él se la dará; pues Dios da a todos sin limitación y sin hacer reproche alguno. Pero tiene que pedir con fe, sin dudar nada; porque el que duda es como una ola del mar, que el viento lleva de un lado a otro. Quien es así, no crea que va a recibir nada del Señor, porque hoy piensa una cosa y mañana otra, y no es constante en su conducta.

Si cualquiera de vosotros saca insuficiente en sabiduría, que se la pida a Dios que da generosamente a todo el mundo sin humillar a nadie, y se le dará. Que la pida con fe, sin albergar dudas en su mente; porque el que se debate entre dudas es como el oleaje del mar, impulsado por el viento de acá para allá. Que no se crea esa persona que va a recibir nada del Señor, una persona de mentalidad dividida, inconstante en todo lo que emprende.

Hay una íntima relación entre este pasaje y el anterior. Santiago acaba de decirles a sus lectores que, si usan todas las experiencias que son pruebas en la vida de una manera debida, saldrán de ellas con la constancia a toda prueba que es la base de todas las virtudes. Pero; inmediatamente, surge la pregunta: «¿Dónde puedo yo encontrar la sabiduría y la inteligencia que necesito para usar estas experiencias probatorias de la manera debida?» La respuesta de Santiago es: «Si uno se da cuenta de que no tiene la sabiduría necesaria para usar debidamente las experiencias de la vida y no hay nadie que la posea por sí mismo, que se la pida a Dios.»

Hay algo que sobresale aquí. Para Santiago, el maestro cristiano con un trasfondo judío, la sabiduría es una cosa práctica. No es la especulación filosófica o el conocimiento intelectual; su esfera son las cosas de la vida. Los estoicos definían la sabiduría como «el conocimiento de lo humano, y lo divino.» Pero Ropes define esta sabiduría cristiana como «la cualidad suprema y divina del alma que le permite a la persona conocer y practicar la integridad.» Hort la define como «ese talento del corazón y de la mente que se necesita para vivir como Dios manda.» En la sabiduría cristiana hay, desde luego, un conocimiento de las cosas profundas de Dios; pero es esencialmente práctico. Es un conocimiento tal que pasa a la acción en las decisiones y relaciones personales de la vida cotidiana. Cuando una persona Le pide a Dios esta sabiduría, debe tener presentes dos cosas.

(i) Debe recordar cómo da Dios: da generosamente y sin humillar a nadie. «Toda sabiduría viene del Señor y está con Él para siempre» (Eclesiástico, este libro de sabiduría es considerado por los protestantes como apócrifo, mas su lectura resulta provechosa y edificante. Algunas importantes Biblias protestantes, como la del Rey Jacobo [I de Escocia e Inglaterra], la famosa King James, así como la Reina Valera castellana, en sus ediciones original de Reina (1569) y revisada de Valera (1602), incluyen este libro, así como los otros libros «deuterocanónicos).

Pero los sabios judíos se daban perfecta cuenta de que el mejor regalo del mundo se puede echar a perder por la forma de darlo. Tenían mucho que decir acerca de la manera de dar que tienen los tontos. «Hijo mío, no estropees tus buenas obras, ni uses palabras impertinentes cuando das algo. . . Fíjate: ¿No es una palabra mejor que un regalo? Pero las dos cosas se encuentran en un hombre generoso. Un idiota reprende groseramente, y el regalo del envidioso consume los ojos» («produce lágrimas» ) (Eclesiástico 18:15-18; cp. 20:14s). El mismo escritor advierte contra «las reprimendas ante los amigos» (Eclesiástico 41:22). Hay una clase de dar que se practica con la intención de obtener más de lo que se da. El que da nada más que para satisfacer su propia vanidad y su complejo de superioridad, colocando al que recibe bajo una obligación que no podrá olvidar jamás; el que da, y luego no deja de echar en cara lo que ha dado.

Pero Dios da con generosidad. Filemón, el poeta griego, llamaba a Dios «el Que ama los regalos,» no en el sentido de que Le guste recibir regalos, sino de que Le encanta darlos. Y Dios no echa luego en cara nada de lo que da. Da con todo el esplendor de Su amor, porque Le es absolutamente natural el dar.

