Romanos 13: El cristiano y el estado

Pastor Lionel

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El Sermón del monte -Las bienaventuranzas

Como tantos grandes hombres, Pablo era consciente de la brevedad del tiempo. A Andrew Marvell le parecía estar oyendo siempre: «La carroza alada del tiempo se apresura…» Keats también estaba obsesionado con el temor de dejar de ser antes de que su pluma hubiera espigado los últimos productos de su cerebro.

Pero había más en el pensamiento de Pablo que la indiscutible brevedad del tiempo. Esperaba la Segunda Venida de Cristo.

Era la esperanza inminente de la Iglesia Primitiva, y por tanto no olvidaba la obligación de estar preparada. Esa esperanza se ha ido haciendo más tenue e imprecisa; pero queda un hecho permanente: ninguno sabemos cuándo Dios nos va a llamar para que dejemos el mundo y vayamos con Él. El tiempo se va acortando, porque cada día estamos más cerca de su final. Debemos estar preparados.

Los últimos versículos de este pasaje no se olvidarán jamás, porque fueron clave en la conversión de Agustín de Hipona. El mismo nos lo cuenta en sus confesiones: Estaba paseando por un jardín, con el corazón apesadumbrado por su fracaso moral, y no hacía más que exclamar angustiosamente: « ¿Hasta cuándo, hasta cuándo? Mañana y mañana… ¿por qué no ahora? ¿Por qué no ha de ser esta hora el final de mi depravación?» De pronto le pareció oír una voz que decía: « ¡Toma y lee! ¡Toma y lee!»

Parecía la voz de un chiquillo; pero, por más que lo intentó, no pudo recordar ningún juego infantil en el que se dijeran esas palabras. Volvió a toda prisa al lugar en que estaba sentado su amigo Alipio, donde había dejado un volumen de los escritos de Pablo. « Lo tomé con ansia -cuenta Agustín- y leí en silencio el primer pasaje en que se posaron mis ojos: « No andemos en jaranas ni borracheras, en inmoralidad y desvergüenza, en rivalidades y peleas. En una palabra: Vestíos del Señor Jesucristo, y dejaos ya de vivir como si no tuvierais más propósito que el satisfacer los deseos de la naturaleza humana sin Cristo.» Ni quise ni necesité leer más. A1 acabar esa frase, como si la luz de la certeza me hubiera inundado el corazón, todas las sombras de la duda se dispersaron. Puse el dedo en la página, y cerré el libro; me volví hacia Alipio con el rostro tranquilo, y se lo conté.» Dios había hablado a Agustín desde Su Palabra. Fue Coléridge el que dijo que creía que la Biblia estaba inspirada «porque me encuentra a mí.» La Palabra de Dios siempre puede encontrar al corazón humano.

Es interesante fijarse en los seis pecados que selecciona Pablo como, digamos, típicos de la vida sin Cristo.

(i) Está la jarana (kómos). Es una palabra muy interesante. En un principio kómos designaba a la banda de amigos que acompañaban hasta su casa a un vencedor en los juegos, cantando sus alabanzas y celebrando su triunfo. Luego llegó a significar una banda de gamberros que recorrían las calles de la ciudad de noche armando jaleo. Describe la clase de jarana que deshonra a los que participan en ella y molesta a todos los demás.

(ii) Está la borrachera (methé). Los griegos la consideraban de lo más desagradable. Eran un pueblo que bebía vino. Hasta los niños lo bebían. Llamaban al desayuno akratisma, que consistía en una rebanada de pan mojada en vino. Pero, con todo y con eso, la borrachera les parecía algo vergonzoso; porque bebían el vino bastante diluido, y lo bebían porque el agua no siempre era más inofensiva. Este era un vicio que no sólo los cristianos, sino también los paganos respetables despreciaban.

(iii) Estaba la inmoralidad (koité). Koité quiere decir literalmente cama, y suele tener el sentido de una cama prohibida o deshonrosa. Este era un pecado característico del paganismo. La palabra sugiere la actitud del que no da ningún valor a la fidelidad, y que busca el placer donde y cuando quiere.

(iv) Está la desvergüenza (asélgueia). Asélgueia es una de las palabras más feas de la lengua griega. No describe simplemente la inmoralidad, sino al que ha perdido totalmente la vergüenza. La mayor parte de la gente trata de ocultar sus malas acciones; pero no el hombre que se ha vendido a la asélgueia. A ese no le importa que le vean, ni la clase de espectáculo que es, ni lo que la gente piense de él. Asélgueia es la cualidad del que se atreve a hacer públicamente lo que sería vergonzoso para cualquiera de sus semejantes.

(v) Está la rivalidad (eris). Eris es el espíritu que nace de la competencia desembocada y despiadada. Viene del ansia de posición y poder y prestigio, y del odio a que le sobrepasen. Es esencialmente el pecado que coloca el yo por delante, y es por tanto la negación total del amor cristiano.

(vi) Está la envidia (zélos). Zélos no tiene que ser una palabra mala. En español tiene sentidos contrarios según se use en singular -celo- o en plural -celos-. Puede describir la noble emulación del que, cuando se encuentra ante la nobleza de carácter, desea alcanzarla. Pero también puede querer decir la envidia que resiente la nobleza y la preeminencia de otro. Aquí describe el espíritu que no se da por satisfecho con lo que tiene, y que mira con envidia todo lo que obtienen los demás merecidamente.

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