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Salmo 27: Suplica individual. Salmo de confianza

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Salmo 27:1  Salmo de David. El  Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré? El  Señor es la fortaleza de mi vida; ¿de quién tendré temor?

El temor es una sombra negra que nos envuelve y finalmente nos aprisiona dentro de nosotros mismos. Cada uno de nosotros hemos sido prisioneros del temor en un momento dado: temor al rechazo, a ser mal interpretados, a la inseguridad, a la enfermedad e incluso a la muerte. Pero se puede vencer el temor por medio de la luz libertadora del  Señor que nos da salvación. Si quiere disipar la oscuridad del temor en su vida, recuerde junto con el salmista que el  Señor es su luz y su salvación.

Salmo 27:2  Cuando para devorar mis carnes vinieron sobre mí los malhechores, mis adversarios y mis enemigos, ellos tropezaron y cayeron.

Salmo 27:3  Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque en mi contra se levante guerra, a pesar de ello, estaré confiado.

Salmo 27:4  Una cosa he pedido al  Señor, y ésa buscaré: que habite yo en la casa del  Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del  Señor, y para meditar en su templo.

Este deseo de David nos permite comprender el porqué «Dios lo llevaba en su corazón» y era alguien tan amado y bendecido por él.

Al decir «la casa de Jehová» y «su templo», David pudo estar refiriéndose al tabernáculo de Gabaón, al santuario que había levantado para guardar el arca del pacto o al templo que su hijo Salomón construiría. David probablemente tenía el templo en mente ya que había trazado muchos planes para su construcción. Sin embargo, pudo haber usado la palabra templo para referirse a «la presencia del  Señor». Su deseo más grande era vivir cada día de su vida en la presencia de Dios. Tristemente, este no es el deseo más grande de muchos que dicen ser creyentes. Pero aquellos que pueden vivir diariamente en la presencia de Dios podrán hacerlo eternamente.

Salmo 27:5  Porque en el día de la angustia me esconderá en su tabernáculo; en lo secreto de su tienda me ocultará; sobre una roca me pondrá en alto.

Salmo 27:6  Entonces será levantada mi cabeza sobre mis enemigos que me cercan; y en su tienda ofreceré sacrificios con voces de júbilo; cantaré, sí, cantaré alabanzas al  Señor.

Salmo 27:7  Escucha, oh  Señor, mi voz cuando clamo; ten piedad de mí, y respóndeme.

Después de la alabanza que ocupa la primera mitad de este salmo, se pasa a una oración que termina con la clave para una vida victoriosa: Aguarda a Jehová.

Salmo 27:8  Cuando dijiste: Buscad mi rostro, mi corazón te respondió: Tu rostro,  Señor, buscaré.

Salmo 27:9  No escondas tu rostro de mí; no rechaces con ira a tu siervo; tú has sido mi ayuda. No me abandones ni me desampares, oh Dios de mi salvación.

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