(ii) Debe recordar cómo debe pedir el necesitado: Debe pedir sin dudas. Debe estar seguro, tanto de que Dios puede, como de que tiene voluntad de dar. Si lo pide con dudas, su mente está como el oleaje, a merced del viento que lo impulsa de un lado para otro. Mayor dice, que es como un corcho arrastrado por las olas, ahora cerca de la playa, luego cada vez más lejos. Tal persona es inestable en todas sus actuaciones. Hort sugiere que se trata de la imagen de uno que va borracho, dando traspiés de un lado a otro de la calle y sin que se pueda saber adónde va. Santiago dice claramente que tal persona es dípsyjos, que quiere decir literalmente que tiene dos almas, o dos mentes, en su interior: una cree, y la otra no cree; y es como una guerra civil en persona; porque la confianza y la desconfianza en Dios están librando una batalla continua la una contra la otra. Si vamos a usar las experiencias de la vida como es debido para obtener un carácter íntegro, tenemos que pedirle a Dios sabiduría. Y cuando Se la pidamos, debemos tener presente la generosidad absoluta que Le caracteriza, y estar seguros de que pedimos creyendo que vamos a recibir lo que Dios sabe que es bueno y conveniente que tengamos.

El hermano de condición humilde debe sentirse orgulloso de ser enaltecido por Dios; y el rico de ser humillado. Porque el rico es como la flor de la hierba, que no permanece. Cuando el sol sale y calienta con fuerza, la hierba se seca, su flor se cae y su belleza se pierde. Así también, el rico desaparecerá en medio de sus negocios.

Según lo vio Santiago, el Evangelio le trae a cada uno lo que necesita. Como decía Mayor: «Como el pobre despreciado aprende a respetarse a sí mismo, así el orgulloso rico a despreciarse» .

El Evangelio le trae al pobre un nuevo sentido de su propia valía.

(a) Aprende que él importa en la iglesia: En la Iglesia Primitiva no había diferencia de clases. Podía suceder que un esclavo fuera el pastor de la congregación; el que predicaba y administraba los sacramentos; mientras que su amo no era más que un simple miembro. En la Iglesia se borran las dignidades sociales del mundo, y ninguno importa más que otro.

(b) Aprende que él importa en el mundo. El Evangelio, enseña que todas las personas tienen una tarea que realizar en el mundo. Cada uno Le es útil a Dios; y aunque esté confinado en el lecho del dolor; el poder de su oración puede seguir actuando en el mundo de la gente.

(c) Aprende que Le importa a Dios. Como dijo Mureto: «No llaméis indigno a ninguno por quién Cristo murió.»

El Evangelio trae al rico un sentido nuevo de autodesprecio. El gran peligro de la riqueza, es que tiende a darle a la persona un falso sentido de seguridad. Se siente segura; se cree que tiene los recursos para enfrentarse con todo y para redimirse de cualquier situación adversa.

Santiago traza un cuadro pictórico que sería muy familiar en Palestina. En los descampados, si hay un chubasco alguna vez, brotan las delgadas hojas de la hierba verde; pero el ardor del sol las desaparece en un solo día como si no hubiera existido. El viento solano es el kausón, el viento abrasador del Sudeste, el simún. Venía derecho del desierto y se lanzaba sobre Palestina como la bocanada que sale de un horno ardiendo cuando se abre la compuerta. En una hora quemaba la vegetación como si fuera papel de fumar.

Esa es la descripción de lo que sucede con una vida que depende de la riqueza. El que pone su confianza en la riqueza confía en algo que le pueden arrebatar los azares y avatares de la vida en cualquier momento. La misma vida es incierta. Detrás de las palabras de Santiago se encuentra la expresión poética de Isaías: «Toda criatura es hierba, y toda su gloria como la flor del campo. La hierba se seca y la flor se marchita cuando el aliento del Señor sopla sobre ella; la gente no es más que hierba» (Isaías 40: 6s; cp. Salmo 103:1 S).

El mensaje de Santiago es que, si la vida es tan insegura y el hombre tan vulnerable, las calamidades y los desastres se nos pueden echar encima en cualquier momento. En ese caso, es estúpido poner toda nuestra confianza en cosas, como la riqueza, que se pueden perder en cualquier momento. El sabio es el que pone su confianza en lo que no se puede perder.

Así que Santiago exhorta al rico a que deje de confiar en lo que puede atesorar por su propio esfuerzo, a que reconozca su humana indefensión y ponga su confianza humildemente en Dios, Que es el único que no cambia y es para siempre.

Dichoso el hombre que soporta la prueba con fortaleza, porque al salir aprobado recibirá como premio la vida, que es la corona que Dios ha prometido a los que lo aman.

El que se enfrenta con la prueba como es debido tiene la felicidad aquí y en el más allá.

(i) En esta vida da muestra de su auténtica valía. Es como Eí dókimos; el metal auténtico sin mezcla de impurezas. Se ha templado su carácter, y surge de la prueba fuerte y puro.

(ii) En la vida venidera recibe la corona de la vida. Aquí se esconde más de lo que se ve. En el mundo antiguo; la corona (stéfanos) tenía por lo menos cuatro grandes asociaciones.

