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Romanos 14: Respetar los escrúpulos

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Haced que se sienta bienvenido entre vosotros el que es débil en la fe, pero no para luego poneros a criticarle sus escrúpulos.

Pablo se está refiriendo aquí a algo que puede que fuera un problema temporal y local de la iglesia de Roma, pero que se presenta con mucha frecuencia en las iglesias y requiere solución. En la iglesia de Roma parece que había dos tendencias. Algunos creían que la libertad cristiana había desterrado los viejos tabúes; que ya no tenían sentido las antiguas leyes relativas a los alimentos, y que el Cristianismo no tenía que ver con guardar ciertos días como si tuvieran un carácter especial.

Pablo deja bien claro que ésta es la actitud de la verdadera fe cristiana. Por otra parte, había algunos que estaban llenos de escrúpulos: creían que no se podía comer carne, y que había que cumplir rigurosamente la ley del sábado. Pablo llama a los superescrupulosos débiles en la fe. ¿Qué quería decir?

Se puede ser débil en la fe por dos razones:

(i) Porque todavía no se ha descubierto el sentido de la libertad cristiana, y en el fondo se sigue siendo legalista y se ve el Cristianismo como una serie de reglas y reglamentos.

(ii) Porque uno no se ha liberado todavía de la fe en la eficacia de las obras, y cree que puede ganar el favor de Dios haciendo ciertas cosas y renunciando a otras. En el fondo está intentando ganarse la debida relación con Dios y no ha aceptado el camino de la Gracia; todavía está pensando más en lo que él puede hacer por Dios que en lo que Dios ha hecho por él.

Pablo exhorta a los hermanos fuertes a que reciban con cortesía a los hermanos débiles y que no los asedien constantemente con sus críticas.

Este problema no se limitó a los días de Pablo. Aún sigue habiendo en las iglesias dos puntos de vista. Uno es el más liberal, que no ve ningún peligro en muchas cosas y considera que ciertos placeres inocentes no, tienen por qué estar en contra del Evangelio. Y hay otro punto de vista más estrecho que se ofende de muchas cosas que los más liberales consideran aceptables.

Pablo nos deja ver que sus simpatías están con el punto de vista más amplio; pero, al mismo tiempo, dice que hay que recibir con simpatía cristiana a esos hermanos más débiles que vienen a la iglesia. Cuando nos encontramos con alguien que tiene un punto de vista más estrecho hay tres actitudes que debemos evitar:

(i) Debemos evitar la irritación. El ponernos negros con estas personas no conduce a ninguna parte. Por muy en desacuerdo que estemos con ellas, debemos tratar de comprender y respetar su punto de vista.

(ii) Debemos evitar poner en ridículo. A todo el mundo le hiere que se rían de algo que considera que tiene valor. No es ningún « pecadillo insignificante» el burlarse de la fe de otro.

Tal vez nos parezcan prejuicios más que creencias; pero nadie tiene derecho a reírse de lo que otro considera sagrado. Además, la risa no hará que el otro salga de su estrechez, sino le hará encerrarse más dentro de su concha y volverse más rígido.

(iii) Debemos evitar el desprecio. Está muy mal considerar al más estrecho como un estúpido anticuado y despreciar sus puntos de vista. El punto de vista de una persona es cosa suya, y hay que tratarla con respeto. No podremos nunca atraer a otro a nuestra posición si no le mostramos un respeto genuino a la suya. De todas las actitudes que podamos adoptar con los demás, la más incompatible con la fe de Cristo es el desprecio.

Antes de concluir con este versículo tenemos que advertir que hay otra traducción perfectamente posible: «Haced que se sienta bienvenido entre vosotros el que es débil en la fe, pero no le metáis en seguida en discusiones sobre cosas que sólo pueden suscitar dudas.» Hay cristianos cuya fe es tan fuerte que no hay cuestiones ni debates que la puedan hacer vacilar; pero hay otros que tienen una fe sencilla que se puede inquietar innecesariamente con discusiones intelectuales. En las dos actitudes puede haber nobleza o extremismos perjudiciales; porque a veces, « el fuerte» cae en el orgullo de considerarse superior y despreciar al «débil» por su ignorancia o escrúpulos; o «el débil» igualmente, dándoselas de verdaderamente creyente y piadoso, critica al «fuerte» por su intelectualismo mundano y su libertinaje.

Puede que en nuestro tiempo guste más de la cuenta discutir por discutir. Es pernicioso dar la impresión de que el Cristianismo consiste en una serie de cuestiones en discusión. « Hemos descubierto -dice G. K. Chesterton- todas las preguntas que se pueden plantear. Ya es hora de que dejemos de buscar preguntas, y nos apliquemos a buscar respuestas.» «Dime algo de tus certezas decía Goethe-, que yo ya tengo bastantes dudas.» Hay una buena regla que se debería tener en cuenta en cualquier discusión: aunque sea una discusión desconcertante, y aunque haya sido sobre cuestiones que no tienen una solución clara, siempre se debe concluir con una afirmación. Puede que muchas preguntas queden sin contestación, pero debe haber alguna certeza que permanezca.

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