Santiago 1: Saludo

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Santiago, el esclavo de Dios y del Señor Jesucristo, envía saludos a las doce tribus que están esparcidas por todo el mundo.

La carta está dirigida a las doce tribus de la diáspora. Prácticamente, los mismos destinatarios de la primera de Pedro. En ambos casos el autor se dirige a los que viven en la diáspora, es decir, fuera de Palestina. Pero como se dirige a lectores cristianos, la palabra «diáspora» debe ser entendida metafóricamente las «doce tribus de Israel» designan a la Iglesia universal; la Iglesia cristiana es el nuevo Israel, el verdadero sucesor del antiguo pueblo de Dios.

En la antigüedad era común empezar las cartas con un saludo. Así lo hacen también los autores del Nuevo Testamento al escribir sus epístolas, si exceptuamos la epístola a los Hebreos y la primera de San Juan, que no lo tienen. En el caso de Santiago está reducido al mínimo. Se nombra afirmando ser siervo de Jesucristo, de donde le viene toda la autoridad doctrinal; se indican los destinatarios y se da el saludo.

Santiago, era un nombre muy frecuente entre los judíos. Se trata, como ya hemos dicho de Santiago obispo de Jerusalén y hermano del Señor. Aquí se presenta humildemente como siervo de Dios y del Señor Jesucristo. En la Sagrada Escritura, el término siervo (dulos en griego y ebed en hebreo) tiene con frecuencia un sentido religioso. Se llamaban “siervos de Dios” los israelitas que se distinguían por su fidelidad al Señor, como los patriarcas, los profetas, los reyes buenos, los justos en general, e incluso el mismo Mesías es designado con el nombre de Siervo de Yahvé en Isaías 42-66. En el Nuevo Testamento, los apóstoles son llamados “siervos del Señor” y también todos los cristianos. San Pablo se designa a sí mismo con este título.

Santiago, al presentarse como siervo de Dios, quiere significar que su persona, su vida, su autoridad, vienen como a constituir una especie de servicio, de ministerio religioso, de acto de culto en honor de Dios y de Jesucristo. El es el siervo del Señor Jesucristo. Esta fórmula o apelación es muy antigua, y designa al Mesías Señor, constituido jefe de la humanidad regenerada en el día de su resurrección.

Las doce tribus que están en la Dispersión (diáspora en griego): expresión que, en su sentido literal, designa a los judíos que quedaron esparcidos entre las naciones después del cautiverio babilónico. Aquí abarca a los creyentes en Cristo esparcidos en el mundo, incluidos los de procedencia judía. Santiago dirige su carta a las doce tribus de la Dispersión, que designaban en aquel tiempo a todos los cristianos de origen judío que vivían dispersos fuera de Palestina. En la antigüedad israelita, la expresión Dispersión servía para designar a los judíos emigrados de Palestina. Sin embargo, algunos comentaristas consideran las doce tribus de la Dispersión como sinónimo del nuevo Israel o de la Iglesia. En cuyo caso la epístola iría dirigida a todos los cristianos, fuesen judíos o paganos.

Después de mencionar al autor y a los destinatarios de la epístola, viene el saludo «Saludos (jairein)» . Esta forma de saludo, corriente entre los griegos, significa propiamente Regocijaos. Se encuentra frecuentemente en los autores clásicos. También se emplea una forma parecida en Mt 26:49; 28:9, y Lc 1:28. San Pablo, en cambio, prefiere la fórmula gracia y paz, del mismo modo que San Pedro. Los orientales saludaban con la expresión “la paz sea con vosotros. ”

Es posible que Santiago haya escogido de propósito el saludo griego, con el fin de que le sirviera de antesala para precisar, en el versículo siguiente, el carácter religioso de la alegría que desea a sus fieles.

Santiago se identifica al principio de su carta con el título que encierra todo su honor y su única gloria, el esclavo de Dios y del Señor Jesucristo. Con la excepción de Judas, es el único autor del. Nuevo Testamento que se atribuye ese término (dulos, en Griego) sin más cualificación. Pablo se describe como esclavo y apóstol de Jesucristo (Romanos 1:1; Filipenses 1:1). Pero Santiago no pasa de llamarse el esclavo de Dios y del Señor Jesucristo. Este título tiene por lo menos cuatro implicaciones.

(i) Implica una obediencia absoluta. El esclavo no tiene más ley que la palabra de su amo; no tiene derechos propios; es propiedad absoluta de su amo, y está obligado a rendirle a su amo una obediencia incondicional.

(ii) Implica una humildad absoluta. Es la condición de un hombre que no piensa en sus privilegios sino en sus deberes, no en sus derechos sino en sus obligaciones. Es la palabra que describe a un hombre que se ha perdido a sí mismo en el servicio de Dios.

(iii) Implica una lealtad absoluta. Es la posición de un hombre que no tiene intereses propios, porque todo lo que hace lo hace para Dios. Su provecho y sus preferencias personales no entran en sus cálculos: Le debe su lealtad a Dios.

(iv) Sin embargo, en esta palabra se encierra su gloria. Lejos de ser un título deshonroso es el que se aplicaba a las grandes figuras del Antiguo Testamento. Moisés era el dulos, en hebreo ébed, de Dios (1 Reyes 8:53; Daniel 9:11; Malaquías 4:4); así se llamaban también Josué y Caleb (Josué 24:29; Números 14:24); así también los grandes patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob (Deuteronomio 9:27); y Job (Job l: 8); e Isaías (1saías 20:5); y dulos es el título distintivo por el que se conocían los profetas (Amós 3:7; Zacarías 1:6; Jeremías 7: 25). Al tomar el título de dulos, Santiago se coloca en la gran línea sucesoria de los que hallaron la libertad y la paz y la gloria en la perfecta sumisión a la voluntad de Dios. La única grandeza a la que un cristiano puede aspirar es a la de ser esclavo de Dios.

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