(a) La corona de flores se usaba en los días alegres, en las bodas y en las fiestas (cp. Isaías 28:1s; Cantares 3:11).

(b) La corona era el signo de la realeza, y la usaban los reyes. Algunas veces era de oro, y otras consistía en una banda de lino alrededor de la frente (Salmo 21:3; Jeremías 13:181;

(c) La corona de laurel era el premio del vencedor en los juegos, el más codiciado por los atletas (cp. 2 Timoteo 4:8):

(d) La corona era un emblema de honor y dignidad.

La instrucción de los padres puede reportar una corona de gracia a los que la cumplen (Proverbios 1: 9; la sabiduría proporciona una corona de gloria (Proverbios 4: 9):

No tenemos que escoger entre esos sentidos; todos están incluidos. El cristiano tiene una felicidad que no tiene nadie más. La vida es para él como un estar siempre de fiesta. Participa de una realeza que nadie más conoce; porque; aunque sea humilde en la Tierra, es hijo de Dios. Tiene una victoria que otros no pueden ganar, porque se enfrenta con la vida y todas sus demandas con el poder conquistador de la presencia de Jesucristo. Tiene una nueva dignidad, porque se da cuenta de que Dios le valoró al precio de sangre de Jesucristo.

¿Qué es la corona? La corona de la vida. Y esa frase quiere decir la corona que consiste en la vida. La corona del cristiano es una nueva clase de vida que es la vida verdadera; mediante Jesucristo ha entrado en una vida más abundante.

Santiago dice que si el cristiano se enfrenta con las pruebas de la vida con la firme constancia que Cristo da, la vida se le convierte en algo infinitamente más espléndido que antes. La lucha es el camino a la gloria, y la misma lucha es ya gloria.

Que nadie diga cuando es tentado: «¡Esta tentación es cosa de Dios!» Porque a Dios no Le puede tentar el mal, ni Él tienta a nadie. La tentación ataca a las personas cuando sus propios deseos les tienden la trampa y las seducen; luego el deseo concibe y da a luz el pecado, y cuando el pecado ha llegado a su pleno desarrollo genera la muerte.

Los chinos tiene un dicho que dice: «Jamás vuela un pájaro tan lejos sin que su cola lo siga» . En otras palabras, nadie escapa de las consecuencias de sus actos. La anterior es una verdad que se cumple especialmente en lo que concierne al pecado: «[…] sabed que vuestro pecado os alcanzará» Números 32-33
Tras este pasaje se encuentra una idea judía a la que somos propensos todos en cierta medida. Santiago está corrigiendo aquí a los que Le echan las culpas de la tentación a Dios.

La teología hebrea se debatía ante la división interior que se da en todas las personas. Era el problema que acechaba a Pablo: «Me encanta la Ley de Dios en lo más íntimo de mi ser, pero descubro otra ley en mis miembros que le hace la guerra a la ley de mi mente y que me lleva cautivo a la ley del pecado que habita en mis miembros» Romanos 7:22s.

Hay dos fuerzas que tiran de la persona en sentidos opuestos. Simplemente como una interpretación de su experiencia personal, los judíos llegaron a la doctrina de las dos tendencias. Las llamaban yétser ha-tób y yétser ha-rá; la tendencia al bien y la tendencia al mal. Era una manera de plantear el problema, pero no de resolverlo. En particular, no decía de dónde procedía la tendencia al mal; así es que el pensamiento judío se propuso explicarlo.

El autor del Eclesiástico estaba profundamente impresionado con la confusión que crea la tendencia al mal. «¿Oh, Yétser ha-Rál, ¿por qué se te permitió llenar la Tierra con tus engaños?» (Eclesiástico 37:3). Según su punto de vista, la tendencia al mal venía de Satanás, y la defensa del hombre era su propia razón. «Dios hizo al hombre en el principio, y le entregó en manos del que le hizo su presa. Le dejó en poder de su albedrío. Si es tu voluntad, observarás los mandamientos, y la fidelidad depende de lo que tú quieras» (Eclesiástico 15:14s).

Había autores judíos que remontaban esta tendencia al mal al Jardín del Edén. En el libro apócrifo Vida de Adán y Eva se cuenta así la historia: Satanás tomó la forma de un ángel y, hablando por medio de la serpiente, puso en Eva el deseo del fruto prohibido y la hizo jurar que también le daría el fruto a Adán. «Cuando me hizo jurarlo -decía Eva- se subió al árbol. Pero en el fruto que me dio a comer puso el veneno de su malicia, es decir, de su concupiscencia. Porque la concupiscencia es el principio de todo pecado. E inclinó la rama hacia la tierra, y yo tomé el fruto y lo comí.» Aquí fue el mismo Satanás el que consiguió introducir la tendencia al mal en el hombre, que se identifica con la concupiscencia de la carne. Un desarrollo posterior de la historia fue que el principio de todo pecado fue el deseo que Satanás tenía de Eva.

