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Sal y luz del mundo

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Un cristianismo cuyos efectos no salen de las puertas de la iglesia no le sirve a nadie gran cosa. Debería ser más visible todavía en las actividades normales y corrientes. Nuestro Cristianismo debe dejarse ver en la manera como tratamos al dependiente de la tienda al otro lado del mostrador, en nuestra manera de encargar una comida en el restaurante, en nuestra forma de tratar a nuestros empleados o de servir a nuestros superiores, en nuestra manera de practicar un deporte o jugar a un juego, o conducir o aparcar un vehículo, en el lenguaje cotidiano que usamos y en lo que leemos cada día. Un cristiano debe serlo en la fábrica, el taller, los astilleros, la mina, la escuela, la consulta médica, la cocina, el campo de fútbol, exactamente lo mismo que en la iglesia. Jesús no dijo: «Vosotros sois la luz de la Iglesia», sino: «Vosotros sois la luz del mundo.» Así que nuestro cristianismo se tiene que hacer evidente a todos por nuestra manera de vivir en el mundo.

Una de mis anécdotas favoritas es la del ciego y el farol:. Estaba anocheciendo. Una caravana de mercaderes se dirigía a Atenas para poder vender sus productos. Según iba oscureciendo, los mercaderes y sus criados iban encendiendo faroles y antorchas para poder iluminar el camino. Al poco rato era noche cerrada y oscura. Fue en una de estas noches en que avistaron a lo lejos a un anciano que se aproximaba por el camino con un farol en la mano. Cuando el caminante estuvo más cerca, uno de los mercaderes lo reconoció.

-¡Oh! ¡Mira! Es mi vecino, el ciego. ¿Para qué querrá mi vecino llevar un farol si no puede ver?

Todos los mercaderes empezaron a reírse del anciano y a burlarse inmisericordemente. ¡El viejo está loco! ¡Es ciego y lleva un farol!

Uno de los mercaderes con ganas de reírse del anciano caminante se le acercó y le increpó: -¡Ea, buen hombre! ¿Por qué llevas un farol en la mano si no puedes ver el camino porque eres ciego? El anciano no se inmutó y contestó con voz suave y firme: -No llevo el farol para ver el camino, sino para que los demás caminantes me vean a mí.

(ii) Una luz es un guía. En cualquier día podemos ver una serie de luces que marcan el camino que deben seguir los barcos para su seguridad. Sabemos lo difícil que resulta transitar por las calles de la ciudad cuando hay un apagón. Una luz es algo que facilita el camino.

Así que un cristiano debe indicarle el camino a los demás. Es decir: el cristiano está obligado a ser un ejemplo. Una de las cosas que más necesita este mundo son personas que estén preparadas a ser focos de bondad. Supongamos que hay un grupo de gente, y que alguien propone que se haga algo dudoso. A menos que alguien se oponga abiertamente, aquello se hará. Pero si alguien se pone en pie y dice: «No contéis conmigo para eso,» otro, y otro, y otro se levantarán y dirán: «Ni conmigo tampoco.» Pero si no se les hubiera dado ejemplo, se habrían callado. Hay muchas personas en este mundo que no tienen la fuerza moral ni el coraje para mantenerse firmes en solitario; pero si otro se adelanta, le seguirán; si cuentan con alguien suficientemente fuerte o seguro en quien apoyarse, harán lo que deben.
Es el deber del cristiano adoptar la posición que luego secundará el hermano más débil, iniciar la marcha que otros con menos coraje seguirán después. El mundo necesita luces guiadoras; hay personas esperando y anhelando la dirección para hacer lo que no se atreverían a emprender solas.

(iii) Una luz esa menudo una advertencia. A menudo se usa la luz para advertir de un peligro que acecha más adelante. Algunas veces el cristiano tiene la obligación de presentarle a los demás la necesaria advertencia. Eso es a menudo difícil, especialmente hacerlo de forma que no haga más daño que bien; pero una de las más desgarradoras tragedias de la vida es que nos venga alguno, especialmente un joven, y nos diga: «No me encontraría en esta situación si me lo hubieras advertido a tiempo.»

Se decía de la famosa maestra y educadora que, si alguna vez tenía ocasión de corregir a sus estudiantes lo hacía «poniéndole el brazo alrededor de los hombros.» Si hacemos nuestra advertencia, no con enfado ni crítica, sino con amor, será eficaz. El cristiano debe ser una de estas luces que se pueden ver, que advierten y que guían.
Brillando para Dios

Que brille así vuestra luz delante de la gente, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el Cielo. Aquí hay dos cosas de suprema importancia.

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