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julio 13, 2020 9:35 AM

Romanos 4: Creer en la palabra de Dios

Todo por gracia

No fue por medio de la Ley como se transmitió la promesa de heredar la Tierra a Abraham y a su «simiente», sino que vino de aquella correcta relación con Dios que tuvo su origen en la fe. Si los vasallos de la Ley son los herederos, entonces la fe pierde todo su sentido, y la promesa resulta inoperante. Porque lo que produce la Ley es ira; pero donde no existe una ley tampoco puede haber transgresión. Así es que todo depende de la fe, para que quede claro que es cuestión de Gracia, y se garantice la promesa a todos los descendientes de Abraham, no sólo los que pertenecen a la tradición de la Ley, sino también los que son de la familia de Abraham en virtud de la fe. Abraham es el padre de todos nosotros; porque está escrito: « Te he nombrado padre de muchas naciones. » Y así es para Dios porque creyó en Él como el Que llama a los muertos a la vida, y a la existencia a cosas que todavía no existen.

Dios le hizo a Abraham una promesa maravillosa. Le prometió que sería una gran nación, y que en él serían benditas todas las familias de la Tierra (Génesis 12:2s). La Tierra se le daría como heredad. Y Dios le hizo esa promesa simplemente porque puso su confianza en Él. No la recibió por haber amontonado méritos cumpliendo los mandamientos de la Ley, sino como una gracia generosa en respuesta a su fe absoluta en Dios. La promesa, como lo vio Pablo, dependía exclusivamente de dos cosas: de la Gracia generosa e inmerecida de Dios, y de la perfecta fe de Abraham.

La Gracia es la mano que da, y la fe, la mano que recibe, como en la famosa pintura de Miguel Ángel. Los judíos seguirían preguntando: «¿Cómo puede uno entrar en la debida relación con Dios para estar incluido en esta gran promesa?» La respuesta que ellos mismos daban era: «Adquiriendo méritos ante Dios haciendo lo que manda la Ley.» Es decir, uno tiene que conseguirlo por su propio esfuerzo. Pero Pablo veía con absoluta claridad que esta actitud judía había destruido totalmente la promesa. Y la razón era que no hay nadie que pueda cumplir perfectamente la Ley; por tanto, si la promesa depende de la observancia de la Ley, no se puede cumplir.

Pablo veía las cosas con claridad meridiana. Veía dos maneras mutuamente excluyentes de tratar de entrar en relación con Dios: una dependía del esfuerzo humano, y la otra, de la Gracia divina. La primera era una batalla irremisiblemente perdida para obedecer una ley imposible; y la segunda, la fe que no hace más que cogerle a Dios la palabra. Cada una tenía tres partes:

(i) Por una parte tenemos la promesa de Dios. Hay dos palabras griegas que quieren decir promesa: Hyposjésis es una promesa con condiciones -«Prometo hacer esto si tú haces lo otro»-. Epanguelía quiere decir una promesa que se hace generosamente y sin ninguna condición por la otra parte; y esta es la palabra que usa Pablo; como si dijéramos: « Dios es como una padre humano; promete amar a sus hijos independientemente de lo que hagan.» Cierto que amará a algunos de nosotros con un amor que le hace estar contento, y a otros con un amor que le hará estar triste; pero en ambos casos es un amor que no nos abandonará jamás. No depende de nuestros méritos, sino sólo del generoso corazón de Dios.

(ii) Tenemos la fe. Fe es la seguridad de que Dios es realmente así. Es jugárnoslo todo a su amor.

(iii) Tenemos la Gracia. Un regalo de gracia es siempre algo que no se gana ni merece. La verdad es que nadie puede ganar el amor de Dios. Tenemos que encontrar nuestra gloria, no en lo que podamos hacer por Dios, sino en lo que Él ha hecho por nosotros.

Por otra parte tenemos la Ley. Lo que pasa con la ley es que siempre puede diagnosticar la enfermedad, pero no puede curarla.

(i) La Ley le dice a uno lo que está mal, pero no le ayuda a evitarlo. De hecho, como Pablo señalará más adelante, hay una especie de paradoja terrible en la Ley. La naturaleza humana tiende a querer aquello que se le prohíbe. « La fruta robada es la más dulce.» Así que la Ley puede de hecho inducirnos a desear precisamente lo que nos prohíbe. La consecuencia natural de la Ley es el juicio; y, mientras una persona viva en una religión cuyo principal componente sea la Ley, no puede verse a sí misma más que como un criminal ante el tribunal de Dios.

(ii) Tenemos la transgresión. En cuanto se introduce la ley, la transgresión la sigue. No se puede quebrantar una ley que no existe, ni se puede condenar a nadie por quebrantar una ley que no sabía que existiera -aunque es un principio jurídico que la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento-. Si no hacemos más que introducir una ley, y si hacemos de la religión exclusivamente una cuestión de obedecer una ley, la vida se reduce a una cadena de transgresiones a la espera del castigo.

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