El apócrifo Libro de Enoc tiene dos teorías. Una es que los ángeles caídos fueron los responsables del pecado (85). La otra, que el responsable fue el mismo hombre. «El pecado no se envió a la Tierra, sino que el mismo hombre lo creó» (98:4).

Pero todas esas teorías simplemente empujan el problema otro paso más atrás. Satanás puede que pusiera la tendencia al mal en la persona humana; o lo hicieron los ángeles caídos; o puede haber sido el mismo ser humano el que se lo introdujo. Pero, ¿de dónde procede en última instancia? Para resolver este problema, algunos rabinos dieron un paso atrevido y peligroso. Arguyeron que, como Dios había creado todas las cosas, tiene que haber creado también la tendencia al mal. De ahí los dichos rabínicos «Dios dijo: «Me arrepiento de haber creado la tendencia al mal en el hombre; porque, si no lo hubiera hecho, no se habría rebelado contra Mí. Yo creé la tendencia al mal, creé la Ley como un remedio. Si te ocupas de la Ley, no caerás en su poder. Dios colocó la tendencia al bien en la mano derecha del hombre, y la tendencia al mal en su izquierda.» El peligro es obvio. Quiere decir que en último análisis el hombre puede echarle las culpas a Dios por su propio pecado. Puede decir, como dijo Pablo: «Ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que habita en mí» Romanos 7:15-24. De todas las doctrinas extrañas, la más extraña es la que hace a Dios responsable del pecado en última instancia.

Desde el principio del tiempo, el instinto del hombre ha sido echarle las culpas de su pecado a otro. El antiguo autor que escribió la historia del primer pecado en el Jardín del Edén era un psicólogo estupendo con un conocimiento profundo del corazón humano. Cuando Dios enfrentó a Adán con su primer pecado, la respuesta de Adán fue: «La mujer que me diste para que estuviera conmigo me dio del árbol, y por eso lo comí.» Y cuando Dios enfrentó a la mujer con su acción, Le contestó: «Fue la serpiente la que me engañó para que comiera.» Adán dijo: «Yo no tengo la culpa. Fue Eva.» Y Eva dijo: «Yo no tengo la culpa. Fue la serpiente» Génesis 3:12s.

Los humanos siempre hemos sido expertos en el arte de la evasión. Les echamos las culpas a las circunstancias, a los demás, hasta a nuestro propio temperamento, por el pecado del que somos culpables.

Santiago reprende firmemente ese punto de vista. Para él, lo único que es responsable del pecado son los malos deseos de cada uno. El pecado sería inoperante si no hubiera nada en la persona a lo que apelara. El deseo es siempre algo que se puede alentar o rechazar. Se puede controlar y hasta, por la gracia de Dios; eliminar, si no se deja para mañana. Pero si dejamos que los pensamientos se nos vayan por ciertos senderos, y los pasos nos lleven a ciertos lugares, y los ojos se fijen en ciertas cosas… fomentamos el deseo. Uno siempre puede entregarse a Cristo y ocuparse de cosas buenas tan totalmente que no le quede ni tiempo ni sitio para los malos pensamientos. Es para los desocupados para los que Satanás encuentra faenas que hacer. Son la mente indisciplinada y el corazón no comprometido los que son vulnerables. Si se alienta el deseo suficientemente, seguro que traerá consecuencias. El deseo engendra la acción.

Además, la enseñanza judía decía que el pecado produce la muerte. La vida de Adán y Eva cuenta que, en cuanto Eva comió el fruto, percibió un atisbo de la muerte. La palabra que usa Santiago en el versículo 15, y que la versión Reina Valera traduce engendra (1909) o da a luz la muerte (1960) es la palabra que se usa con los animales cuando desovan o paren. Dominado por el deseo, el hombre se rebaja al nivel de la creación irracional.

El gran valor de este pasaje está en que atribuye al hombre su verdadera responsabilidad por el pecado. Ninguno nacemos libres de deseos por cosas prohibidas; y, si animamos y alimentamos esos deseos hasta que llegan a ser grandes y monstruosamente fuertes, desembocarán inevitablemente en acciones que son pecado y ese es el camino que conduce a la muerte. Esta idea y toda la experiencia humana admite que es verdad- debe lanzarnos a los brazos de la gracia de Dios, que es lo único que nos puede hacer y mantener limpios, y que está al alcance de todos.

