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Romanos 14: Respetar los escrúpulos

Pastor Lionel

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(i) En esta vida Cristo es una Presencia viva para siempre. No tenemos que hablar de vivir como si Cristo nos viera; es que Él nos ve. Toda vida se vive en Su Presencia. Es tan imposible escapar del Cristo Resucitado como de nuestra propia sombra: no hay posibilidad de dejárnosle atrás, ni de hacer nada que Él no pueda ver.

(ii) Ni siquiera la muerte nos puede apartar de Su Presencia. En este mundo vivimos en la Presencia invisible de Cristo; en el siguiente viviremos en Su Presencia visible. La muerte no es una sima que acaba en la total eliminación, sino una puerta que conduce a Cristo.

Ningún ser humano puede seguir una política de aislacionismo. Está ligado a sus semejantes y a Cristo por lazos que no pueden romper ni el tiempo ni la eternidad. Nadie puede vivir ni morir para sí mismo.

Personas a juicio

¿Quién eres tú para juzgar a tu hermano por nada? ¿Y tú, el otro, qué te has creído que eres para despreciar a tu hermano? Porque todos vamos a comparecer ante el tribunal de Dios; porque está escrito: «Tan cierto como que Yo estoy vivo -dice Dios- , a Mí se doblarán todas las rodillas, y todas las lenguas confesarán su fe en Dios.» Así que cada cual dará cuenta a Dios por sí. Hay una razón fundamental por la que no tenemos derecho a juzgar a ningún otro, y es que cada uno de nosotros estamos pendientes de juicio. Es de esencia de nuestra condición humana que no estamos para juzgar a nadie, sino para ser juzgados.

Para demostrarlo, Pablo cita Isaías 45:23. Cualquier judío estaría de acuerdo con Pablo en esto. Había un dicho rabínico: «No te imagines que la tumba va a serte un refugio seguro; porque independientemente de tu voluntad fuiste formado, y naciste, y vives, y morirás, y tendrás que rendir cuentas ante el Rey de reyes, el Santo, bendito sea.» Dios es el único que tiene derecho a juzgarnos; el que está pendiente de juicio no puede erigirse en juez.

Pablo ha estado pensando en la imposibilidad de la vida aislada. Pero hay una situación en la que cada uno estará aislado, y es ante el tribunal de Dios. En los tiempos antiguos de la república romana, en la esquina del foro que estaba más lejos del capitolio estaba el tribunal, en el que el praetor urbanus se sentaba para hacer justicia. Cuando Pablo escribía esto, la justicia romana necesitaba más de un tribunal; así que, en las grandes basílicas, es decir, las columnatas que rodeaban el foro, se sentaban los magistrados para hacer justicia. Los romanos estaban familiarizados con la escena del acusado que se presentaba a juicio ante el tribunal.

Eso es lo que pasa con todas las personas. Y es un tribunal ante el que nos hemos de presentar uno a uno. En este mundo, a veces se le aplican a uno los méritos de otro. A muchos jóvenes los ha librado del castigo la honorabilidad de sus padres; muchos hombres han obtenido gracia a causa de su esposa o hijos. Pero en el juicio de Dios cada uno tiene que responder por sí.

A veces, cuando muere algún personaje, se ponen encima del ataúd los ropajes y emblemas de sus títulos o méritos; pero el muerto no lleva esas cosas consigo. Nacemos desnudos, y desnudos partimos de este mundo. Nos encontramos ante Dios en la tremenda soledad de nuestra alma; ante Él no podemos presentar más que el carácter que hemos forjado durante la vida.

Sin embargo, esa no es toda la verdad. No nos encontramos solos ante el tribunal de Dios, porque Jesucristo está con nosotros.

No tenemos que presentarnos despojados de todo, sino cubiertos con Sus méritos. El escritor y periodista Collin Brooks escribe en uno de sus libros: « Puede que Dios sea más benévolo de lo que pensamos. Si no puede decir: « ¡Bien hecho, buen y fiel siervo!», puede que acabe diciendo: «No te preocupes, mal e infiel siervo mío: no me disgustas del todo.»» Esa era la manera graciosa en que ese hombre expresaba su confianza; pero es más que eso: no es sólo que a Dios no le disgustamos del todo; es que, aunque somos pecadores, nos ama por amor de Jesucristo. Es verdad que tendremos que comparecer ante el tribunal de Dios en la desnuda soledad de nuestra propia alma; pero, si hemos vivido con Cristo en el mundo, El estará con nosotros en la muerte, y será nuestro Abogado y nuestro Pastor en la Eternidad.

El hombre y la conciencia de su prójimo

Así es que, dejemos ya de dictar sentencia contra los demás, y más bien sea ésta nuestra única decisión: proponernos no ponerle a nuestro hermano ningún tropiezo ni escándalo en el camino. Yo sé muy bien, y estoy convencido de ello como cristiano, que nada es impuro por sí. Pero también, si alguien piensa que algo es impuro, para él sí que lo es. Si haces que tu hermano se escandalice de que comas alguna cosa, ya no te estás conduciendo de acuerdo con el principio que establece el amor. No causes una desgracia irreparable con lo que comas a una persona por la que Cristo dio Su vida.

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