Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin

Romanos 7: Liberados de la ley; unidos a Cristo

Pastor Lionel

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on pinterest
Share on whatsapp
Share on email

Ayúdanos a continuar esta Obra

Podemos tomar una analogía mejor: lo que se le puede permitir a un niño, o a una persona sin civilizar de un país salvaje, no se le permitiría a un hombre maduro de un país civilizado. La persona madura y civilizada reconoce unas reglas de conducta que no conocen el niño o el salvaje; por tanto, no se le perdonaría lo que a éstos se les puede perdonar.

La Ley crea el pecado en el sentido de que lo define. Tal vez en algún lugar era legal conducir un vehículo en cualquiera de los dos sentidos; pero luego se decidió que no se podía nada más que en un sentido, y desde aquel momento está prohibido hacer lo que antes estaba permitido. Así la Ley, al presentar sus prohibiciones, crea el pecado.

(ii) Pero hay un sentido mucho más serio en el que la Ley produce el pecado. Una de las cosas raras de la vida es la fascinación de lo prohibido. Los rabinos judíos y los pensadores descubren esa tendencia en el Huerto del Edén. Al principio Adán vivía inocentemente. Entonces se le prohibió para su bien que no comiera el fruto de cierto árbol; pero vino la serpiente y cambió astutamente la prohibición en una tentación. El hecho de que estuviera prohibido hacía aquel árbol más deseable; así es que Adán fue seducido al pecado por el fruto prohibido, y la muerte fue la consecuencia.

Filón de Alejandría alegorizaba toda la historia. La serpiente era el placer; Eva representaba los sentidos; el placer, como sucede siempre, quería la cosa prohibida, y atacó por los sentidos. Addn era la razón; y, por el ataque de lo prohibido a los sentidos, la razón se extravió y vino la muerte.

En un pasaje de sus Confesiones, Agustín habla de la fascinación que produce la cosa prohibida. « Había un peral cerca de nuestra viña, cargado de fruta. Una noche de tormenta, unos cuantos gamberros hicimos el plan de robarla y llevarnos el botín. Cogimos un montón tremendo de peras -no para comérnoslas nosotros, sino para echárselas a los cerdos, aunque nosotros también comimos lo suficiente para saborear el fruto prohibido. No eran muy buenas; pero no eran las peras lo que codiciaba mi alma pecadora, porque tenía muchas mejores en casa. Las cogí sencillamente para cometer un robo. La única fiesta que celebré fue la de la iniquidad, y ésa la disfruté a tope. ¿Qué era lo que me atraía del robo? ¿El placer de actuar contra la ley, yo que, al fin y al cabo, era un prisionero de las reglas, para tener un pobre simulacro de libertad haciendo algo prohibido, como una forma de impotente pataleo? … El deseo de robar me lo suscitaba precisamente la prohibición de hacerlo».

Poned algo en la categoría de lo prohibido, o fuera de los límites, e inmediatamente ejerce fascinación. En este sentido, la Ley produce el pecado.

Pablo usa una palabra reveladora en relación con el pecado: « El pecado me sedujo.» Siempre hay decepción en el pecado. Vaughan dice que la ilusión del pecado obra en tres direcciones.

(i) Nos engañamos pensando en la satisfacción que vamos a encontrar en él. Todos tomamos la cosa prohibida creyendo que nos va a hacer felices; pero a nadie le resulta así.

(ii) Nos engañamos creyendo que tenemos disculpa. Todos pensamos que podemos justificarnos por haber hecho lo que no debíamos; pero la disculpa no suena más que como vana cuando se hace en la presencia de Dios.

(iii) Nos engañamos pensando en la probabilidad de escapar a las consecuencias. Todos pecamos con la esperanza de salirnos con la nuestra; pero es muy cierto que, más tarde o más temprano, se nos descubrirá.

Una respuesta

Deja una respuesta

Publicaciones que pueden ser de interés para ti

La anciana y su gallo

La anciana que vivía en una granja observó que su gallo cantaba siempre a la misma hora, minutos antes de comenzar el día; pensó entonces

Artículo Completo