Queridos hermanos míos, no se engañen: todo lo bueno y perfecto que se nos da, viene de arriba, de Dios, que creó los astros del cielo. Dios es siempre el mismo: en él no hay variaciones ni oscurecimientos. Él, porque así lo quiso, nos dio vida mediante el mensaje de la verdad, [a] para que seamos los primeros frutos de su creación.

Una vez más Santiago hace hincapié en la gran verdad de que todos los dones que Dios envía son buenos. El versículo 17 podría traducirse: «Todo dar es bueno.» Es decir, que no hay nada que venga de Dios que no sea bueno.

La frase todo lo bueno y perfecto que se nos da, que se traduce en el original griego como «todos los dones buenos y los beneficios perfectos» es, de hecho, un perfecto verso exámetro en poesía. O Santiago tenía un sentido extraordinario del ritmo poético, o está citando aquí no sabemos de dónde.

En lo que está insistiendo es en la inmutabilidad de Dios. Para ello hace uso de dos términos de astronomía. La palabra que usa para mutabilidad es paral lagué, y la palabra para las sombras fugaces es tropé. Las dos palabras expresan los cambios de los cuerpos celestes, las variaciones en la duración del día y de la noche, en el recorrido del Sol, las fases de la Luna, las diferencias de brillo de las estrellas y los planetas en diferentes épocas. La variabilidad es una característica de todas las cosas creadas. Dios es el Creador de las lumbreras celestes. La oración judía de la mañana dice: «Bendito sea el Señor Dios, que ha hecho las lumbreras.» Estas cambian, pero el Que las ha hecho no.

El propósito de Dios es la manifestación de Su gracia. La Palabra de la verdad es el Evangelio; y el propósito de Dios al enviarlo es que el hombre nazca de nuevo a una nueva vida. Las sombras desaparecen cuando la Palabra de verdad aparece. Ese nuevo nacimiento nos introduce en la familia y propiedad de Dios. En el Antiguo Testamento era ley el que todos los primeros frutos eran consagrados a Dios. Se Le ofrecían a Dios en un culto de acción de gracias, porque Le pertenecían. Así que, cuando nacemos de nuevo por la Palabra verdadera del Evangelio, pasamos a ser propiedad de Dios, como se hacía con los primeros frutos de la cosecha.

Santiago insiste en que, lejos de tentar al hombre, los dones de Dios son invariablemente buenos. En todos los azares y avatares –vicisitudes– de un mundo cambiante, nunca cambian. Y el fin supremo de Dios es re-crear la vida mediante la verdad del Evangelio para que la humanidad sepa que Le pertenece a Él.

Recuerden esto, queridos hermanos: todos ustedes deben estar listos para escuchar; en cambio deben ser lentos para hablar y para enojarse. Porque el hombre enojado no hace lo que es justo ante Dios.

Ha habido pocos sabios que no se hayan dado cuenta de los peligros que entraña el estar demasiado dispuestos para hablar y demasiado poco para escuchar. Se podría trazar una lista interesante de cosas en las que es mejor ser rápido y de cosas es las que es mejor ser lento. En Los dichos de los padres de la Mishná leemos: «Hay cuatro clases de discípulos: los rápidos para escuchar y rápidos para olvidar (lo que ganan por un lado lo pierden por otro); lentos para escuchar y lentos para olvidar (compensan lo que pierden con lo que ganan); rápidos para escuchar y lentos para olvidar (esos son los sabios), y lentos para escuchar y rápidos para olvidar (no valen para nada).» Ovidio recomendaba a los hombres que fueran lentos para castigar, pero rápidos para premiar. Filón aconsejaba a un hombre que fuera rápido para beneficiar a los demás, y lento para hacerles ningún daño.

En particular, a los sabios les impresionaba la necesidad de ser lentos para hablar. Rabí Simeón decía: «Todos mis días he crecido entre los sabios, y no he encontrado nada tan bueno para un hombre como el silencio. . . El que multiplica las palabras da ocasión al pecado.» Jesús ben Sirá escribe en el Eclesiástico: «Sé rápido para escuchar la palabra para poder entender. Si tienes entendimiento, responde a tu vecino; si no, tápate la boca con la mano, no sea que se te sorprenda en una palabra impertinente y quedes mal» . Proverbios está lleno de los peligros de precipitarse a hablar. «Cuando se multiplican las palabras, no falta la transgresión; pero el prudente refrena sus labios» (10:19). «El que controla la boca conserva la vida; él que abre los labios más de la cuenta acaba en ruina» (13:3). «Hasta a un necio que guarda silencio se le toma por sabio» (17:28). «¿Te fijas en el que se precipita a hablar? Más se puede esperar de un tonto que de él» (29:20). Hort dice que el que es bueno de veras está más deseoso de escuchar a Dios que de pregonar sus opiniones ruidosa, estridente y arrogantemente.

