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Romanos 14: Respetar los escrúpulos

Pastor Lionel

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(ii) Está la paz. En el Nuevo Testamento, la paz no es simplemente la supresión de las hostilidades; no es una actitud negativa, sino intensamente positiva; incluye todo lo que contribuye al mayor bien. Los mismos judíos muchas veces consideraban la paz como un estado de relaciones perfectas entre los hombres. Si nos empeñamos en que la libertad cristiana es hacer lo que nos dé la gana, la paz no se puede conseguir nunca. El Cristianismo consiste en una relación personal con Dios y con nuestros semejantes. La libertad cristiana limita con la obligación cristiana de vivir en la debida relación, en paz, con nuestros semejantes.

(iii) Está el gozo. El gozo cristiano no es nunca egoísta. No consiste en hacernos felices a nosotros mismos, sino a los demás. Una supuesta felicidad que hace a otros infelices no puede ser cristiana. Si uno, en su búsqueda de la felicidad, hiere el corazón e intranquiliza la conciencia de otro, el resultado que coseche no será gozo, sino tristeza. El gozo cristiano no es individualista, sino interdependiente. El cristiano experimenta el gozo cuando se lo produce a otros, aunque le reporte limitaciones. Cuando uno vive de acuerdo con este principio llega a ser esclavo de Jesucristo. Aquí está el meollo de la cuestión. La libertad cristiana quiere decir que somos libres para hacer, no lo que queramos, sino lo que Cristo quiere. Sin Cristo somos esclavos de nuestros hábitos, placeres e indulgencias. No hacemos realmente lo que queremos, sino lo que nos tiene esclavizada la voluntad. Pero cuando entra en nosotros el poder de Cristo, Él es nuestro dueño, y entonces y sólo entonces tenemos la verdadera libertad. Entonces somos libres, no para tratar a los demás ni para vivir nuestra vida de la manera que nos dictaba antes nuestra naturaleza egoísta. Somos libres para mostrar a todos nuestros semejantes la misma actitud de amor que hubo también en Cristo Jesús.

Pablo concluye estableciendo la meta cristiana en la comunidad.

(a) Es una meta de paz; la finalidad de que los miembros de la comunidad mantengan entre sí la debida relación. Una iglesia en la que hay rivalidades y disensiones, peleas y amargura, divisiones y roturas, ha perdido el derecho a llamarse iglesia cristiana. No es un fragmento del Reino de los Cielos, sino una sociedad apresada por lo terreno.

(b) Es una meta de edificación. La alegoría de la Iglesia como un edificio se encuentra en todo el Nuevo Testamento. Los miembros somos las piedras del edificio. Todo lo que debilita la solidez de la Iglesia está contra Dios;
y también, todo lo que la consolida y fortalece es de Dios. Lo trágico es que en muchos casos son cosas sin importancia las que alteran la paz entre los hermanos, cuestiones de orden y de procedimiento y de prestigio. Amanecería una nueva era en la Iglesia si nos diéramos cuenta de que nuestros derechos son mucho menos importantes que nuestras obligaciones; si recordáramos que, aunque tenemos libertad en Cristo, siempre es una ofensa usarla como si nos diera derecho a herir el corazón o la conciencia de otros. A menos que la iglesia sea un cuerpo de personas que, en amor, se tienen mutua consideración, no es iglesia.

Respeto hacia el hermano más débil

Está bien no comer carne, ni beber vino, ni hacer nada que le haga más difícil al hermano el proseguir su camino.
Por lo que se refiere a vosotros, ya tenéis fe suficiente para saber que estas cosas no tienen importancia, así que dejadlas que sean algo entre vosotros y Dios. Feliz el que nunca tiene motivo para condenarse a sí mismo haciendo lo que ha llegado a comprender que tiene derecho a hacer. Pero el que tiene dudas acerca de comer algo incurre en la desaprobación de Dios si lo come, porque su decisión no procede de su fe.

Otra vez volvemos a que lo que está bien para uno puede causar la ruina a otro. El consejo de Pablo es muy práctico.

(i) Les aconseja a los que son fuertes en la fe. Esos saben que lo que se coma o se beba no hace ninguna diferencia. Han comprendido el principio de la libertad cristiana. Bien; entonces, que esa libertad sea algo entre ellos y Dios. Han alcanzado ese nivel en la fe, y Dios sabe que lo han alcanzado. Pero eso no es razón para hacer gala de esa libertad a la cara de los que no la han alcanzado todavía. Muchos han insistido en los derechos de su libertad, y luego se han arrepentido cuando han visto las consecuencias de su presunción.

Una persona puede que llegue a la conclusión de que su libertad cristiana le da derecho a hacer un uso razonable del alcohol; y por lo que a ella respecta, puede que sea un placer perfectamente inofensivo y que no le pone en ningún peligro. Pero tal vez hay otra persona más joven que admira a la primera, que la ve y sigue su ejemplo. Y es posible que la más joven resulte una de esas personas para las que el alcohol es fatal. ¿Está bien que el cristiano más fuerte use su libertad para dar un ejemplo que bien puede llevar a la ruina a su admirador más débil? ¿O debería limitar su libertad, no por causa de sí mismo, sino por causa del que va siguiéndole?

No cabe duda de que lo cristiano es aceptar las limitaciones en nuestra libertad por amor a otros. Si no se ejercita esto, se puede encontrar uno con que algo que pensó genuinamente que le estaba permitido le ha llevado a otro a la ruina. Es seguro que es mejor imponerse esas limitaciones deliberadas que tener el remordimiento de saber que el placer que uno reclamaba como un derecho ha traído la muerte a otro. Una y otra vez, en todas las esferas de la vida, el cristiano arrostra el hecho de que tiene que examinarlo todo, no sólo por lo que le pueda afectar a él, sino también por lo que pueda afectar a otros. Todos somos en cierto sentido guardianes de nuestros hermanos; responsables, no sólo de nosotros mismos, sino también de los que están en contacto con nosotros. «Su amistad me trajo la ruina» -dijo Robert Bums de un hombre mayor que conoció en Irvine cuando estaba aprendiendo el arte de hilar el lino. ¡Quiera Dios que nadie pueda decir eso de nosotros porque hemos abusado de nuestra libertad en Cristo!

(ii) Pablo les da consejo a los que son débiles en la fe, que tienen una conciencia excesivamente escrupulosa. Estos puede que desoigan o desobedezcan sus propios escrúpulos. Puede que alguna vez hagan algo porque ven a otros hacerlo, y no quieren ser diferentes. Puede que lo hagan porque no quieren quedar en ridículo o hacerse impopulares. La respuesta de Pablo es que el que desafía su conciencia es culpable de pecado. Si cree que algo está mal, entonces, si lo hace, a esa persona se le cuenta como pecado. Una cosa neutral se convierte en buena solamente cuando se hace con la sincera y razonada convicción de que lo es.

Nadie es el guardián de la conciencia de otro; y en las cosas indiferentes la conciencia de cada cual debe ser el árbitro de lo que está bien o mal.

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