Los autores clásicos tenían la misma idea. Zenón decía: «Tenemos dos orejas, pero una sola boca para que aprendamos a oír más y hablar menos.» Cuando le preguntaron a Demonax cómo se podía gobernar mejor, contestó: «Sin ira, hablando poco y escuchando mucho.» Bías decía: «Si aborreces el hablar precipitadamente, no caerás en el error.» Una vez alabaron a un gran lingüista diciendo que podía guardar silencio en siete idiomas diferentes.

Muchos de nosotros haríamos bien en hablar menos y escuchar más. El consejo de Santiago es que también debemos ser lentos para indignarnos. Probablemente está saliendo al paso de algunos que dicen que a veces tienen que ponerse incandescentes de ira para reprender o denunciar el mal. Y hay mucho de verdad en eso, porque el mundo estaría peor todavía sin los que exponen y condenan los abusos y las tiranías del pecado. Pero demasiado a menudo se despotrica petulantemente y con una actitud intolerante y condenatoria. El maestro tiene la tentación de enfadarse con los lentos y torpes, y todavía más con los perezosos. Pero, excepto en las más raras ocasiones, conseguirá mejores resultados animando que azotando, aunque sea sólo con la lengua. El predicador tendrá la tentación de enfurecerse. Pero «¡No eches la bronca!» es un buen consejo que se le puede dar siempre, porque perderá su autoridad siempre que deje de mostrar con sus gestos o sus palabras que ama a su gente. Cuando la ira en el púlpito da la impresión de disgusto o desprecio, no puede convertir las almas. Los padres tienen la tentación de ponerse furiosos; pero eso es más probable que produzca una actitud más testaruda de resistencia a dejarse controlar o dirigir. El acento del amor tiene siempre más poder que el de la ira; y cuando la ira se convierte en una constante irritación y en un disgusto petulante, hace más mal que bien. El ser lentos para hablar, lentos para airarnos, prontos para escuchar, es siempre una buena táctica en la vida.

Así pues, despójense ustedes de toda impureza y de la maldad que tanto abunda, y acepten humildemente el mensaje que ha sido sembrado; pues ese mensaje tiene poder para salvarlos.

Santiago usa una serie de palabras y figuras gráficas. Le dice a sus lectores que se despojen de todos los vicios e inmundicias. La palabra que usa para despojarse es la que se usa para quitarse la ropa. Exhorta a sus lectores a que se desembaracen de toda corrupción como el que se quita de encima una ropa sucia y asquerosa, o como la serpiente que se desembaraza de la piel vieja. Las dos palabras que usa para inmundicia son gráficas. La que hemos traducido por inmundicia es ryparía; se puede referir a la suciedad que mancha la ropa y ensucia el cuerpo; pero tiene otra connotación muy interesante. Se deriva de rypos; y cuando rypos se usa en un contexto médico quiere decir el cerumen de los oídos. Es posible que tenga aquí ese sentido; y entonces sería que Santiago está diciendo a sus lectores que se limpien de todo lo que les cierre los oídos a la verdadera Palabra de Dios. Cuando se acumula la cera en los oídos puede dejarle a uno sordo; y los pecados pueden hacer que una persona sea insensible a la voz de Dios.

Además, Santiago habla de la excrecencia (perisseía) del vicio. Piensa en el vicio como un crecimiento canceroso que hay que cortar para salvar la vida. Les exhorta a recibir la palabra implantada con gentileza. La palabra que usa para implantada, es émfytos, que tiene dos significados principales.

(i) Puede querer decir congénita o innata, lo contrario de adquirida. Si Santiago la usaba en ese sentido estaba pensando lo mismo que Pablo cuando decía que los gentiles hacen las obras de, la ley de una manera natural porque tienen una especie de ley en sus corazones (Romanos 2:14s); es la misma figura que encontramos en el Antiguo Testamento de la ley «muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón» (Deuteronomio 30:14). Es prácticamente lo mismo que nuestra palabra conciencia. Si es este el sentido aquí, Santiago está diciendo que hay un conocimiento instintivo del bien y del mal en el corazón humano cuya dirección deberíamos obedecer siempre.

(ii) Puede querer decir implantada, como la semilla que se planta en el suelo. Dios dice: «Mirad: Yo planto Mi ley en vosotros, y seréis glorificados en ella para siempre.»

Si Santiago está usando esta palabra en este sentido, la idea se remontaría a la Parábola del Sembrador (Mateo 13:1-8), que nos dice que la semilla de la Palabra se siembra en los corazones. Por medio de los profetas y de los predicadores, y sobre todo por medio de Jesucristo, Dios siembra Su verdad en los corazones, y los que son sabios la reciben y la aceptan. Puede muy bien ser que no se requiera de nosotros que escojamos uno de los dos significados. Puede que Santiago implique que el conocimiento de la verdadera Palabra de Dios nos viene de dos fuentes: de lo profundo de nuestro ser, y del Espíritu de Dios y la enseñanza de Cristo y la predicación de los hombres. De dentro y de fuera de nosotros nos llegan las voces que nos indican el Camino; y los sabios las escuchan y obedecen. Se ha de recibir la Palabra con gentileza. Gentileza es un intento de traducir la palabra intraducible praytés. Es una gran palabra griega que no tiene equivalente exacto en español. Aristóteles la definía como el término medio entre la ira excesiva y la excesiva pasividad; es la cualidad de la persona que tiene sus emociones y sentimientos bajo perfecto control. Andrónico de Rodas, comentando a Aristóteles, escribe: «Praytés es moderación en relación con la ira. Se podría definir como la serenidad y la capacidad para no dejarse llevar por las emociones, sino controlarlas como dicta la correcta razón.»

Las Definiciones platónicas dicen que praytés es la regulación del movimiento del alma causado por la ira. Es el temperamento (krasis) de un alma en la que todo está mezclado en la debida proporción. No se podría encontrar una palabra española para traducir lo que es un sumario en una sola palabra del espíritu dócil, que se deja enseñar. Ese espíritu es dócil y tratable y, por tanto, suficientemente humilde para aprender. El espíritu dócil no tiene resentimiento ni ira y es, por tanto, capaz de enfrentarse con la verdad hasta cuando hiere y condena. El espíritu dócil no se deja cegar por sus propios prejuicios dominantes, sino que percibe la verdad con mirada limpia. El espíritu dócil no se deja seducir por la pereza, sino que está tan controlado que puede aceptar voluntaria y fielmente la disciplina del aprendizaje. Praytés describe la perfecta conquista y control de todo lo que hay en la naturaleza humana que sería un obstáculo para ver, aprender y obedecer la verdad.

Pero no basta con oír el mensaje; hay que ponerlo en práctica, pues de lo contrario se estarían engañando ustedes mismos. El que solamente oye el mensaje, y no lo practica, es como el hombre que se mira la cara en un espejo: se ve a sí mismo, pero en cuanto da la vuelta se olvida de cómo es.

De nuevo nos presenta Santiago con su maestría pictórica probada dos de sus cuadros gráficos. Lo primero de todo, nos presenta al que va a la reunión de la iglesia, y oye la lectura y la exposición del Evangelio, y cree que con eso ya es cristiano. Tiene los ojos cerrados al hecho de que lo que se lee y se oye en la iglesia tiene que vivirse. Todavía se suele identificar el ir a la iglesia y el leer la Biblia con el Cristianismo, pero eso no es ni la mitad del camino. Lo realmente importante es trasladar a la acción lo que hemos escuchado.

En segundo lugar, Santiago dice que esa persona es como la que se mira en el espejo –los espejos no se hacían entonces de vidrio, sino de metal pulimentado–, ve los defectos que le desfiguran el rostro y desmelenan el cabello, y se va y se olvida de su aspecto, así es que no hace nada para mejorar. Al escuchar la Palabra de la verdad se le revela a uno cómo es y cómo debería ser. Ve lo que está mal; y lo que tiene que hacer para remediarlo; pero, si no hace más que oír, se queda como estaba, y no le ha servido de nada. Santiago nos recuerda que lo que oímos en la iglesia lo tenemos que vivir fuera o no tiene sentido que lo oigamos.

Pero el que no olvida lo que oye, sino que se fija atentamente en la ley perfecta de la libertad, y permanece firme cumpliendo lo que ella manda, será feliz en lo que hace.
El que mira a fondo la perfecta ley, que es aquella en cuyo cumplimiento se encuentra la libertad, y se mantiene en ella y da muestras de no ser un oidor olvidadizo sino un realizador activo del Mensaje, ese recibirá bendición en todo lo que haga.

Esta es la clase de pasaje jacobeo que desagradaba tanto a Lutero. Le desagradaba la idea de la ley; porque habría dicho con Pablo: «¡Cristo acabó con la ley!» (Romanos 10:4). «Santiago –dice Lutero– nos arrastra otra vez a la ley y a las obras.» Y, sin embargo, no hay duda, Santiago tiene razón en un sentido.

Hay una ley ética que el cristiano tiene que esforzarse por cumplir. Esa ley se encuentra primero en los Diez Mandamientos; y también en las enseñanzas de Jesús. Santiago llama dos cosas a esta ley.

(i) La llama perfecta ley. Hay tres razones por las que la ley es perfecta.

(a) Es la ley de Dios, promulgada y revelada por Él. La manera de vivir que Jesús estableció para Sus seguidores está de acuerdo con la voluntad de Dios.

(b) Es perfecta porque no se puede mejorar. La ley evangélica es la ley del amor; y no se pueden satisfacer plenamente las demandas del amor. Cuando amamos a alguien, sabemos muy bien que aunque, le diéramos todo el mundo y estuviéramos a su servicio toda la vida, no nos daríamos, por satisfechos o consideraríamos que merecemos su amor.

(c) Pero queda otra razón. La palabra griega téleios casi siempre describe la perfección con vistas a un fin determinado. Ahora bien, si una persona obedece la ley de Cristo, cumple el propósito para el que Dios la puso en el mundo; es la persona que debe ser, y hace la contribución que le corresponde hacer al mundo. Es perfecta en el sentido de que, obedeciendo la ley de Dios, cumple el destino que Dios le había asignado.

(ii) La llama ley de libertad; es decir: la ley en cuyo cumplimiento se encuentra la verdadera libertad. Todos los grandes hombres han estado siempre de acuerdo en que es sólo cuando se obedece la ley de Dios cuando se es libre de veras. «El obedecer a Dios –decía Séneca– es la libertad.» «Sólo el sabio es libre –decían los estoicos– y todos los ignorantes son esclavos.» Filón decía: «Todos los que están sometidos a la tiranía de la ira o del deseo o de cualquier otra pasión son esclavos totales; los que viven con ley son libres.» Cuando uno tiene que obedecer a sus pasiones, emociones y deseos, no es más que un esclavo. Es cuando acepta la ley de Dios cuando es libre porque es entonces cuando es libre para ser lo que debe ser. Su servicio es la perfecta libertad, y en hacer Su voluntad está nuestra paz.

Si alguno cree ser religioso, pero no sabe poner freno a su lengua, se engaña a sí mismo y su religión no sirve de nada. La religión pura y sin mancha delante de Dios el Padre es esta: ayudar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y no mancharse con la maldad del mundo

Si hay alguien que se tenga por muy religioso porque le da rienda suelta a la lengua, el servicio que Le presta a Dios es una cosa vacía, aunque él crea lo contrario. Este es el culto puro y limpio como Dios Padre lo ve: proveer para los huérfanos y las viudas, y mantenerse limpio de los contagios del mundo.

Debemos tener cuidado de entender lo que dice aquí Santiago. La versión Reina Valera traduce la frase el principio del versículo 27: «La religión pura y sin mácula.» La palabra que se traduce por religión es thréskeía, que quiere decir más bien el culto en el sentido de la expresión externa de la religión en el ritual y la liturgia y la ceremonia. Lo que quiere decir Santiago es: «El ritual más apropiado y la liturgia más elevada que se le pueden ofrecer a Dios son el servicio a los pobres y la pureza personal.» Para él el culto verdadero no consistía en túnicas elaboradas o en música impresionante o en cultos cuidadosamente organizados, sino en el servicio práctico a la humanidad y en la pureza de la propia vida personal. Es perfectamente posible, desgraciadamente, que una iglesia esté tan pendiente de la belleza de sus edificios y el esplendor de su liturgia que no le quede tiempo ni dinero para el servicio cristiano práctico; y eso es lo que Santiago condena.

De hecho, Santiago condena lo mismo que habían condenado los profetas mucho tiempo antes. «Dios –había dicho el salmista– es Padre de huérfanos y defensor de viudas» (Salmo 68: 5). La denuncia de Zacarías era que la gente se encogía de hombros y cerraba el corazón a cal y canto a las exigencias de la verdadera justicia, a tener misericordia y compasión de sus semejantes, a no oprimir a las viudas, los huérfanos, los forasteros y los pobres, y a no albergar malos pensamientos contra los demás en el corazón (Zacarías 7:6-10). Y Miqueas proclamaba que todos los sacrificios rituales eran inútiles cuando no se hacía justicia, ni se amaba la misericordia ni se caminaba humildemente delante de Dios (Miqueas 6:6-8).

A lo largo de toda la Historia, los pueblos han tratado de hacer del ritual y la liturgia el sustituto del sacrificio y del servicio. Han hecho de la religión una cosa espléndida dentro de los templos, a expensas de olvidarla fuera. Esto no es decir ni mucho menos que sea nada malo ofrecerle a Dios el culto más noble y espléndido en la casa de Dios; pero sí es decir que el culto se convierte en algo vacío e inútil a menos que mande a los adoradores al mundo a amar a Dios amando a sus semejantes y a conducirse con más limpieza frente a las diversas tentaciones del mundo.

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